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«Sabían lo que les esperaba, pero Ucrania les necesitaba»: el relato de la resistencia y dolor en Azovstal por su ‘cronista’ en la sombra

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Dmytro, en un autorretrato dentro de AzovstalCEDIDA

Dmytro Kozatskiy soñaba con convertirse algún día en corresponsal de guerra. Ahora está en el equipo de prensa del regimiento de Azov y su fotorreportaje sobre soldados heridos, amputados y moribundos dentro de la acería de Azovstal lo ha visto todo el planeta. 

«Quería mostrar a los militares cerca de nuestro punto médico para mostrar su dolor, pero cuando vi las imágenes me sorprendió porque esas fotos no solo transmiten dolor, lo que transmiten es la fuerza”, asegura Dmytro. El centro médico de Azovstal no tenía nada que ver con un hospital normal: allí amputaban incluso por heridas que no requerían una medida tan extrema, sin una desinfección correcta y sin anestesia.

Durante la Segunda Guerra Mundial se usaba mucho la palabra podvig en los países de la Unión Soviética, un término que significa «acción heroica”. Se decía, «gracias a los veteranos por su podvig”, “el podvig del pueblo soviético”. La palabra le gustaba mucho al cine soviético y al Partido. A los soldados, no tanto. Cuando los periodistas preguntaron al general Petrov —artillero de origen ucraniano que perdió ambas manos en la guerra— sobre su podvig, él contestó que eso no existía, que lo que existía era la decisión de no rendirse en las condiciones más duras.

El comandante del regimiento Azov, Denys Prokopenko, dice ahora que los militares de Azovstal cumplieron órdenes y que su prioridad mayor es preservar la vida de los defensores de Mariúpol. Los soldados que han permanecido en Azovstal se han enfrentado a decisiones complicadas. Parte de la 36 brigada de infantería marina —la encabezada por Sergiy Volyna, los defensores de Kiev en los días de su liberación— decidió no entregarse y unirse a los soldados de Azov atrapados en Mariúpol. Cómo confesó la mujer de uno de estos militares, «sabían lo que les esperaba pero Ucrania les necesitaba y no tenían otra opción«. Luego se decidió seguir luchando sin ver la luz durante meses, sin comida, sin medicamentos y sin agua potable. Tras unas negociaciones complicadas con Rusia, se aceptó este lunes la salida de 265 soldados heridos que ahora son prisioneros de guerra en espera del intercambio de rehenes. 

Dmytro es uno de los últimos que resistieron dentro de la acería. Fuera le estaba esperando su madre, que no ha cejado en enviarle mensajes de apoyo porque gracias a personas como él, los militares de Azovstal no son “héroes abstractos”, condenados a morir en silencio, sino personas con caras e historias. 

Dmytro, en un autorretrato dentro de Azovstal
Dmytro, en un autorretrato dentro de Azovstal

Una de estas historias es la de su amiga Valeriya, defensora de la Guardia de Fronteras, que se hizo viral por un video filmado por Dmytro. Valeria y su esposo Andriy, soldado del regimiento Azov, decidieron casarse en la acería y organizaron una pequeña ceremonia el 5 de mayo, el mismo día del aniversario del regimiento Azov. Valeriya prometió a su esposo salir de Azovstal, Andriy el prometió a ella sobrevivir. Tres días después hubo una gran ofensiva rusa y él no pudo cumplir su palabra. “Durante tres días fuiste mi marido legítimo. Y por toda la eternidad eres mi amor”, escribió Valeriya a su marido fallecido como despedida.

Dmytro, al hablar con esta periodista, confiesa no ha dormido durante mucho tiempo. Se le nota el cansancio y le cuesta hablar pero sonríe todo el rato y transmite una rara sensación de tranquilidad y optimismo. «Casi no siento nada, mi organismo está en modo supervivencia, ahorrando energía y obviamente emociones«, decía desde dentro del búnker, pocas horas antes de la salida masiva de soldados en siete autobuses. «Me gustaría sentir más, pero no soy capaz. Lo asumiré fuera de aquí. Ahora las emociones son que hay que sobrevivir. Recuerdo levantarme un día tapado por polvo gris y con sangre en la cabeza. El horror de la pérdida de compañeros, sacándolos de la tierra. Los primeros segundos después de una ataque aéreo lo recordaré siempre. Esas explosiones tienen un olor específico y lo sufrí tres veces».

Casi no siento nada, mi organismo está en modo supervivencia, ahorrando energía y obviamente emociones

Su relato prosigue recordando que vivir en el subsuelo de Azovstal era como el día de la marmota, sin saber si es día o noche. «Solo mi reloj me decía si llegaba a dormir», dice. «Estaba todo el rato en el bunker, solo salían los que defendían las plantas de los ataques rusos». ¿Y el resto del día? «Mi día típico no era como el del resto de mis compañeros. La infantería tenía un día “más brillante”, luchaba todo el rato en máximo riesgo y dormían de dos a tres horas diarias. Yo me acostaba a las 7am y a veces ni siquiera dormía. Lo que hacíamos juntos era comer una vez al día, a las tres de la tarde».

Los civiles escondidos en la acería, cuenta Dmytro, se convirtieron como en miembros de la familia. «Se dieron cuenta de que no somos nazis, que no comemos niños rusos y eso me alegra«, explica. «No matamos a nadie, defendemos nuestra patria. Les intentábamos visitar, darles comida, medicina, información y dar a conocer sus historias para su rescate». Dmytro recuerda también el día que les atacaron con una sustancia química de origen desconocido. «Lo primero que hicimos por la noche fue visitar a los civiles. Nos hicimos amigos de algunos y luego nos escribíamos para saber si estaban a salvo».

«Para mí era una misión importante que todo el mundo supiera de ellos«, enfatiza Dmytro. «Un día que me cobijé en el búnker donde se encuentra nuestro hospital, tras una grabación, bombardearon el centro que estaba lleno de heridos y destruyeron toda la sala de operaciones. Grabar a los militares sacando a sus compañeros, todo ese dolor y horror. Tuve que correr bajo el fuego tras sortear las salidas bloqueadas para poder hacer visible la situación».

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