Las elecciones de Bolivia, donde un candidato opositor recibirá el poder de manos de un gobierno interino, deja hoy a Venezuela como el único país de Suramérica cuyos actores políticos no han sido capaces, independientemente del reparto en la carga de las culpas, de concretar acuerdos para unos comicios revestidos con todas las garantías y la transparencia que le merezcan la credibilidad y la aceptación de todos.

Comentaristas internacionales han criticado que hayan sido dos firmas encuestadoras las que anunciaron el veredicto popular, abiertamente favorable a Arce. Pero lo destacable es que, aparte de que lo hicieron con autorización del organismo electoral, las condiciones de organización y desarrollo del proceso permitieron que la victoria del candidato Arce fuera prontamente reconocida por el gobierno interino, Carlos Meza el principal opositor, la OEA y los Estados Unidos.

Las elecciones fueron limpias, pacíficas y con una participación del 87 %, condiciones que aquí rehúye a todo trance Maduro, seguro que una elección popular lo eyectaría del poder como disparado por una catapulta, a él y a toda la cúpula que sigue destruyendo a Venezuela.

Pero esa es también una ruta, la electoral, que la oposición mayoritaria (ni la minoritaria) no ha trabajado de manera suficiente ni persistente para pelearla y forjarla más allá de las trabas que, fiel a entraña fascista, presenta la dictadura. Desde hace casi dos años la oposición que lidera Guaidó marcha atada a la opción del atajo militar, para muchos un espejismo, que vendió y usa electoralmente Donald Trump, ahora con su propio triunfo en riesgo. Se creyó que un plan B era prescindible.

 

 

Cómo sería la torpeza de la oposición boliviana cuando después de haber puesto fin a los catorce años de mandato ininterrumpido de Evo Morales, claramente autor del fraude electoral del año pasado al interrumpir los escrutinios, no solamente no lograron acceder a la presidencia, sino que seguirán como minoría en las dos cámaras legislativas.

No fueron capaces de ganarse la confianza de la población, profundizaron los radicalismos y la confrontación suicida, con lo cual liquidaron la primera premisa para un triunfo: una amplia unidad de todos los factores democráticos y la búsqueda también de la unidad entre los bolivianos.

El gobierno interino no estuvo a salvo de acusaciones de corrupción, no tuvo mayores aciertos frente a la pandemia, un factor no menor puesto que afectó como en todas partes la economía. Encima, la presidenta Añez cometió el gravísimo error de postularse ella misma, en vez de dedicarse al proceso de transición. Las renuncias de ella y Quiroga fueron tardías y desde luego sin efectos.

La oposición se difuminó entre peleas y la ausencia de un plan unitario de gobierno. En medio de un clima de estridencias surgió un candidato con un estilo mesurado y de mensaje menos confrontativo, centrado en propuestas, conocido por sus largos años de labor al frente de la economía, especialidad en la cual se formó y ejerce, y utilizando como aval las propias decisiones que tomó durante su gestión ministerial.

Al final, poco les importó a los bolivianos todas las acusaciones ciertas de fraude o narcortráfico contra Morales, los juicios por sus llamados a bloqueos de alimentos e insumos sanitarios a las ciudades y la más reciente acusación de pederastia.

Gana su partido, pero el pueblo sabe que puede continuar en paz sin la presencia omnímoda de Morales, sobre todo si Arce cumple su promesa de gobernar sin odios.

Piénsese en la actuación pública de Arce y contrástela con la caterva de ministrillos que han desfilado por los gabinetes chavistas. Una rotación perpetua de las mismas caras, sin calentar asiento, sin consolidar una gestión, un desfile de buenos para nada rotándose en un cargo tras otro, asumiendo hoy la economía y otro día las comunas, hoy la educación y mañana la persecución hasta la extinción de empresas del campo y las ciudades. Con este monumental fracaso y sin reconocimiento internacional, ¿qué celebrará Maduro y su impresentable régimen?

A la vista está que Lenin Moreno no resultó una copia de Rafael Correa, ni Alberto Fernández sigue la fanática deriva de la señora Kirchner, ni Luis Arce tiene porqué ser un clon de Evo Morales. Así lo deseamos para bien de la hermana patria boliviana.

TAL CUAL

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