Siempre las elecciones en los EE.UU. han sido seguidas con suma atención por el resto del mundo. Hecho que en gran parte se explica por el poderío de los EE.UU., pues de quien sea elegido presidente depende no solo el futuro inmediato de los norteamericanos sino el de muchos habitantes de la tierra.

Pero esta vez el vaso colmó la medida. No se recuerda otra elección en la que ciudadanos de todas las latitudes hubieran alcanzado tanta identificación con uno u otro candidato. El tono lo puso Trump, un candidato-presidente radicalmente mediático. Así, los que estaban por Trump estaban por Trump. Los que estábamos por Biden estábamos en contra de Trump. Fueron, sin duda, elecciones marca Trump y como tal serán recordadas.

Quién lo iba a pensar, ese día de noviembre, sin necesidad de vivir en los EE.UU, los no norteamericanos nos convertimos todos en republicanos o demócratas.

Había muchas cosas que estaban en juego. Para la mayoría de los partidos y gobiernos europeos las inclinaciones hacia Biden eran claras. Trump aparecía como destructor de la alianza atlántica (militar y política), como quien permitía las pretensiones del Kremlin, como nacionalista acérrimo, como enemigo mortal de la UE, de los acuerdos climáticos, de las libertades de género, de la sociedad multicultural y de muchas otras cosas que forman parte del acervo de la Europa democrática de nuestros días.

En América Latina, en cambio, Trump era para muchos el hombre que iba a poner fin, aun al precio de la violencia, a los regímenes antidemocráticos de Cuba, Nicaragua y Venezuela. El inventor de una Nueva Guerra Fría en contra de un (neo) comunismo formado por progres, feministas, ecologistas, veganos, animalistas. El hércules que nos iba a salvar de los chinos y de los saqueadores castristas y chavistas. El redentor de la autoridad, el poder y la fuerza en contra de las costumbres disolutas. El defensor de la familia, de la propiedad y de la patria.

Pero Trump, a su vez, se había apropiado de otra dimensión a la que los latinoamericanos son muy sensibles. Trump, y eso es lo que no se ha dicho con suficiencia, aparecía —tanto en el mal como en el buen sentido del término— como un revolucionario. Seguido por masas, representando a intereses empresariales y laborales, portando una visión de mundo cuyos perfiles tomaron claros contornos durante su campaña. Para decirlo en pocas palabras: Trump era el candidato mundial del homo faber. Opinión, imagino, para muchos intempestiva. Por lo mismo, deberá ser explicada.

¿Quién es el homo faber? A diferencias del Homo sapiens —un concepto netamente antropológico usado para designar la transformación del homínido en ser humano— el concepto de homo faber posee nítidos perfiles sociológicos. En cierto modo es una derivación del Homo sapiens.

El faber es el hacedor, el que trabaja más con sus manos que con el cerebro, el que se siente a sus anchas en el mundo de la técnica y de la tecnología, el productor, el empresario y el proletario.

Así nos lo describió Max Scheler en su escrito Die Stellung des Menchen in Cosmos. Noción que después hizo suya Hannah Arendt continuando la crítica a la técnica iniciada por Martin Heidegger.

De acuerdo con Arendt (Vita Activa) el homo faber provino de la esclavitud griega como contraposición al ser poético, cultural y filosófico. Visto así, la democracia griega no era sino la dictadura de los filósofos y de los políticos ejercida sobre una masa de trabajadores esclavizados quienes, al serlo, no podían ser miembros de la polis. Estos últimos eran los idiotas, palabra que en sentido originario aludía a seres cuya actividad fundamental no pasaba por el pensamiento y, por lo mismo, debían ser mantenidos alejados de las decisiones de la polis.

Desde una perspectiva histórica-antropológica el homo faber fue en sus orígenes el Homo sapiens por antonomasia. El homo ludens –el ser que juega con las ideas, con la fantasía y con la imaginación, el que designa a los artistas, a los pensadores de oficio, y a tantas otras actividades no fabriles– apareció después. Probablemente cuando tuvieron lugar los primeros excedentes de producción.

De más está decir que la idea madre de todas las ideologías igualitarias, anarquistas y comunistas de los siglos XVIII y XIX partía de la premisa de que una de las tareas pendientes de la historia era devolver el poder arrebatado a los verdaderos creadores de la riqueza: los trabajadores, manufactureros primero, industriales después.

Pero la dignificación del trabajo tiene, como muchas cosas de este mundo, un origen más religioso que político. Sus primeros antecedentes los encontramos en la reforma religiosa europea. Tanto Lutero como Calvino consideraban al trabajo no solo como actividad destinada al sustento sino como un medio de salvación, una vía de redención, un camino hacia el cielo. La ética protestante (recordemos a Max Weber) estaba basada en el trabajo bien realizado, hecho a conciencia, con puntualidad y esmero. Esa fue la ética precursora de las teorías socialistas, observación que debemos al historiador Ernest Gellner en su libro Plough, Sword and Book (1988). Los socialistas, sobre todo Marx y Engels —opina Gellner— continuaron la lógica de Lutero y Calvino: a la dignificación del trabajo debería seguir la dignificación del trabajador.

El proletariado, es decir, los trabajadores de la sociedad industrial, no deberían conformarse con su redención en el más allá, sino también en el más acá. Más aún, la redención del homo faber traería consigo la redención de toda la humanidad.

Marx, hegeliano y por lo mismo dialéctico, no postuló la eliminación (negación) del homo ludens sino su integración en el homo faber (proletariado). Una especie de hombre nuevo. Uno que, en una de sus arrancadas utópicas, describió como “cazador durante la mañana, pescador durante la tarde, crítico o poeta después de cenar” (Deutsche Ideologie)

Hannah Arendt, en cambio, fiel al principio de realidad, no cayó en tentaciones prometeicas. Su libro Vita Activa muestra, de modo más bien descriptivo, las tendencias que llevan a imponer la hegemonía de la ciencia y de la técnica, vale decir, las ideologías del “animal laborans” (sic) u homo faber. Para Arendt, así como para Heidegger, un mundo subordinado a la técnica y a la ciencia ponía en peligro la libre expansión del espíritu. Contra esa posibilidad deberíamos defendernos, dentro y fuera de nosotros, postulado que hizo suyo en modo sociológico Jürgen Habermas cuando estableció la dicotomía entre el espacio de la razón instrumental y el del mundo de la vida. Una dicotomía que librada a sí misma podría ser brutalmente destructiva y que solo podía ser resuelta, no por una relación comunicativa que nadie sabe de dónde viene, como postula Habermas, sino por la apertura de un tercer espacio. Ese es, para Hannah Arendt, el espacio de la política. El locus de la confrontación y del debate, de la palabra y no de la guerra.

Desde la sociedad preindustrial hasta nuestros días, homo faber y homo ludens han vivido en una coexistencia no siempre pacífica. Para los representantes del homo faber un problema complicado, pues para imponer su modo de ser al conjunto social necesitaba de la ayuda de la cultura, de los artistas e intelectuales y, no por último, de los productores de ideas e ideologías.

Tanto Hitler como Stalin, ambos hijos del orden industrialista, intentaron rodearse de representantes de la humanidad ludens, pero siempre y cuando estuviera sometida a la autoridad faber.

En los países europeos y en los EE. UU, gracias a los excedentes de producción emergidos en los siglos XIX y XX, los miembros del grupo ludens lograron alcanzar un grado de independencia y autonomía que impregnó a la política, apareciendo así algunos políticos que no solo representaban intereses sino también ideas, ideales y, por supuesto, ideologías. Tan grande llegó a ser el poder adquirido por los intelectuales que Simone de Beauvoir terminó llamándolos “los mandarines” en su novela (la mejor) que lleva el mismo nombre.

Los maestros pensadores no podían prescindir del dinero ni los dueños del dinero de los maestros pensadores. Dos grupos que, detestándose, estaban condenados a vivir juntos en el seno de toda sociedad moderna, como lo demuestra de modo acucioso Orlando Figes en su magistral libro Los Europeos. Si se quiere, una relación de odio-amor.

Y bien, Donald Trump ha terminado por convertirse en el líder universal del homo faber y no solo en los EE.UU. Su núcleo duro está formado por sectores laborales y empresariales del país profundo: religioso, patriota, familiarista, machista (incluyendo a las damas) y blanco y, aun siendo urbano, con netas tradiciones rurales. Diferentes entre sí, están unidos por su aversión a todo lo que parezca intelectualidad.

Eso no quiere decir —entiéndase— que los republicanos sean todos empresarios y trabajadores manuales y los demócratas miembros del mundo cultural. Muchos grandes empresarios y obreros votan por los demócratas y lo seguirán haciendo. Pero para nadie es un misterio que la enorme mayoría de las personas que actúan en el ámbito universitario, en la enseñanza, en las artes, en las letras, en la cultura en general, votaron en contra de Trump.

A la vez, y aún menos misterioso, es que Trump y su séquito no disimulan su aversión hacia los representantes del pensamiento y de la cultura. En ciertos modo son sus enemigos existenciales: seres que no producen ganancias, que corroen las instituciones familiares, que propagan un libertinaje ideológico y sexual, que se ocupan de materias poco rentables como la igualdad de género, que se aprobleman por el cambio climático y por las pandemias.

Por cierto, la contradicción entre el faber y el ludens no es segmentaria. En el fondo todos somos algo faber y algo ludens, unos más, otros menos. Pero Trump y los trumpistas —y ese es el problema— son representantes radicales del homo faber. Y justamente ese radicalismo los acerca a las ideologías totalitarias del pasado reciente, pues en su aversión a lo que ellos llaman “el stablishment” —vale decir, a todos quienes no acepten la hegemonía de la racionalidad instrumental que se deriva de un pensamiento profundamente economicista— subyace un matiz totalitario.

Solo un homo faber “puro” como Trump puede retirar fondos de la Organización Mundial de la Salud en plena pandemia, considerar el Acuerdo de París acerca del cambio climático como irrelevante (no rentable) y afirmar que durante su mandato no habrá cuarentena si esta se traduce en una baja de la productividad. Solo un homo faber completo como Trump puede aplicar sin piedad la lógica de la razón instrumental (todos los medios que llevan al éxito son buenos) y desprestigiar instituciones centenarias de su país en aras de obtener, aunque sea con malas artes, un triunfo electoral.

Como si fuera paradoja, al intentar Trump situar a EE UU como enemigo fundamental de China, ha terminado por adoptar el modelo mental que propaga el comité central del PC chino a la población: la total predominancia del homo faber. En ese punto, tanto el trumpismo como los gerentes del PC chino conciben a sus naciones como grandes empresas económicas.

El que sustentan ambos es un nacionalismo, sin duda, pero un nacionalismo puramente económico. La diferencia con China es que en los EE UU quienes no siguen el dictado del homo faber están políticamente organizados.

Reiterando: ni el faber ni el ludens, ambos hijos del Homo sapiens, son enemigos naturales. Tampoco son dos especies o razas humanas. Son, si se quiere, predominancias culturales al interior de grupos y personas. Hecho que demuestra cómo lo político no se explica de por sí o con exclusión de sus interferencias no políticas, entre ellas, las culturales. Pues tanto el faber como el ludens son entes insustituibles de la modernidad tardía.

Nadie puede exigir que los empresarios escriban poemas ni que los poetas funden bancos o empresas. Cada uno en lo suyo y con los suyos, pero a la vez comunicados todos en un espacio común: El espacio luminoso de lo público, en las palabras de Arendt. Ese espacio donde, conviviendo con nuestros adversarios, intentamos reglar acuerdos y desacuerdos, debatiendo y actuando a través de los representantes que con el voto elegimos.

Sin ese espacio luminoso, el de la política —lugar de encuentro y desencuentro del homo faber con el homo ludens— la vida sería un infierno. Sin el imperio de la política, por muy precario que sea, o estaríamos sometidos a la dictadura de los reyes filósofos de Platón o a la de los gerentes estatales o privados de Xi Jinping y de Trump.

 

Fernando Mires es (Prof. Dr.) Fundador de la revista POLIS, Escritor, político con incursiones en literatura, filosofía y fútbol.

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