La paradoja de nuestro aislamiento es que nunca habíamos estado tan clausurados en términos diplomáticos y comerciales y, al mismo tiempo, con tanta injerencia extranjera en los asuntos políticos y económicos del país. Mientras Venezuela no termina de ingresar en el sistema Covax para adquirir, no solo importantes dosis de vacunas sino también un plan serio de vacunación, los aliados de Maduro garantizan vacunas a los círculos y bases políticas de interés.

El gobierno pierde tiempo en alcanzar acuerdos con Guaidó a propósito de la pandemia, pero no desperdicia un minuto en acelerar el control social, asegurar y reforzar su base de apoyo, y ganar puntos de cara a las próximas elecciones.

Por su parte, la posición de Estados Unidos y la Unión Europea parece haber cambiado en las formas y tiempos mas no en el fondo. Las últimas sanciones europeas y los mensajes contradictorios de la administración de Biden reflejan poca o nula disposición de contribuir a salir del atasco, rehabilitar la política, la vía electoral, los espacios de acuerdos y negociaciones para resolver la crisis en aspectos puntuales. Lo único que ha desaparecido es la urgencia por resolver el problema político de Venezuela: el gobierno de Maduro va a seguir, las sanciones también; seguirán abogando por las elecciones presidenciales libres, transparentes, creíbles y democráticas el tiempo que haga falta.

 

 

Mientras tanto, los venezolanos seguimos peregrinando nuestro duro y doloroso éxodo, dentro y fuera de Venezuela. Como ha ocurrido en tantos pueblos del mundo, las dificultades de algunos tránsitos históricos exigen capacidad de conducción heroica.

Cuentan que durante la travesía de Hernán Cortés se presentó un motín debido a las inclemencias y penurias de la expedición. El conquistador mandó a quemar la mayor parte de las embarcaciones para que los amotinados no huyeran secuestrando una de sus naves. Una versión similar viene de la antigüedad, cuando Alejandro Magno desembarcó en Fenicia y, viendo tan gran cantidad de enemigos en su contra, mandó quemar todas las naves: “Entonces reunió a sus hombres y les dijo: Observad cómo se queman los barcos… Esa es la única razón por la que debemos vencer, ya que si no ganamos, no podremos volver a nuestros hogares y ninguno de nosotros podrá reunirse con su familia nuevamente, ni podrá abandonar esta tierra que hoy despreciamos. Debemos salir victoriosos en esta batalla, ya que solo hay un camino de vuelta y es por el mar. Caballeros, cuando regresemos a casa lo haremos de la única forma posible, en los barcos de nuestros enemigos”.

Quemar las naves no era solo asegurar la unidad del ejército sino sobre todo ponerse enteramente en manos de una mayoría descontenta, cansada y frustrada que amenazaba con amotinarse.

Curioseando por las novedosas salas de Club House, encuentro un poderoso término, acuñado por Keith Ferrazzi. Se trata de la coelevación. Hijo de emigrantes italianos, criado en Estados Unidos, Ferrazzi sostiene que el liderazgo basado en la autoridad férrea y todopoderosa se está agotando; lideran hoy con más facilidad personas que muestran claramente sus debilidades e incapacidades de abarcarlo todo, aquellos que demuestran sus limitaciones y vulnerabilidades. Entonces, las conexiones entre las personas son más auténticas y se basan no en el principio de autoridad sino en aspiraciones, metas y fines compartidos. “Los movimientos y las nuevas empresas hoy en día se crean cuando las personas individuales comienzan a soñar fuera de los círculos de autoridad”, se atreve a asegurar el autor.

Vivimos tiempos de excesivo control externo donde parece que los líderes políticos permanecen a la espera del “permiso extranjero” para actuar, porque les falta poder, fuerza y autoridad.

Quizás el principio de Ferrazzi nos sea provechoso: las faltas de autoridad y fuerza se suplen con la coelevación que exige, al mismo tiempo, compromiso con la misión y compromiso entre los aliados porque no queda más remedio que cubrir, entre todos, las debilidades. Ante las dificultades, quemar las naves.

«No basta con comprometerse con una misión. Cuando se añade el compromiso con los demás, sí que se produce una transformación» (Ferrazzi). La falta de opciones sobre y debajo de la mesa, y ante la realidad de que los “aliados” dicen no tener prisa ni urgencia en la reconstrucción nacional, la conducción política debería asumir con decisión y valentía el terreno que toca recorrer, con espíritu de coelevación.

Seguir cuidando con celo y apego los llamados “plan b” del ejercicio político en el exilio —aunque se afirme rotundamente que “nunca nos iremos de Venezuela”— supone seguir alimentando esa triste imagen de que la crisis política de los venezolanos ni es tan urgente ni están tan mal ni los políticos están tan apurados en salir de esto, pues, en el fondo, más que aspirar a coronar la expedición, siguen haciendo el papel de diletantes.

Mercedes Malavé es Político. Doctora en Comunicación Institucional (UCAB/PUSC) y profesora en la UMA.

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