No existe justificación para la destrucción económica, social, cultural y humana que ha vivido la gente. Las responsabilidades de esta catástrofe están claras para la mayoría de los venezolanos. Ese no puede ser el punto clave de la política opositora, como lo piden quienes desean evitar el debate sobre cómo convertir ese repudio general en voluntad consciente para sustituir a este régimen.

El statu quo opositor se resiste al tema porque implica discutir y resolver una política transicional, ante el progresivo desplazamiento del régimen hacia un más cerrado autoritarismo. ¿Por qué estamos perdiendo apoyo social?, ¿por qué disminuimos capacidad movilizadora?, ¿por qué no somos percibidos como alternativa?, son interrogantes sin respuesta. Solo se nos pide fe en una estrategia cuyo fracaso está desnudo. Si esta lealtad sin debate no llega a su fin, proseguirá el desmantelamiento de la oposición.

 

 

Aplicando el principio de proporcionalidad de las responsabilidades según la fuerza, hay que suponer que las causas de los retrocesos opositores hay que buscarlas en los partidos y dirigentes del G4, porque son los que han decidido el rumbo de las principales luchas.

Pero, esa búsqueda debe tener como propósito favorecer un mínimo de unidad en la oposición y contribuir a fortalecer a quienes en su seno promuevan la recomposición de la estrategia. A los partidos del G4 les corresponde aportar más reflexión, mayor juicio crítico y una urgente corrección de errores.

Ya es tiempo para advertir que el cambio de gobierno, en la actual relación de fuerzas, no vendrá de una acción vanguardista para derrocar al régimen por medios violentos y convencerse que, si acaso fuera posible una indeseable intervención militar de ejércitos extranjeros, ella sería el fin de la precaria paz y de las angostas franjas de convivencia que aún nos quedan. Hambre con balas y más crisis serían sus consecuencias.

El camino democrático que tiene frente a sí la oposición debe ser ensanchado. Participar en unas elecciones no competitivas y bajo las reglas del poder dominante es la opción desde la cual puede desplegarse una estrategia de lucha y entendimiento, de acuerdos a favor de la gente conservando el perfil opositor y de alternativa. Es nuestro hombrillo para construir condiciones para luchar mejor.

No reconquistaremos democracia por medios no democráticos. Especialmente cuando las luchas deben eludir la represión, preservar las rendijas institucionales desde las cuales actuar, alentar los vestigios de organización social y proteger los focos de resistencia y contención al autoritarismo.

No podemos seguir peleando en terrenos favorables para el régimen y abandonando batallas donde tenemos mejores posibilidades de avanzar.

Cada vez que repetimos esta equivocación, permitimos que el poder compense sus debilidades y soporte el rechazo social. No basta con luchar, hay que saber hacerlo mejor.

Mantener el mantra mediante iniciativas que alimenten la confrontación en vez de los entendimientos parciales para combatir efectivamente la pandemia —o tener un CNE donde representantes institucionalistas puedan reducir el ventajismo oficialista— es mas eficaz que refugiarse en luchas ficticias y simbólicas, porque primero hay que salir de Maduro o dejar de votar contra la dictadura cuando ella quiere eliminar el voto para imponer la mano alzada en asambleas comunales.

No hay que desistir, solo hay que saber luchar mejor, justamente porque debemos hacerlo sin democracia.

Simón García es analista político. Cofundador del MAS.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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