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¿Por dónde empezamos?, por Simón García

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No estamos ante un país en blanco. Pero si ante la oportunidad de una refundación de la economía, las instituciones y la cultura ciudadana. Las actuales escaramuzas partidistas pueden ser vitales para quienes tienen que responder por la sobrevivencia de sus organizaciones políticas, pero son insignificantes para el destino nacional. Las penurias cotidianas y las incertidumbres muestran la urgencia de un gran giro histórico que nos haga mejores que en otras buenas épocas y superar nuestra lamentable barbarie contemporánea. La de todos.

No hay que repetir diagnósticos coincidentes, con culpables diferentes. Ante una sociedad arrasada, no vale detenerse a pedir cuentas, sino apresurarse a llenar los huecos que laceran a una población inerme frente a las crisis.

Al país le conviene mejoras en la situación social de las mayorías y avances en las condiciones democráticas para realizar próximos procesos electorales. Una relativa normalidad generada por una negociación, pensando en el futuro de la gente, entre gobierno, oposición y actores como EEUU y la UE. Normalización no es prosternación ni adaptación subordinada.

El gobierno sabe qué ganar. Podría beneficiarse de una etapa de moderación de las sanciones. El tema es qué tipo de modelo económico va a financiar con los nuevos ingresos y si se va a mover del estatismo y la asfixia a la sociedad. El alivio del gobierno debe implicar alivio de los males que sufre la gente y vigencia de la Constitución.

*Lea también: Efectos de las altas coberturas de vacunas contra covid-19, por Marino J. González R.

Respecto a la oposición sigo el consejo de Don Quijote al galeote: «quien canta sus males espanta». Alargamos la esperanza que algunos dirigentes opositores salgan del trencito de los egos locos y se dediquen a dar sus aportes para detener nuestros retrocesos como país. Es su misión inexcusable.

Reaparece nuevamente el dilema, civilización o barbarie, que la élite política que tuvimos entre 1936 y 1945 resolvió bien. Pero desde hace 22 años esperamos por los líderes, de uno y otros lados, que se eleven sobre intereses inmediatos y particulares. ¿Hasta cuando prolongar esta espera?

El primer desafío es responder si, en nuestras actuales circunstancias, es imaginable la coexistencia entre fuerzas democráticas y autoritarias. Ya es evidente que la oposición aceptó jugar dentro de las reglas de competencia imperfecta que impone por su fuerza el gobierno, a luchar por democratizar esas reglas y por crear sólidas garantías para que ante la victoria opositora, el gobierno prolongue su proyecto bajo las reglas de la democracia. No es un imposible.

Estamos condenados a competir con proyectos contrapuestos, sin que el triunfo de uno sea el exterminio político del otro. A partir del 2002 la oposición dijo no a esta opción. Buscó obtener los objetivos máximos en un solo instante, derrocar al gobierno y sacarlo del juego. Esa apuesta extremista fracasó y su visión debe ser radicalmente removida por una estrategia compleja que luche asimétricamente por el cambio, dada la debilidad y la división de la oposición.

Hoy el camino para recomponer y unir energías sociales de cambio pasa de la voluntad ilusoria de poder a un aterrizaje en proyectos de entendimiento y activismo útil a comunidades concretas. Un camino abierto a todo el elenco de actores y en el que puedan confluir políticos de los partidos, con políticos independientes y dirigentes de organizaciones civiles y de instituciones.

Podría ser un comienzo para inventar juntos nuevos modos de hacer. No es fácil ni sencillo, pero vale atreverse.

Simón García es analista político. Cofundador del MAS.

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