Se suele lamentar el cambio de gobierno en Estados Unidos, del alocado y sin límites Trump al muy discreto y mesurado Biden. Y esto por una razón dominante: solo a un disfuncional se le podía ocurrir invadir al país, matar un gentío y pasar unos cuantos años o decenios vigilando el territorio plagado de violencia dispersa e inagotable, sobre todo si hay apoyo de algunos amigotes no muy diminutos que todos sabemos quiénes son, además de las bandas criminales internas y externas.

Aunque muchos no lo crean, tales deseos pueblan los sueños de algunos ilusos compatriotas. Tan ilusos que tuvieron que padecer la vergüenza de que nuestro más directo contacto con el imperio los llamó realistas mágicos y surrealistas por andar soñando como adolescentes.

Que estas guerras entre grandotes y pequeñuelos tienen inmensos costos es bien sabido por los yanquis, recuerdan a Vietnam y la vergüenza nacional que hubo que pagar, o los más de veinte años que tienen tratando de irse desesperadamente del minúsculo Afganistán, con cuyos talibanes han tenido que sentarse ahora muy decentemente a dialogar. O los diez desastrosos de Irak que partieron de una mentira que compró el muy poco pensante Bush, hijo de su papá. Así que más vale que, aun en esa hipótesis invasora, Donald no haya encontrado los votos “legítimos”. 

Pero también es verdad que no fue muy brillante la política, por pasiva y postergada por otras regiones más calientes del globo, del presidente Obama, quien, por otras muchas cosas, a no dudar será uno de los grandes presidentes de la historia americana.

 

 

La verdad es que no lo creemos por todo lo que ha dicho su vicepresidente Biden y en especial sobre la tragedia venezolana. Y seguramente se tratará de armar otra política, ojalá menos vocinglera y más acertada esta vez, capaz de apoyar con prudencia y buen tino el mantra nacional. Pero yo creo que podría subrayar dos características que, a mi entender, son posibles y deseables de esa nueva estrategia.

Pareciera ya evidente que la política correcta que necesitamos debe ser fundamentalmente nacional. Nada valen los sesenta países, y el gran padrote gringo, si el país permanece congelado y sin un mínimo de energía y esperanzas políticas.

Bienvenido los amigos y lo mucho que pueden hacer en apoyo de una oposición local pero esta tiene que existir. Y no sentarnos a esperar que importemos la libertad anhelada, que al parecer es un producto que tiene que tener un decisivo material autóctono.

Eso de tener una suerte de protector privado y más si es un señor con prontuario delictivo, no es muy gallardo ni efectivo que se diga. De manera que robustecer los partidos, buscar la unidad, estructurar la sociedad civil, recuperar las calles y hasta asumir la clandestinidad son tareas que tienen prioridad. No volvamos a repetir páginas como aquella falta de decencia en que el gobierno de EE.UU. leyó las condiciones para transitar a otro gobierno y no nuestro gobierno interino, cualquiera que hubiesen sido los entretelones del asunto.

Por otra parte sabemos, no es conjetura, que vamos hacia una tragedia más trágica que la que vivimos, lo que no parecía posible. El coronavirus ayudando y la asunción cada vez más acentuada de la tiranía. Bueno, un gobierno más hacia la izquierda, marxista leninista según los fascistas criollos, hacia la centroizquierda, puede comprender mejor la inmensa necesidad de que vamos a tener que usar fórmulas de muy alto contenido social para que no se mueran de hambre los carajitos y las abuelitas.

O no se vayan otros cinco millones hacia donde al menos les ofrezcan algún mendrugo de pan de la ONU. Keynes y no Hayek. Me imagino que puede ser un buen ambiente para colaborar si es que se quiere colaborar, claro, y si hemos logrado salir de los infiernos, con la ayuda del pueblo, como deseamos.

Fernando Rodríguez es Filósofo y fue Director de la Escuela de Filosofía de la UCV.

TAL CUAL

 

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