La política es participación. Exige asumir un proyecto de país que armonice intereses y unifique las luchas de muchos. Hacer buena la virtud de asegurar amigos y reducir adversarios.

En el territorio opositor la competencia debe situarse en sumar fuerzas para enfrentar el plan autocrático, promover entendimientos amplios y escoger las formas de lucha más eficaces. Hay que bajarle el telón a las expectativas fantasiosas, desechar los atajos insurreccionales y enfrentar la violencia de Estado con una estrategia transicional que se adecúe a los cambios en la correlación interna de fuerzas y en las variaciones de una comunidad internacional firme con la causa de la democracia.

La superación de la fragmentación y debilidad de la oposición reclama un espacio de debate con reglas que aseguren la tolerancia y se concentren en iniciativa para encarar las crisis que desmejoran la vida de los venezolanos. La política no es una burbuja para escenificar una ficticia lucha por el poder.

Un primer paso es promover ese debate dentro de las organizaciones y en los espacios públicos, aplicando una metodología democrática. La inclusión debe desplazar a la imposición de hegemonías, el pluralismo al rechazo del pensamiento diferente, la racionalidad a las emociones negativas y el argumento a las descalificaciones.

Ese giro está emergiendo en movimientos regionales al margen de los partidos. También se comienza a percibir, con menor nitidez, en el magullado y contrastado conjunto de partidos que son formalmente opositores.

Las coaliciones partidistas enfrentadas a sus escasos logros, al agotamiento de estrategias y al crecimiento de la población que se coloca al margen de ellas, están obligadas a retornar a lo social. Ese viraje debe estar presidido por un pensamiento democrático y un retorno a la lucha social, a la construcción de resistencia a la autocracia y a la rehabilitación del poder del voto.

 

 

El 6 y el 12 mostramos, al margen de la fundamentación de cada posición, que si operamos fragmentariamente seremos derrotados por partes. Ninguna de las dos propuestas lucieron como alternativas a la expansión y prolongación del autoritarismo. Ambas incrementaron algo más la suma de vulnerabilidades de las partes y del conjunto.

¿Después de estos eventos, puede mantenerse como dilema el votar o abstenerse en la elección de gobernadores y alcaldes? Ese proceso nos brinda la oportunidad de ensayar una relación de respeto a la autonomía de las organizaciones sociales y de manejar su independencia como una fuente del fortalecimiento de los partidos.

Nos permite también abordar sin dogmas ni prejuicios el análisis de las condiciones internas (aquellas que dependen de nosotros) y externas (aquellas que limiten el abuso del poder) como realidades a alterar.

El debate sobre las condiciones externas no nos dispensa de luchar por la pervivencia de la cultura democrática ni de retomar ese largo camino por la sociedad y las instituciones que es necesario para detener la transición del autoritarismo al totalitarismo.

Es posible transformar el mayoritario descontento nacional en rechazos regionales al fracaso de las gestiones oficialistas de gobierno y presentar ofertas viables de cambios regionales, pese al asedio del centralismo burocrático de Maduro.

El gobierno se comportará como una autocracia, nosotros debemos asumir el valor de la democracia y del voto. Ese es uno de los contenidos del debate.

Simón García es Analista Político. Cofundador del MAS.

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