San Pablo lo decía allá por el siglo uno: “si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente”. Hablaba en pleno inicio de fundación de una iglesia cuyo primer mandato y misión era el amor al prójimo. Nunca ha sido fácil la fraternidad humana.

Aunque la frase de San Pablo pueda parecer exagerada o simplemente retórica para fines pedagógicos, desgraciadamente este «morder y devorar» nunca ha dejado de existir como manifestación de una libertad mal interpretada.

Nadie tiene derecho a ensañarse con otro para difamarlo, condenarlo al escarnio público, destruir su imagen y, mucho menos, atentar contra su vida. Esas conductas claramente son expresión de fundamentalismo. No existe un derecho a la venganza, y la legítima defensa no es un concepto abstracto y manipulable.

 

 

Unos islamistas que entran a la redacción de un medio satírico y asesinan a doce personas porque se burlan de Mahoma y de Alá incurren en prácticas terroristas; y también existe un terrorismo cibernético que no deja de ser manifestación de un fundamentalismo creciente incluso entre quienes se adjudican la defensa de una supuesta cultura occidental que ni ellos mismos terminan de asimilar.

A menudo, las redes sociales se convierten en una guillotina dispuesta a descabezar de forma sumaria a todo aquel que exprese una opinión contraria al grupo mayoritario. El uso de estos medios para fines destructivos está directamente asociado al abuso de poder. Se usan autoritariamente para manipular información, tergiversar datos, compartir mensajes privados de forma editada y alterada para conseguir objetivos destructivos. Quienes hacemos política vivimos expuestos a estos ataques de aquellos que creen que tienen libertad para destruir la imagen y la reputación de otro.

En un estado torcido y sin derecho como el nuestro, los mismos voceros del régimen y sus lacayos utilizan prácticas delictivas en cuanto al uso y difusión de la información, violando uno de los objetivos de la ley RESORTE en su artículo 3: “Promover el efectivo ejercicio y respeto de los derechos humanos, en particular, los que conciernen a la protección del honor, vida privada, intimidad, propia imagen, confidencialidad y reputación y al acceso a una información oportuna, veraz e imparcial, sin censura”.

Que estemos amenazados por las mismas tentaciones de hace dos mil años no es de extrañar: la naturaleza humana sigue siendo la misma. Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad, y que, una y otra vez, debamos re-aprender la prioridad suprema del amor, tampoco es novedoso.

Las lecciones del perdón y del amor al prójimo nunca serán prueba superada. Digo todo esto parafraseando a un Papa contemporáneo: Benedicto XVI.

El realismo político nos obliga a actuar con una libertad constructiva, esperanzadora y propositiva; a generar confianza mediante el trato respetuoso y fraterno. Es lo que nos hubiese recomendado el periodista John Carlin si las autoridades le hubiesen permitido entrar a Venezuela: “Fueron su integridad y su coraje, sumados a su encanto y su poder de persuasión, los que convencieron a sus enemigos para que cedieran el poder voluntariamente convencidos de que se trataba de un líder en quien podían confiar para evitar el camino de la venganza que sus conciencias culpables tanto temían” (La sonrisa de Mandela).

TAL CUAL

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