El objetivo ha sido alcanzado con creces. Ya el régimen y la diminuta cúpula que lo rodea, la que todo decide y a la que nada le falta, a la que no perturba ni la hambruna ni las muertes de venezolanos en altamar, cuenta con una Asamblea Nacional totalmente a su mandar para continuar su obra de copar hasta el más recóndito espacio de poder en Venezuela.

No importa que cada siete de diez venezolanos no haya querido saber nada de ese pretendido proceso electoral. Y mucho menos que el “logro” no aporte un ápice a la reinstitucionalización del país ni vaya a tener reconocimiento internacional. Lo primero forma parte del esquema de sojuzgamiento. En lo segundo les basta que los reconozcan los socios a los que han abierto una privilegiada cabeza de playa en el continente para retar a los EEUU y, tal vez, negociar uno que otro escombro de la industria nacional.

Tiene, pues, Maduro su parlamento tamaño bonsái. Con sus diputaditos, su mesita directiva y sus comisioncitas y una sabana sin tranqueros para imponer por la “vía legislativa”, por ejemplo, la ambiciosa geometría de poder comunal que no se atrevió a presentar en un proyecto de constitución llevado a referéndum. Ni con el ventajismo obsceno actual multiplicado por siete hubiera pasado la prueba, tal es la orfandad en sus bases.

 

 

Lo acompañará en ese remedo de parlamento una exigua representación no chavista a la que lamentablemente le tocará cumplir el papel de la rémora que va adherida al tiburón: nadará con él, comerá de sus sobras pero nada puede hacer por incidir en el rumbo perverso de este voraz escualo rojo.

Obtener 24 de los 253 escaños en disputa no da ni para sugerir un punto en el orden del día. Pintados como un grafiti en las paredes del hemiciclo.

Sin negar que no todas esas fuerzas puedan tildarse de corruptas o colaboracionistas, lamentablemente para ellas también quedaron cobijadas por el signo de la «Operación Alacrán»: venta y traición. Y así los percibió el grueso de una población, hoy para su desgracia, totalmente descreída de la vía del voto, lo que es igual a anular el poder de un inmenso caudal electoral.

Para no perderlo todo, digamos que el despliegue ventajista del régimen ha servido para que la comunidad internacional perciba con mayor nitidez todas las maniobras que conforman el andamiaje del ventajismo electoral, del cual constituyen piezas clave la criminalización y la hegemonía comunicacional. ¿Cómo se desmontarán esos avasallantes bastiones para la ruta pacífica y comicial?

También ha quedado evidenciado el alarmante grado en el que el chavismo logró avanzar hacia el modelo cubano del partido único. No estará en la Constitución, pero así ha comenzado a operar: siete partidos cambiaron de manos en apenas 35 días mediante intervenciones “exprés” de novísima invención por Nicolás Maduro y su entorno. Y ahora quienes se prestaron para esa degollina han quedado, con las siglas sí, pero estampados en la pared.

Frente a ese cuadro que devastaría al optimismo más delirante, está la oposición encabezada todavía por Juan Guaidó. También esgrimiendo su millonaria cifra de apoyo popular emanada de la Consulta Popular. Una respuesta obligada, importante, necesaria en la vía de darle basamento a su interinato, y a la que la ciudadanía respondió en buena medida, si nos atuviéramos a los muestreos visuales.

Las otras dos cabezas visibles de la oposición, Capriles y Machado, exigen a Guaidó que se haga a un lado. La primera atrapada en el realismo mágico (Eliot Abraham dixit) de la intervención militar extranjera y en posición irreconciliable con todo lo electoral y “cohabitacional”.

El exgobernador, por su lado, ganado para empujar lo electoral pero a contracorriente del sentir de una mayoría a la que en los dos últimos años solo se le vendió la salida exprés. Sin embargo, hoy está más cerca de Guaidó si tomamos en cuenta que el jefe político de este, Leopoldo López, también ha hablado de elecciones. No dice para cuándo, pero algo es algo.

Elecciones regionales, revocatorio y presidenciales, quiérase o no, es territorio desértico pero real, que se abre ante la oposición y hacia el que algún día reencaminará su pasos.

Para que esta nota no termine como un compendio de pesimismo (sorry, no nos lo propusimos) diremos que al aludido tiburón rojo la falta de apoyo popular y la devastación económica lo mantienen no en mar abierto, sino encerrado en una pecera. Si esas dos condiciones son capaces de romperle los cristales lo veremos con la branquias secas y rabeando en el piso su agonía.

Gregorio Salazar es Periodista. Exsecretario general del SNTP.

TAL CUAL

 

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