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¿Maduro cambia o se acicala?, por Gregorio Salazar

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Más de dos décadas después y de acuerdo a lo perseguido, el régimen se encontró con casi todos los hilos del poder del Estado en sus manos. En lo político, lo económico y lo institucional no hubo barrera que pudiera contener la aplicación de un modelo por definición excluyente, ese que en adelante  –y de acuerdo con la palabra del caudillo– sería el único que tendría cabida en Venezuela: el llamado proyecto bolivariano.

Pocas cosas escaparon del control de la élite revolucionaria en estos 22 años durante los cuales la deriva antidemocrática ejerció un control omnímodo sobre la vida nacional. Era «por las malas o por las buenas», las dos opciones con las cuales se les oyó amenazar en coyunturas decisorias y que su sólo enunciado evidenciaba total menosprecio por el Estado de Derecho.

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Inmenso daño, tal vez del denominado antropológico, se le ha ocasionado a la sociedad toda, a la cultura política de los venezolanos, y en específico a quienes nacieron y crecieron a lo largo de este período haciéndoles creer que todo lo que se ha dicho y hecho para mal en tiempos de revolución es válido y aceptable sólo porque lo dicen ellos, los amos del poder, que aseguran contar con la bendición popular. Hoy, por todo respecto, una fantasía en la que Barinas ha sido el gran campanazo.

“Caudillo, ejército y pueblo” fue la consigna primigenia y, en consecuencia, el Estado, el régimen y el partido quedaron convertidos en un revoltillo de perversos mecanismos que obedecían sólo al dedo del autócrata que ordenaba ¡exprópiese! o «¡me la ponen presa!», cerraba medios de comunicación o, en tiempos más recientes, convocaba una asamblea constituyente de espaldas a la Constitución para desmontar lo que había decidido la soberanía popular con su voto.

Ya el país, el continente y el mundo tienen demasiadas constancias y evidencias del colosal fracaso de ese modelo y de la gran tragedia en que se sumió a Venezuela. No sólo en lo económico y lo social sino en la violación de los derechos humanos. La crisis avanzó de manera atroz en todos los campos, especialmente en lo social y se desvaneció el apoyo popular de los primeros tiempos. Fatalmente ya los mecanismos del poder estaban atenazados.

Sin embargo, es por demás ostensible que el régimen viene desandando los pasos que marcaron sus mayores extravíos. Comenzaron tímidamente en lo económico después de haber disparado una hiperinflación que acabó de barrer con los menguados niveles de vida de las clases media y popular. De maldecir a las páginas marcadoras del precio del dólar paralelo pasaron a igualarlas y hasta sobrepasarlas. Los «precios justos» y aquellos operativos de cierre, multa y prisión para «los especuladores» fueron desapareciendo por arte de magia. Y hasta han devuelto un emblema de la expropiación revolucionaria, como el Sambil de La Candelaria. Algo lograron al borde del abismo.

Pudiera inferirse que en los principales factores del régimen, la mínima cúpula que controla todo, hubiera calado el convencimiento de que tras el fracaso en todos los ámbitos de lo social e impresentables ante la comunidad internacional, incluso de algunos a quienes podían suponer incondicionales, resultaba impostergable atender los apremios más urgentes que evitaran la implosión final y que facilitara también una gran lavada de fachada.

Lo necesitan con urgencia y no han sido tan descocados como para no advertir que tienen una nueva oportunidad –gringos de por medio– en esta coyuntura que luce como un preámbulo del nuevo orden mundial que surgirá de la confrontación Rusia y China versus el mundo occidental y cuyo epicentro es el conflicto bélico originado por la invasión de Putin a Ucrania.

La más reciente de estos giros en función pretendidamente higiénica, es el anuncio de la instalación de una oficina de la Corte Penal Internacional en Venezuela. Ya sabremos si obedece a la decisión de afrontar verdaderamente todos los desafueros cometidos en el campo de los derechos humanos o son simplemente acicalamientos gatopardianos.

Y en medio de todo esto, se reitera la gran interrogante: ¿a qué juega, en qué anda, cómo se organiza (si es que lo hace) y qué se propone el grueso de la oposición venezolana que está fuera de la actual AN?

Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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