La tensa calma que se mantenía en el país desde la declaratoria del Estado de Alarma por parte del Ejecutivo en función de la expansión del covid-19 en el país se ha visto trastocada los últimos días por numerosas protestas en diversos estados del país ante la inmensas precariedades que viven los venezolanos.

La dura realidad que hemos palpado en nuestros constantes recorridos por todas las latitudes de la geografía nacional han prendido la llama que de inmediato han intentado apagar con represión desde el poder central.

Venezuela atraviesa la más difícil crisis de toda su vida republicana y así lo evidencian nuestros ciudadanos en la calle exigiendo los servicios más básicos: Agua, luz, gasolina, gas. También han salido, pese al confinamiento impuesto, en contra de la carestía de la vida, de los hospitales sin insumos y muchísimas otras penurias.

 

 

La realidad es que ha sido un pueblo duramente golpeado, engañado y hoy desamparado. Gente que creyó en un proceso de reivindicaciones que nunca llegaron y al que le prometieron cambios de gobierno que tampoco terminan de palpar.

Mientras esto ocurre y tirios y troyanos se enfrascan en diatribas políticas estériles, nuestro colaboradores de Mérida, Anzoátegui o el extremo más alejado de Amazonas, nos relatan que solo saben que su nevera sigue vacía.

Se trata de una lucha justa, pacífica y democrática, consagrada en nuestra carta magna. Por ello, alertamos que nuestra gente no debe ser doble víctima de un desgobierno que no garantiza lo más básico y que reprime cuando el pueblo alza su voz. Lo hemos recorrido en cada caserío que visitamos, en cada pueblo, en cada ciudad: El hastío es el denominador común. Ya basta que los venezolanos sigan atrapados, a la espera de respuestas que nadie brinda. No podemos seguir con un pueblo desamparado.

TAL CUAL

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