La reunión del Parlamento europeo en Bruselas era crucial para Venezuela. La tesis oficial de la Unión Europea, reiterada en tiempos recientes, era presionar la suspensión de las parlamentarias que el Gobierno de Maduro ha convocado para diciembre, sin condiciones de transparencia. Obviamente fueron universalmente cuestionadas, lo que abrió la puerta a una negociación con presencia internacional en ansiosa búsqueda de una solución justa e incruenta a la tragedia que abruma a nuestra nación en tiempos de extravagante socialismo.

Tan noble objetivo despertó la más impresionante y generosa solidaridad mundial que desde sus orígenes emancipadores haya favorecido a Venezuela: Europa unida, la aplastante mayoría de las tres Américas y cada vez más naciones, movimientos y personalidades connotados. Puede decirse sin exagerar que no podía haber sido de otra manera.

En la naturaleza de las organizaciones jurídicas universales prevalece la búsqueda de la paz usando medios lícitos, sin necesidad de empuñar armas. En Venezuela esa orientación ha ganado la atención solidaria extra nacional. La solución pasa por dejar en el pueblo soberano la determinación de su futuro para lo cual no hay fórmula más sana y apropiada que garantizar elecciones libres, transparentes, con seria y vigorosa observación electoral, todo en función de la pureza del sufragio, base de su credibilidad.

Recibo un informe de mi amigo Caracciolo Betancourt. Me explica al detalle el desenlace de la reunión de Bruselas, que en su opinión –y la mía– ha sido quizá una oportunidad malograda. Caracciolo es un conocedor de las realidades vivas de muchas naciones del Viejo Mundo.

Europa estaría cerca de unirse a la suspensión de las parlamentarias con un argumento probo. En el seguimiento del estado de las irregularidades del proceso electoral de diciembre, no han observado avances en las condiciones de transparencia y puesto que ellos niegan cualquier posibilidad de intervenir militarmente en Venezuela, solo les quedaría adherir a la idea circulante de suspender las benditas parlamentarias, a lo menos por un tiempo prudencial un tiempo prudencial que permita retomar la negociación pro transparencia.

Cierta o no semejante posibilidad, no cabe duda que si una parte tan influyente y de tanto peso como Europa endosara la suspensión, todos habríamos dado un paso adelante y honrado a la Política en tanto ciencia y arte.

Tal vez ayude a mes compactar las confundidas filas de la oposición y pondría “orden y progreso” en esa fuerza inmensurable que es la Comunidad Internacional, por desgracia sin ser valorada por muchos, como se merece. Entendamos, por ejemplo, que cuenta con probado liderazgo político y políticas son sus decisiones. Pueden y suelen equivocarse pero, por formación y porque hasta los supuestos o reales errores se sostienen sobre argumentaciones y estructuras retóricas racionales, son útiles a las conclusiones de cualquier debate.

Lo que para nada sirve y por el contrario desorganiza y divide es el estilo difamador, la ligereza con que se infama, insulta o descalifica al que piensa distinto. Déjenme añadir que hasta donde creo saber, no denigran a quienes adversan.

La sana polémica armoniza en forma natural con las buenas políticas, pero nada de lo arriba escrito esta para polemizar, menos para descalificar. El propósito es unir, supremo logro que pasa por resaltar la coincidencia con todo o parte de otras ideas. Son aspiraciones tan viejas como el tiempo. Demuestran que las respuestas inteligentes son tan antiguas como lo son la garrulería y la descalificación.

 

 

El socialismo, causa que defendí con fervor y vehemencia, me parece hoy, en sus variadas expresiones, utopías insustentables, limitadas por su defensivo sincretismo y la avalancha positivista y romanticista que las invadió. El romanticismo alemán, inglés y francés las cubrió con vestiduras de lentejuelas que nos habrían entretenido por un par de siglos. Por fortuna, la Política siempre termina poniendo orden. Un brillante socialista utópico, Víctor Considerant, el más destacado discípulo de Fourier, explicó su adhesión a los falansterios de su maestro, diciendo: un mensaje tan hermoso tiene que ser valedero.

Pero Considerant era en su otro yo un agudo político, supo mejor que la mayoría de los demás socialistas de su tiempo, que si el proyecto lo justifica, puede ser importante hasta sentarse a negociar con el diablo y su ejército de expulsados del Cielo encabezado por su lugarteniente Belcebú. Considerant lo demostró poniendo su crédito en juego: escribió cuatro cartas al mariscal Bazaine, nada menos que el jefe del ejército francés de ocupación de México.

El lenguaje de la primera es de una sutileza y sentido político admirables. Considerant destacaba el mejor rostro del pueblo mexicano pobre. Y sin insultar al mariscal que ensangrentaba a los mexicanos, ni presentando retos de imposible cumplimiento, desmanteló a punta de palabras la siniestra institución llamada “el peonaje”, que endeudaba a los pobres para obligarlos a pagar en condición de esclavos.

Impresionado, el emperador Maximiliano dictó un decreto eliminando el odiado peonaje. El político había alcanzado un objetivo parcial pero importante y necesario, en tanto que sus detractores nunca “tomaron el cielo por asalto”.

Nada inocuo aquel logro que levantó respaldos a la causa del gran indio Benito Juárez. Si, el notable vencedor personaje para quien el respeto al derecho ajeno es la paz, vencería en la resistencia contra Maximiliano, adornando su lanza con aquel lema vistoso de una guerra que no hablaba de violencia y muerte sino de derecho y paz. Hábil el indio. ¿No les parece?

TAL CUAL

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