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Súperbigote vuelve a volar, por Gregorio Salazar

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Ráfagas furiosas de viento y lluvia azotan la Plaza Caracas y comienzan a barrer los toldos de lona donde por estos días ha funcionado una feria de útiles escolares. A un costado, extendida sobre los ventanales de las estructuras rectangulares de las torres del Centro Simón Bolívar, se levanta una gigantografía de Maduro.

El enorme plástico cubre los ventanales de esa edificación rectangular de siete pisos de alto y unos 100 metros de largo. En su superficie, a todo color, Maduro entrelaza las manos en pose piadosa y sonríe en forma plácida. Como diciéndole a los mortales que pululan allá abajo, entre los tubos y los techos de lona, que están —para su fortuna— ante una nueva especie de «héroe del deber cumplido» que los hace objeto de su infinita bondad.

No ha habido un presidente de la república en Venezuela, ni siquiera Chávez en su época de mayor endiosamiento, que haya consumido sumas tan ingentes del presupuesto nacional para multiplicar vacuamente su imagen en vallas, afiches, pancartas, murales de todo tipo y tamaño, piezas audiovisuales y ahora hasta dibujos animados. Todo inútil. El rechazo sigue siendo mayúsculo y monumental.

Desde que fue bendecido por aquella decisión, «plena como la luna llena», no ha habido límite al manirrotismo del régimen para proyectarle a «Súperbigote» una imagen de gran líder nacional. Un derroche insensato, obsceno, una ofensa para el humilde pueblo que en la céntrica explanada escudriña entre los mesones en busca de cuadernos o algún morral de plástico para su hijo.

Qué de revolucionario, qué mínimo de supuesta ética política tendrán esas desorbitadas manifestaciones propagandísticas donde confluyen la adulación del entorno, un forzado culto a la personalidad, una no disimulada impaciencia por imponer a golpe de reales del erario la presencia avasalladora de la mofletuda imagen.

Temor profundo es lo que, a final de cuentas, revela esa conducta de un régimen que, sin solución de continuidad, se ha mantenido en campaña electoral desde el mismísimo 21 de noviembre cuando se realizaron las elecciones regionales y mucho más desde la estrepitosa derrota en la simbólica gobernación de Barinas, tierra natal del caudillo, dos meses más tarde. Esa campanada todavía le retumba en los tímpanos.

El régimen trabaja sin descanso para lo electoral: el operativo de movilización 1 x 10 tomó ahora un cariz asistencialista; la capital de la república, la de mayor número de votantes, recibe la gasolina y el gasoil que los ciudadanos de otros estados consiguen solamente después de suplicio de largas colas; desde su tribuna en VTV el segundo de abordo se encarga de decidir desde ya quiénes no podrán ser candidatos presidenciales y se lanzan mensajes de intoxicación sobre supuestas fechas adelantadas de las elecciones presidenciales. Que la confusión reine de aquí hasta allá.

La tempestad arrecia. La brisa bate la enorme cubierta de plástico contra el edificio de donde cuelga. La levanta y la estrella contra los marcos de concreto. De repente la brisa empuja la fila de toldos. Algunos danzan sobre una de sus patas metálicas, insólitos bailarines a merced de la tormenta, y se desplazan a lo largo de la plaza hasta estrellarse unos con otros dejando un lamentable rastro de la mercancía en venta.

Arriba, la gigantografía se raja en varias partes, de arriba abajo,  sus tiras coloreadas flamean como banderines. «Súperbigote» vuelve a volar, pero esta vez hecho girones de plástico que se elevan sobre la tarde encapotada y lluviosa del centro de Caracas.

Viendo arrastrados por el viento aquellos miles de dólares convertidos en desperdicios sintéticos, se deja oír la voz del pueblo que contempla el espectáculo. «Así será, el día llegará en que se los llevará una ventolera».

Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.

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