Los jóvenes que perdieron su vida por causa de la libertad de Venezuela esperaban que los demás resistieran en el frente de lucha hasta la caída del régimen. Es la consecuencia natural de un planteamiento: resistir es permanecer, mantenerse firme hasta alcanzar el objetivo. De ahí la importancia de definir claramente qué es lo que debemos resistir y cómo hacerlo viable hasta lograr la meta.

Para resistir hace falta apoyarse en las propias fuerzas al margen de las debilidades. Tenemos grabadas en nuestros corazones las imágenes de unos muchachos jóvenes apostados con escudos de cartón frente a tanques y armas de guerra. Un signo claro de debilidad espeluznante, pues era imposible resistir en semejante situación de desventaja. También recibimos testimonios de jóvenes que yacían en la sede del PNUD en carpas sin comida, sin agua, sin medicinas, sin atención ni consideración. Testimonios dolorosos nos narran que era más el afán de darles droga para que permanecieran ahí que comida. Otros se dedicaron a encender calles y levantar barricadas: esos fueron torturados vilmente por la policía del régimen. Siempre débiles, siempre desasistidos.

La resistencia que nosotros podemos empeñadamente ejercer es democrática, y está diseminada por todo el territorio nacional. Se apoya en la organización ciudadana y se expresa sobre todo en la fuerza electoral. Convoca a las grandes mayorías y se conquista con el vigor predicador de ideales altos, de juventud.

Es valiente, es comprometida, es eficaz, pero no: un liderazgo irresponsable se ha dedicado a satanizar el voto llamándolo mecanismo de complicidad y legitimación del régimen; cuando la verdadera complicidad reside en haber abandonado la lucha de tantos jóvenes que entregaron sus vidas ahí donde la resistencia no es viable sino criminal. Para una familia que pierde un hijo o un hermano no hay exilio que valga.

 

 

Honrar la memoria de esos libertadores supone de los jóvenes de hoy una reflexión estratégica seria. Volver a las fuentes de la resistencia democrática en Venezuela inspirándose en los fundadores de nuestra República civil. Claro que hubo resistencia al militarismo, al régimen y a férreas dictaduras. Una resistencia fecunda, pacífica, paciente y soberana.

La verdadera resistencia es incluyente y organizada porque un palo no hace montaña y menos si está encendido. Es un proceso gradual de conciencia patriótica que requiere inteligencia y bondad. Los jóvenes que entregaron su vida ya están en la casa del Padre, pero los padres no nos perdonarían que dejásemos de resistir hasta conquistar la libertad y la unidad nacional.

Por ellos, por la memoria de sus luchas y de su entrega, vale la pena tomar las armas que tenemos, dejarnos de idealismos y de falsas ilusiones; salir a organizar a la ciudadanía, con la seguridad y el atractivo propios de una juventud convencida de que el futuro les pertenece más que todo a ellos.

TAL CUAL

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