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Simón García: Valencia, más que una memoria

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Releo el libro Orígenes de Valencia del hermano Nectario María, Impresiona su categórica y reiterada refutación de la versión de Jose Oviedo y Baños publicada en 1723: “podemos asegurar que estos datos son falsos”. Afirma que no es verdad ni el año, ni el dia ni el nombre del fundador señalados por

Pero con trama de novela de misterio solo se sabe ciertamente que se fundó. No hay forma de probarlo porque se extravió la partida de partida de nacimiento que reposó en el Archivo General de Indias hasta 1528, cuando se trasladó al Archivo del Consejo de Estado de Madrid y entregado a José Antonio Hidalgo, curador del Duque de Alba.de Tormes, Carlos Miguel Fitz.

El misterio aumenta cuando se informa que probablemente ese documento se quemó en un incendio en el palacio cardenalicio de Alcalá de Henares en 1939. Pero en el Indice General de los Registros del Consejo de Indias, hecho por León Pinelo en 1608 hay una referencia a que el Licenciado Alonso Arias de Villasinda pobló en 1553 a Valencia. Ahora, ¿poblar era entonces sinónimo de fundar?

Pero hay mayor certeza sobre las causas que movieron a vecinos de Borburata, donde en 1550 habitaban 48 familias, a buscarse otro lugar donde vivir, lo que en ese época no fue una mudanza, sino abandonar un pueblo existente para crear otro que no existía. Así que la primera población de Valencia fue un despoblamiento de Borburata,

Este cambio poblacional de lugar, según el cronista de Indias Juan López de Velasco ocurrió durante 1553. Este primer asentamiento de españoles estuvo conformado por las hijas, yernos y algunos amigos del Capitán Vicente Díaz Pereira, cuyo nuevo hato llegó a ser un gran exportador de cueros para Europa. Su sobrino, Alonso Díaz Moreno resolvió hacer el mismo traslado, pero se asentó en unos terrenos más cercanos al Lago de los Tacariguas. Así que durante algunos momentos la polémica sobre el fundador parecía que no pasaba de dos Díaz.

Los motivos del desplazamiento fueron principalmente económicos: la necesidad de protegerse de los chantajes y las amenazas de destrucción, a veces cumplidas, de los corsarios ingleses y franceses si no se les pagaba para para dejar de hacer sus tropelías. Y el otro, disponer de un territorio más extenso y propicio para criar el numeroso rebaño que poseían y poder sembrar en tierras de mejor calidad.

Pero cualquiera sea la explicación que resuelva la incertidumbre sobre fechas de fundación y fundador, lo trascendente es que entre 1552 y 1558 se produjo el trazado de la primera cuadrícula y la definición de espacios para la iglesia, la sede del poder civil y la plaza mayor, edificaciones a las que se asistía por vida social y para realizar aquellas actividades cívicas necesarias para los negocios o convocadas por las autoridades.

Esa cuadrícula fue el punto de partida del sentimiento de valencianidad como identificación con un lugar geográfico, con un puñado de pobladores, una misma tradición y unos propósitos de compartidos sobre el futuro deseable. .

En ese momento al tronco común proporcionado por el idioma y la religión se añadió una diferencia: poder sentir y decir que pertenecían a un mismo sitio, con un sentido de pertenencia tan fuerte que podía ser mayor que el que albergaban a pueblos y ciudades, donde habían nacido, pero que no habían construido.

Ese sentimiento de orgullo y amor por lo que nace como obra propia, es la piedra fundamental a la que siempre vuelve, modificado por los cambios sociales y culturales de distintas épocas lo que hoy podemos seguir llamando valencianidad, en tiempos proclives al desarraigo por lo que no es global.

La valencianidad es una construcción histórica, cultural, social y política. Es un conjunto de referentes reales, de representaciones subjetivas que proporcionan una identidad que permite una pertenencia diferencial respecto a la de otros lugareños.

En la construcción socio-cultural de esa identidad, influyen procesos históricos. Uno de ellos es la existencia por una élite de blancos criollos frente a la subordinación a la élite de blancos peninsulares. En 1802, Humboltd capta muy bien ese choque cultural: “El más miserable europeo, sin educación y sin cultivo de su entendimiento, se cree superior a los blancos nacidos en el Nuevo Continente (…) Los criollos prefieren que se les llame americanos; y desde la Paz de Versalles y, especialmente, después de 1789 se les oye decir muchas veces con orgullo : “Yo no soy español, soy americano”.

Es el mismo motor emocional que se pone en movimiento para la formación de una élite regional cuya aspiración a la libertad se sostenía en las demandas de descentralización y mayor poder político para los blancos criollos. Esa élite formuló e impulsó desde finales del siglo XVI un modelo de desarrollo económico local y regional.

Un ejemplo de esta consolidación fue el agregado a la élite pueblerina de aquella Valencia donde nació la República de Venezuela, de militares que recibieron tierras por su participación en la lucha de independencia o como compensación por las confiscaciones de las que fueron objeto los patriotas por un Tribunal de Secuestro constituido para tal objetivo por orden de España.

Después de la batalla de Carabobo el Congreso de Bogotá aprobó, en 1824, aprueba una Ley de Haberes Militares para normar ese mecanismo de redistribución social de la riqueza. El ícono de esa movilidad social, en el país y en Valencia, fue Páez que ascendió de peón a General y rico terrateniente, a fuerza de exponer su vida por una causa justa.

Tres elementos que se complementan entre sí, concurren posteriormente a consolidar esa élite de terratenientes y comerciantes en Carabobo, la apelación a una memoria colectiva de talante épico en Valencia, la comprobación de su importancia para el desarrollo económico y la disposición a formular nociones de futuro que sirvan tanto a sus intereses como a los de la ciudad. Todos estos elementos “regresan” y se fusionan temporalmente en la aspiración de cambiar y mejorar el presente o en la justificación ideológica para conservar ese presente tal y como transcurre.

Pero en el conjunto de las relaciones sociales que se entrecruzan en ese ámbito geográfico que definen a Valencia se observan, en cada período histórico, unas representaciones sociales, mecanismos rituales, costumbres, subjetividades y valores que conforman la percepción y expresión sensorial de lo que significa Valencia para cada quien según familia, amistades, maestros, Escuelas, comidas, juegos, diversiones de adultos, árboles, pájaros, frutos, olores e imágenes que vienen a la mente cuando se dice la palabra Valencia.

Así que la Valencianidad, como disfrute y servicio a una ciudad, no es una categoría que se pueda aplicar sólo a una élite. Tampoco es un estrecho regionalismo. Es un sentimiento que está presente en todos los estratos sociales con la apertura que puede ofrecer la tierra donde nació Venezuela.

Y aunque seamos más que memoria, no hay que olvidar que la identidad está hecha fundamentalmente de series de recuerdos individual y culturalmente significativos. De allí la urgencia de desarrollar nuevas líneas de investigación sobre la historia regional. Líneas que nos ayuden a estimular una reflexión útil para Valencia sobre los mensajes de su pasado, las obligaciones del presente y los desafíos de su futuro.

CSTA DEL SOL

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