Con el revés reeleccionista de Donald Trump cae el telón que pone final a la etapa más reciente en lo que compete a la estrategia de la mayoría opositora por desalojar mediante la vía rápida del poder a Nicolás Maduro.

Un final de acto que comenzó el 23 de enero del 2019 con la juramentación como presidente interino de Juan Guaidó, seguido del reconocimiento inmediato por los Estados Unidos, más una cincuentena de países de varios continentes y por el lanzamiento del famoso y desgastado mantra de tres pasos.

Por casi 22 meses, el cese (abrupto) de la usurpación de Maduro, un gobierno (opositor) de transición y elecciones libres se convirtieron en la guía motorizadora del grueso de la oposición liderada por Guaidó y respaldada por los partidos que integran el llamado G-4: VP, AD, PJ y UNT.

La aparición de Guaidó con tan fuerte apoyo internacional y esa atractiva, aunque exigente hoja de ruta, sacó a la oposición de uno de sus mayores abatimientos después que el régimen anulara la AN, saboteara la convocatoria a referéndum y eligiera inconstitucionalmente una constituyente bajo su absoluto control.

Tres grandes hitos, tres grandes fracasos han marcado el interinato de Guaidó: el frustrado ingreso de la ayuda humanitaria por Cúcuta (Febrero, 2019), el abortado golpe del 30 de abril (2020) y la nunca reconocida Operación Gedeón (Agosto, 2020).

Pero el mantra alimentado por la expectativa de intervención pegó. Tanto así que a pesar de los descalabros de esas tres acciones dirigidas a lograr el primer objetivo enunciado y, a pesar también de que la posibilidad de una incursión militar fue desechada en declaraciones del alto gobierno norteamericano, la quimera del atajo se mantuvo viva en la masa opositora.

Se puede decir que la espera popular se prolongó incluso después que la pandemia de la covid-19 pasó a regir los destinos del planeta. Sorprendentemente, hay quien todavía confía en que Trump voltee la tortilla electoral y renazca con ello la posibilidad de la pateada a Maduro y su gente.

Pero todo eso forma parte del pasado. Tanto, que el hombre que más apostó al fast track opositor, Leopoldo López, en sus primeras declaraciones después de salir de su reclusión ha hablado de elecciones hasta con Maduro de candidato y de la posibilidad de gobierno a futuro integrado por elementos del oficialismo. Algo poco menos que intragable para una oposición radicalizada por el mismo discurso de ese mismo liderazgo y cuya fe en los mecanismos del diálogo, la negociación y el voto es igual a cero.

Guaidó dedica hoy sus esfuerzos a organizar una consulta nacional e internacional en rechazo a las elecciones legislativas de diciembre. Algo que más allá de mantener al joven diputado como referente de un gobierno paralelo, no bastará para definir el nuevo rumbo que ha de seguir la oposición venezolana, ni le garantiza el liderazgo.

No hay más opción que rectificar —cuanto antes mejor— y volver a la ruta electoral. Para todo lo que vendrá, dígase elecciones de gobernadores, instancias municipales, referéndum revocatorio o elecciones presidenciales, se necesitará entregarse de lleno a la lucha por verdaderas garantías, poner fin al ventajismo obsceno del régimen, reconstruir las desvencijadas estructuras de los partidos y, fundamentalmente, la decantación del liderazgo.

No es posible regalarle olímpicamente todos esos espacios y pensar exclusivamente en la elección presidencial, que sin en esos avances previos, sin ejercitar el músculo electoral, será más difícil ganar.

Será un esfuerzo conjunto que requerirá de una nueva unidad, la acción conjunta de los gobernadores de oposición, los movimientos sociales y la sociedad civil a la que no han podido doblegar en estos veinte años. Tengamos por seguro que presión de la comunidad internacional en ese mismo sentido no va a faltar y esta vez con el nuevo impulso y el sello democrático que le dará la llegada de Joe Biden a la Casa Blanca.

Gregorio Salazar es Periodista. Exsecretario general del SNTP.

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