Los malos gobernantes son elegidos
por los buenos ciudadanos que no votan
George Jean Nathan

Votar es responsabilidad de cada quien, es un derecho individual, no es un asunto de orden o de una línea estratégica dictada por cualquier institución partidista. Abstenerse es mantenerse aislado e indiferente, pero también es hacer el papel de tonto útil, pues el sufragio es la única arma que tiene el pueblo para expresar su inconformidad con los líderes políticos.

Hay quienes sostienen que el Poder Electoral está viciado y actúa como apéndice del partido oficialista. Quizás tengan razón pero si un río de ciudadanos sale decido a votar es muy difícil que los números se puedan manipular.

Las elecciones comenzaron en el siglo XIX con la Independencia. Inicialmente no tuvo carácter democrático. En 1810, se convocó a elecciones para el Congreso Nacional, pero el sufragio era privilegio de hombres mayores de 25 años de las clases más favorecidas, con casas y empleos. Se adoptó el sistema electoral de segundo grado o indirecto (como aún lo sigue siendo en Estados Unidos), de manera que el pueblo votaba por unos electores que a su vez escogían a los diputados.

 

 

En 1830, al separarse Venezuela de Colombia, la Constitución establecía que podían votar los hombres libres mayores de 21 años (aún existía la esclavitud), con una propiedad que produjera una renta anual de 50 pesos o tener un oficio que produjera 100 pesos anuales; de oficio no podía ser sirviente doméstico y no ser analfabeta.

Las elecciones eran de segundo grado, es decir, el pueblo elegía al colegio electoral y estos al presidente y demás funcionarios del gobierno.

Para 1855 se estableció el sufragio universal para los hombres. En 1857 se eliminó todo requisito económico. En 1864, a partir de los 18 años se podía acceder al voto. En 1893, los diputados podían ser electos en forma directa pero no el presidente que sería designado por un cuerpo electoral.

A comienzos del siglo XX, el presidente Cipriano Castro convocó a una asamblea constituyente para elegir a los diputados por medio de cuerpos electorales superiores, conformado por delegaciones bipersonales de los consejos municipales de cada jurisdicción.

En 1901 se sancionó la elección del presidente sin intervención popular. Los concejos municipales elegirían entre los candidatos a la Presidencia y Vicepresidencia de la República, las cámaras legislativas estadales proclamarían en sus respectivos estados a quienes lograsen la mayoría en los municipios y el senado escrutaría los votos de los estados y realizaría las proclamaciones.

En 1904 se reforma la constitución eliminando la elección del presidente a través de los concejos municipales y legislaturas, asignándoles esta función a 14 parlamentarios escogidos por el congreso.

Para 1909 se restituyó la facultad de elegir por votación directa al presidente de la república y las cámaras legislativas. Los concejos municipales elegirían a los diputados y las asambleas legislativas de los estados a los senadores.

En 1936 se creó el Consejo Electoral y durante el gobierno de Isaías Medina se consolidaron los partidos políticos.

En 1945 se dio el voto a los hombres alfabetizados mayores de 21 años para la elección de diputados al Congreso y se le concedió el voto a la mujer. En 1946 se concedió el voto sin excepciones, salvo la inhabilitación por sentencia penal y la de los militares activos. En 1948 el régimen electoral venezolano dio un salto atrás, se elevó a 21 años la edad mínima para votar. En 1958 se retomó el sufragio universal, directo y secreto.

En 1961 se disminuyó la edad para votar a 18 años. A partir de 1989 se comenzó a elegir gobernadores de estados y alcaldes de municipios. La Constitución vigente, de 1999, introduce la figura del Poder Electoral, le dio rango constitucional y designó al Consejo Nacional Electoral como su ente rector.

Ha sido una larga lucha histórica durante años por el derecho al voto, que debe ser acicate que nos impulse a ejercer nuestro deber como ciudadanos, con conciencia, con memoria. No olvidemos que es el único recurso que tenemos para darle un vuelco a lo que incomoda. No es cuestión de utilizar redes sociales para mentar lo que se le da la gana, porque esa estrategia no ha dado resultados.

Son las urnas electorales la vía para dirigir el descontento. Es decisión individual quedarse viendo en la acera del frente o actuar con la única arma que (aún) tenemos: el voto.

Quedarse en casa no es castigo al gobierno de turno, es un castigo para sí mismo, pues la procesión que va por dentro se hace más larga, te desmotiva, te aísla, te frustra y te hace cómplice de lo que pudiste cambiar.

Yo voto porque es mi forma de opinar, evaluar y manifestar mi descontento. Para no ser una isla más dentro de tantas.

Rafael Sanabria es Profesor. Cronista de El Consejo (Aragua).

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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