Dar de comer a 5.000 personas con cinco panes y dos peces debe haber sido una tarea abrumadora.

Los evangelios relatan que Jesús atendió a la muchedumbre sin percatarse de que la hora de comer se acercaba. Fue entonces cuando acudieron al Maestro a avisarle: “Estamos en un lugar apartado y ya ha pasado la hora; despide a la gente para que vayan a las aldeas a comprarse alimentos”. Y Jesús les respondió de un modo sorprendente: “No hace falta que se vayan, dadles vosotros de comer”. Es decir, su problema es también nuestro problema: afrontémoslo.

La recomendación de los apóstoles a Jesús no fue por hartura ni cansancio; no estaban intentando quitarse de encima a la multitud. Estaban simplemente recordándole que se acercaba la hora de comer, y ellos no tenían cómo dar comida a tanta gente.

 

 

Por eso, la respuesta los desconcertó: ¿les tenemos que dar de comer? ¿Qué podemos hacer nosotros? Y el Maestro no cede en su exigencia: quiere que carguen con el problema sobre sus hombros: “¿Cuántos panes tenéis?”. “Tenemos sólo cinco panes, y dos peces”. Les estaba enseñando que debemos afrontar los problemas con los medios que tenemos, sin hacernos falsas esperanzas ni ilusiones, ni suertes, ni magias. Sí sólo tenemos estos medios, con estos medios hemos de afrontar el problema; no bastan los buenos deseos, la compasión ante la necesidad de la muchedumbre.

Frente a los problemas debemos considerar con serenidad cuántos panes tenemos, qué podemos hacer, sin dejarnos abrumar por lo que no podemos; aunque parezca muy insuficiente, hemos de poner lo que está en nuestras manos.

Los apóstoles recordarían toda su vida el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Lo traerían a diario a sus conciencias, porque los medios siempre serían escasos para ir por el mundo predicando el evangelio siendo apenas doce hombres… pero doce terminaron siendo suficiente.

Deben haber aprendido que lo determinante no era ni sus condiciones ni su talento –que de todos modos debían examinar–, sino el poder de un Dios que multiplica lo poco que le podamos dar, porque a Él siempre le sobra.

Y ese sentimiento de desproporción entre lo que somos y la tarea que debemos emprender para ayudar a tantas personas es precisamente el lugar de la esperanza…porque donde hay absoluta certeza, la esperanza no puede existir.

tal cual

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