Vivir en Israel es ahora mismo lo más parecido a saborear un futuro que se asemeja a la antigua normalidad, previa a la pandemia. El corresponsal de EL PAÍS visita los escenarios de ese nuevo encuentro social, solo accesibles con el salvoconducto que le da la vacuna. Un dilema ético en el Estado más avanzado del planeta en inmunización, donde la covid está acorralada. De momento.

 

FOTO…Ambiente en el club Barby, sala de conciertos en el barrio de Florentin de Tel Aviv, durante el concierto del cantautor de hip-hop Atar Meiner.EDWARD KAPROV / EPS

o estaríamos reunidos tantos millares de no haber sido por las vacunaciones”. Al pie del Muro de las Lamentaciones, Itay Peuli, de 35 años, celebra con esas palabras, como si fueran las de una oración, un nuevo comienzo. De familia judía de origen yemení, distinguido con una capa blanca entre las levitas negras askenazíes, sonríe complacido en el acto más multitudinario celebrado en Jerusalén desde que estalló la pandemia. A mí también me sorprende la masiva bendición de los cohanim, los descendientes de los antiguos sacerdotes del templo. Devuelve la abigarrada estampa de las grandes ceremonias al principal lugar de culto del ­judaísmo. Desde la Navidad de 2019 en Belén, en mi trabajo como corresponsal no había observado semejante gentío en Tierra Santa.

“La Pascua significa liberación y ahora salimos seguros de la peste”, razona el ortodoxo Peuli, dueño de una empresa textil de Tel Aviv. “Puede que ya hayamos alcanzado el 80% de la normalidad del pasado”, sugiere, “pero en realidad estamos estrenando una nueva vida”. La celebración, que ha coincidido este año con la Semana Santa cristiana católica, ha marcado el principio del fin de la pandemia para quienes vivimos en Israel. Las familias judías han vuelto a reagruparse en clanes con miembros de todas las edades en la cena del séder, el ritual que rememora la emancipación de la esclavitud en Egipto y el éxodo hacia la Tierra Prometida. Procesiones y viacrucis cristianos han regresado a las callejuelas de la Ciudad Vieja. Hace un año estábamos todos confinados por el miedo al virus, aislados en familias nucleares, bajo toque de queda y sometidos a controles policiales.

Ceremonia de la bendición de los sacerdotes durante la Pascua judía en el Muro de las Lamentaciones. Por primera vez en un más de un año, miles de personas asisten sin apenas restricciones.
Ceremonia de la bendición de los sacerdotes durante la Pascua judía en el Muro de las Lamentaciones. Por primera vez en un más de un año, miles de personas asisten sin apenas restricciones.EDWARD KAPROV / EPS

Con más de la mitad de la población completamente vacunada, ya hace tiempo que brilla la luz al final del túnel. La retirada de la obligación de llevar mascarilla en los espacios abiertos, vigente desde el 19 de abril, acerca más la salida de la crisis sanitaria. “Si no aumentan los contagios, todo estará completamente reabierto en mayo”, ha anticipado tras las festividades de Pascua el coordinador nacional israelí para la covid-19, el médico especialista en salud pública Nachman Ash. Con menos de dos centenares de nuevos casos diarios a mediados de abril entre los 9,2 millones de israelíes y una tasa de positividad que ronda el 0,5% de las pruebas de detección, Israel ya parece estar a salvo del coronavirus, plaga que se ha cobrado más de 6.200 muertes en este país. La obligación de usar mascarillas en espacios abiertos puede suprimirse incluso antes, pronostica Ash.

El hotel Arthur se sitúa en el centro colonial de Jerusalén, trazado hace un siglo a cartabón bajo el Mandato Británico. Sharon Revenik, de 50 años, acaba de llegar para registrarse en medio de la animación pascual en la Ciudad Santa. “Ha sido una sorpresa, venimos a celebrar mi cumpleaños”, dice rodeada de familiares y amigos, que la han llevado a Jerusalén sin decirle adónde acudían. Muestra orgullosa un documento que le ha permitido, asegura, recuperar la libertad de movimientos. Es el pase verde o certificado de vacunación, un salvoconducto que permite acceder a hoteles y lugares como auditorios culturales, instalaciones deportivas o al interior de bares, restaurantes y salas de fiestas. Los extranjeros con residencia permanente también lo hemos recibido tras ser inmunizados.

Olga Rerbo, de 29 años, y Nathan Read, de 32, muestran el pase verde en sus móviles antes de acceder a un bar en Ramat Gan, en el área metropolitana de Tel Aviv.
Olga Rerbo, de 29 años, y Nathan Read, de 32, muestran el pase verde en sus móviles antes de acceder a un bar en Ramat Gan, en el área metropolitana de Tel Aviv.EDWARD KAPROV / EPS

Se ha convertido en patente para navegar la nueva normalidad para los cerca de cinco millones de inocu­lados con las dos dosis de Pfizer-BioNTech, única vacuna administrada hasta ahora en el Estado judío. El Ministerio de Sanidad también lo expide para los cientos de miles de pacientes que han superado la covid-19, que en general solo reciben una inyección. En forma de aplicación descargada en el móvil o impresa en un documento blanco y verde que también incluye el código digital QR, abre las puertas de la vida de antes.

Ya permite viajar a Grecia y Chipre, entre otros destinos con acuerdos bilaterales de reconocimiento de certificados, sin necesidad de someterse a cuarentena al regreso de las vacaciones. Desde que comenzó a finales de febrero la desescalada del último confinamiento, en el que se alcanzaron picos de más de 10.000 contagiados diarios, las tasas de infección se han desplomado. Para entonces, cerca de la mitad de la población ya había recibido al menos una de las dosis de la vacuna.

Gimnasio en la ciudad de Petaj Tikva, en la zona metropolitana de Tel Aviv.
Gimnasio en la ciudad de Petaj Tikva, en la zona metropolitana de Tel Aviv. EDWARD KAPROV / EPS

Los contagios son cada vez más infrecuentes en Israel, a pesar de que un 30% de la población —los menores de 16 años— no puede estar protegida aún por falta de constatación de la efectividad de las vacunas en ese tramo de edad. Después de que Pfizer haya solicitado luz verde en EE UU para inyectar su fórmula a partir de los 12 años, el Ministerio de Sanidad israelí confía en poder inmunizarlos desde mayo.

El Menora Mivtachim Arena de Tel Aviv estrenaba también en Pascua un ampliado aforo: 3.000 entradas entre sus socios repartidos por las 10.500 plazas del recinto deportivo para el partido estrella de la Euroliga de baloncesto en Israel: Maccabi-Barcelona. “Es el mejor encuentro al que hemos podido asistir en mucho tiempo”, señala con el móvil y el pase verde en la mano Noga Jablonsky, una aficionada de 18 años que se dispone a cumplir el servicio militar, obligatorio en el Estado hebreo.

Juan Carlos Sanz, corresponsal de El País en Israel, en el Menora Mivtachim Arena de Tel Aviv el pasado 30 de marzo.
Juan Carlos Sanz, corresponsal de El País en Israel, en el Menora Mivtachim Arena de Tel Aviv el pasado 30 de marzo. EDWARD KAPROV / EPS

En el edificio de las taquillas de la sede del Maccabi veo muchos niños. Tres centenares de menores de 16 años se someten a test de antígenos en una experiencia piloto para poder presenciar el partido. Uno de los más pequeños se resiste a que un enfermero enfundado en un traje protector le introduzca un palillo por la nariz. Sus padres han tenido que pagar 50 séqueles (12,50 euros), que se suman a los entre 300 y 600 séqueles (entre 75 y 150 euros) que vienen a costar las entradas para el choque “de alto interés” con el Barça, precisa Oren Afra, responsable comercial del club.

—¿No es peligroso para el chico entrar en un recinto cerrado con tanta gente? —le pregunto a Emmanuel ­Attar, de 70 años, que ha invitado a su nieto Itamar, de 12. Quienes estamos vacunados desde hace tiempo hemos perdido ya la percepción del riesgo.

—Nos hacía tanta ilusión volver a ver un partido juntos —confiesa—. Nos sentaremos en una zona aislada —promete el abuelo.

La hinchada más bulliciosa del Maccabi, llamada Puerta 8 por ocupar esa zona del graderío.
La hinchada más bulliciosa del Maccabi, llamada Puerta 8 por ocupar esa zona del graderío.EDWARD KAPROV / EPS

La hinchada más bulliciosa del Maccabi, bautizada Puerta 8 por ocupar ese sector del graderío, anima sin cesar el ambiente sin dejar huecos entre butacas. Edward Kaprov, el fotógrafo que me acompaña, me retrata ante sus banderas amarillas. “No son peligrosos, aunque han aprendido a desconcentrar a todos los rivales con insultos en su propio idioma. Ahora todo empieza a ser tan normal”, explica entre bromas y veras, enfundado en la camiseta del Barcelona, Moisés Levy, judío valenciano de 23 años, que se halla a punto de completar los estudios de Administración de Empresas en una universidad privada del área metropolitana de Tel Aviv. “Es una pena que no haya podido venir Pau Gasol”, lamenta, como si estuviese asistiendo al primer partido de su vida.

Mercado callejero tradicional de Carmel en Tel Aviv, durante el fin de semana.
Mercado callejero tradicional de Carmel en Tel Aviv, durante el fin de semana. EDWARD KAPROV / EPS

Un millón de israelíes, un 11% de la población, se niegan a vacunarse a pesar de vivir en un país que cuenta con una gran reserva de dosis y en el que se puede obtener la cita para la inoculación en menos de 24 horas. Los bulos difundidos en las redes sociales han calado entre las sectas ultraortodoxas y grupos de jóvenes laicos, pero la cuota de negacionistas no parece desbordarse.

A las autoridades sanitarias les preocupa mucho más la eventual aparición de nuevas variantes de coronavirus, más infecciosas y letales o con mayor capacidad de propagación. Por ello las puertas de entrada al país, con el aeropuerto David Ben Gurion a la cabeza, siguen cerradas para los extranjeros sin permiso de residencia. Israel se está planteado aceptar solo a los visitantes que acrediten estar vacunados.

De puertas para adentro también se empieza a aplicar el mismo rasero. Un tribunal laboral de Tel Aviv ha avalado la decisión de la Administración de vetar el acceso a clase a una profesora que había decidido no inmunizarse. Aunque la justicia reconoce el derecho de los ciudadanos a no vacunarse, en el caso de los maestros lo supedita al deber de cuidar de la salud de los alumnos. El pase verde ha abierto un debate ético. La ONG Médicos por los Derechos Humanos admite que el certificado vacunal favorece la reanudación de la actividad económica con garantías, pero alerta sobre su uso indiscriminado. Considera que puede erosionar libertades individuales y violar la confidencialidad de los datos sanitarios personales.

En la plaza de Sion, lugar emblemático de las citas en la Ciudad Santa, Micaela Harari, de 58 años, directora de la academia de danza Flamenca Studio, ofrece una actuación patrocinada por el Ayuntamiento con algunas de sus 15 alumnas. “La vida se había parado y era casi imposible planificar el futuro”, recuerda tras un año que considera perdido. “Algunos proyectos están empezando a tener impulso”, revela ahora con un alegre guiño: “Estoy dando clase a jóvenes palestinos en Jerusalén Este”.

Reconozco no haber echado mucho de menos el rezo en los santos lugares de la Ciudad Vieja, ni los partidos en la cancha del Maccabi, pero el regreso a las barras de los bares y las mesas de los restaurantes, que permanecieron clausuradas casi seis meses desde septiembre, nos ha alegrado a la mayoría. Como el retorno a las playas. O a los gimnasios. En los centros comerciales ultramodernos se hace caja como antes de la pandemia. Y los mercados callejeros tradicionales —como el Mahane Yehuda, en Jerusalén, o el Carmel de Tel Aviv— vuelven a estar abarrotados.

Hace tiempo que ya nadie nos toma la temperatura a la entrada, en el sobreentendido de que casi todos estamos ya vacunados. Por encima de los 50 años eso es bastante cierto, con cerca de un 90% de tasa de inmunización con las dos inyecciones de Pfizer. Entre los mayores de 20 años, dos tercios de la población están ya protegidos. Pero solo la mitad se halla vacunada en el grupo de 16 a 19 años, que concentra ahora el 40% de las infecciones. El mensaje de las autoridades ha calado menos entre los más jóvenes.

Ambiente en la playa de Jaffa durante el fin de semana.
Ambiente en la playa de Jaffa durante el fin de semana.EDWARD KAPROV / EPS

Mientras en Israel ya se vive el día de después, en Gaza (dos millones de habitantes) se han disparado las infecciones, con una morbilidad de hasta 6.000 casos diarios, seguida de cerca de Cisjordania (2,5 millones de habitantes). En la franja costera se han podido vacunar unas 40.000 personas. Otras 110.000 en Cisjordania, sin contar a un número similar de trabajadores palestinos que han sido inoculados por la sanidad israelí. Como potencia ocupante desde 1967, Israel debe hacerse cargo de la inmunización en Palestina, sostienen las ONG humanitarias internacionales. “La vacunación masiva en los países vecinos va en su interés”, argumenta la Organización Mundial de la Salud.

En el escenario de la Ópera de Tel Aviv, el primer violinista Eckart Lorenzen, de 60 años, se cruza con el fagotista Rotem Nir, de 22, poco antes de que la Orquesta Sinfónica de Israel ofrezca en su sede estable la Cuarta sinfonía de Beethoven. El primero ha visto el tiempo de la pandemia como una plaga sin conciertos en el extranjero. “Echábamos de menos al público”, asegura mientras observa tras un telón la llegada de espectadores: un cupo de 300, entre los 2.100 abonados de la orquesta, que se distribuyen con calculada distancia por las 1.600 butacas de platea y anfiteatro.

Concierto de la Orquesta Sinfónica de Israel, en el que interpretó la Cuarta Sinfonía de Beethoven el día 1 de abril.
Concierto de la Orquesta Sinfónica de Israel, en el que interpretó la Cuarta Sinfonía de Beethoven el día 1 de abril.EDWARD KAPROV / EPS

Desde el vestíbulo, Uri Shamir, de 85 años, profesor emérito de la Universidad Technion de Haifa, coincide en la misma añoranza: “¿Cómo hemos podido vivir todo este tiempo sin la música que amamos?”. Rotem, el más joven miembro de la orquesta, ha vivido en cambio la pandemia como una oportunidad en su carrera por convertirse en director. “Ahora me llaman de todas partes en Israel porque los maestros internacionales no pueden venir”, aclara.

—La entrada cuesta 80 séqueles [20 euros] —detalla Shaul Mizrahi, propietario del Barby, uno de los clubes musicales más célebres de Florentin, barrio de la noche en el mestizo sur de Tel Aviv.

—¿Y la cerveza? —le interrogan los reporteros.

—Vale 26 séqueles, igual que la copa de arak —replica, al referirse al licor anisado mezclado con agua y hielo que es compartido por los pueblos enemistados del Mediterráneo oriental.

“Aquí no entra nadie sin vacunar”, zanja el interrogatorio Mizrahi en las primeras horas de la noche del jueves, prefacio del fin de semana en Oriente Próximo. Cientos de jóvenes se agolpan para asistir al concierto del cantautor Atar Mainer, bautizado como “profeta” del hip hop por la crítica musical israelí. Todos deslizan el móvil dos veces por el lector de datos conectado al ordenador del dueño del Barby. La primera, para verificar el pago. La segunda, para registrar la validez del pase verde.

En la primavera del año pasado, mientras los demás seguíamos confinados, el dueño del club Barby se encontraba acampado en huelga de hambre ante la residencia del primer ministro en Jerusalén, en una protesta del sector del ocio nocturno por el prolongado cierre de los locales. La recuperación de la economía se presenta ahora más espinosa que la salida de la pandemia. Israel ha pasado del práctico pleno empleo —4% de índice de paro en febrero de 2020— al 17% un año más tarde.

En la antigua nave industrial reconvertida en escenario musical se ha completado de largo el aforo de 600 asistentes. “Es el mismo que teníamos antes de la pandemia”, explica Mizrahi. En torno al escenario por el que se pasea Atar Mainer, muchos dan saltos. Entran ganas de perderse entre la masa.

Amit Bishap, arquitecto de 33 años, y su pareja, Resut Bassar, ingeniera electrónica de 31 años, me cuentan que es su primer concierto en más de un año. Coincidimos los tres. “Cuánto echábamos de menos volver a nuestra vida de antes”, admite ella. “Ya nos sentimos seguros”, sostiene él. “Ahora que estamos vacunados”, pienso.

Desde las gradas que rodean la pista observamos cómo cientos de jóvenes entran en trance cuando Mainer canta: “Nada es real. Todo es un videojuego”. Corean el estribillo machacón y bailan entusiasmados como si no hubiese azotado al mundo la peor peste en un siglo.

Jóvenes religiosas rezando bajo unas casetas en una playa de Tel Aviv.
Jóvenes religiosas rezando bajo unas casetas en una playa de Tel Aviv. EDWARD KAPROV / EPS
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