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Mikel de Viana, amigo y visionario, por Vladimiro Mujica

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Me toma de sorpresa, muy temprano en la mañana del viernes en San Sebastián, la nota en WhatsApp preguntándome si sabía algo de la noticia que estaba comenzando a circular acerca de la muerte de Mikel de Viana, sacerdote jesuita y muy querido amigo. Escribo de inmediato a su hermano José María de Viana, quien me confirma la infausta, y quizás, visto en retrospectiva, anticipada nueva.

Vi a Mikel en Bilbao por última vez hace unos meses, en mayo, en la residencia de la Universidad de Deusto, donde había sido profesor durante los últimos años, y me quedé con la sensación de que aquella jornada extraordinaria, con almuerzo en la enfermería, rodeado de sacerdotes, investigadores y docentes retirados, era, en un modo indefinible, pero espiritualmente palpable, una despedida. Mikel había perdido peso y estaba adolorido por una caída que le impedía caminar,

Pero las dolencias físicas no debilitaron su espíritu e intelecto que permanecían indoblegables y activos como siempre. Ellos me llevaron de la mano por una travesía inesperada sobre lo que Mikel llamó la «visión comunitaria» de Jesús. Una que divergía del origen ambiguo que le atribuye la Biblia, más allá de su condición de Hijo De Dios, y que contrasta con el contenido de los pergaminos del Mar Muerto, unos textos descubiertos el siglo pasado en Qunram y que aparentemente arrojaron una luz inesperada sobre los esenios, la comunidad tribal judía a la que, según los mismos, estaba vinculado Jesús. De hecho, el estudio de esos pergaminos se había convertido en una actividad muy intensa para Mikel.

El resto de nuestra jornada de discusión y entrañable afecto, discurrió en conversaciones sobre Venezuela, tema imposible de evitar, y sobre un proyecto común que acariciamos en varias oportunidades, pero que quedará para el futuro incierto de la cooperación en espíritu, de escribir un estudio iconoclasta sobre la guerra federal, un capítulo fascinante, profundamente influyente en lo que somos como país, y relativamente poco analizado de nuestra historia.

Llegado nuevamente a España, hice muchos intentos por hablar y ver nuevamente a Mikel. Ahora entiendo que mi intuición era correcta, y que quién siempre se preocupó porque los demás no nos preocupáramos, había tomado la decisión con su Dios y su fe de partir discretamente. Me acerco a la carroza fúnebre que transportó su cuerpo desde Bilbao a un nicho en un columbario del cementerio a un costado de la monumental Capilla de San Ignacio de Loyola, en un lugar mágico del país vasco, y trato de tomarle la mano a distancia, en la despedida física que ya no puede ser. Momentos de pasar del dolor de su muerte a la celebración de su vida. Un tránsito siempre cargado simultáneamente de dolor y esperanza.

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Salidos del sepelio, marchamos a la iglesia del colegio de la Compañía de Jesús en Bilbao, Jesuitak Indautxu. Allí el Padre Pello Azpirarte, SJ y compañero de Mikel en Deusto, condujo un oficio maravilloso y profundo, donde describió lo que él llamó las cuatro etapas de la vida de Mikel, agrupadas en la luchas por la Verdad, la Justicia y la Libertad, en su existencia venezolana, y el retorno a la Fe en su exilio forzado en el País Vasco.

Supongo que mi amistad con el Padre Mikel de Viana SJ, brillante pensador, sociólogo, teólogo y profesor de la UCAB, una amistad que llegó de la mano de dos amigos comunes, Luis Castro Leiva y Teodoro Petkoff, y que se extendería hasta su muerte, comenzó en su tránsito entre las luchas por la Justicia y la Libertad, cuando participaba en los eventos de la sociedad civil en Venezuela que se oponía con decisión al decreto 1011 del gobierno de Hugo Chávez que pretendía la ideologización y el adoctrinamiento de nuestros niños y adolescentes, y en las acciones masivas contra lo que se perfilaba como un régimen que destruía las instituciones, e imponía implacablemente un estilo de populismo autoritario.

No creo traicionar ninguna confidencia si señalo el hecho público y notorio de que la comunidad jesuita en Venezuela, probablemente como la propia sociedad venezolana, estaba profundamente dividida entre quienes pensaban que Chávez era un reformador sincero que podía significar un avance importante contra lo que se percibía como un sistema que generaba pobreza y exclusión, y quienes avizoraron con claridad los peligros del autoritarismo militarista.

Creo que, en justicia, puedo afirmar que Mikel derivó prontamente hacia la posición crítica al chavismo, algo que, en definitiva, lo convirtió en un individuo peligroso para el gobierno, y muy conflictivo para sectores de su propia comunidad religiosa, especialmente por su presencia frontal en los medios de comunicación denunciando la naturaleza autoritaria del régimen chavista.

Este juego de circunstancias condujo eventualmente a su exilio en el País Vasco, la tierra de sus antepasados familiares, a su incorporación a la Universidad de Deusto y a un prolongado y esencialmente autoimpuesto silencio sobre Venezuela que duró por más de una década.
Cuando le pedí a Mikel que escribiera el epílogo de nuestro libro «La Rayuela de Pablo. Un Laberinto de Reflexiones sobre Venezuela», inicialmente dudó, arguyendo que él había decidido no opinar más sobre Venezuela, dadas sus circunstancias de salida del país, un hecho con el que él obviamente no podía reconciliarse. Mi insistencia condujo a que escribiera un epílogo de una gran densidad y profundidad, que todavía resuena en mi cabeza por su vigor conceptual y analítico sobre la tragedia de nuestro país.
Tomo un solo párrafo del mismo: «El lector de La Rayuela de Pablo acaba de hacer el tránsito espiritual por los oscuros y confusos vericuetos del laberinto de la crisis venezolana. Dédalo, el gran arquitecto de Creta, cumplió con la encomienda de construir el primer laberinto que se recuerda, con tal confusión de estancias, pasillos, escaleras y rincones, que no llevaran a ningún sitio. Los laberintos son temibles, precisamente, porque inducen a la confusión fatal, a la trampa obsesiva de deambular sin rumbo volviendo una y otra vez a las mismas oscuras estancias. Hace dos décadas ninguno de nosotros podía imaginar que la aventura que estrenaba la sociedad venezolana, quitándose de encima el yugo de AD y de COPEI, en realidad era el cándido ingreso en un laberinto infernal del que no acierta a salir y donde el monstruoso Minotauro le exigiría el sacrificio, incluso sangriento, de sus mejores hijos e hijas

No crecí en un entorno religioso, pero por razones desconocidas para mi, siempre he tenido una relación profunda y cercana con el mundo espiritual, y dos de las personas a las que me une un profundo respeto y amistad son jesuitas, Mikel de Viana y Luis Ugalde. Ambos han sido voces claves en denunciar la destrucción de Venezuela que han perpetrado los regímenes de Chávez y Maduro y en pedirle responsabilidad al liderazgo político de la nación.

Ambos profundamente ligados al país vasco y a Venezuela. Uno de ellos tiene la fortuna de todavía poder moverse entre los dos mundos con relativa libertad. El otro sufrió los rigores duros de la separación y la partida de su patria. No puedo añadir nada a la sencilla y demoledora frase que me escribió su hermano José María en WhatsApp en nuestro diálogo digital después de conocerse su fallecimiento:

El exilio lo mató. Pero su legado y su vida extraordinaria sobreviven en nosotros. Se ha marchado un guía religioso y un luchador por la libertad de Venezuela, y ambas existencias fueron verdaderas. Ya vendrán otros tiempos cuando su memoria de visionario y de gudari, guerrero en euskera, como bien apuntó el padre Pello en la misa en memoria de Mikel, será reconocida.

Vladimiro Mujica  es Doctor en Química. Profesor emérito de la UCV y actualmente en Arizona State University. Activista en ONG.
TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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