Venezuela está urgida de una profunda renovación en la forma de hacer política, para que puedan surgir jóvenes con nuevas ideas, que le den otra visión u otro giro a las instituciones con fines políticos. ¿Hasta cuándo los antiguos adalides deciden el destino de nuestro pueblo?

No es una antipatía gratuita hacía los partidos políticos, es que el pueblo está padeciendo una especie de alergia que los partidos le producen, pues ya ese pueblo paciente está cansado de depositar sus esperanzas en ellos y se ven defraudados una y otra vez. Esto no pretende ser una crítica destructiva ni un señalamiento, es cuestión de que reflexionen sinceramente, para mejorar, que abran sus espacios hacia las nuevas generaciones y hagan una renovación de ideales y, especialmente, de métodos.

En los partidos hay élites aferradas a la dirección, que no obtienen como consecuencia de su alta eficiencia sino de sus viejos manejos turbios.

Hay que dar oportunidad a otros para que con sus conocimientos hagan la reingeniería que tanto necesita el país. Mientras, seguimos esperando un futuro mejor, construir y renovar, pero estamos dirigidos por medio de hilos tendidos en prácticas oscuras.

Hasta cuándo quítate tú pa’ pone’me yo, hasta cuándo se reparten los cargos a puertas cerradas, hasta cuándo una minoría decide qué es lo mejor para el pueblo. Es hora de hacer una verdadera revolución, no de colores ni de frases imperativas, no de la boca hacia afuera. Debe gestarse una revolución, esta sí que permita llegar a todos, que sea responsable, equitativa y justa. Hasta el presente hemos sido, tanto de una tendencia como de la otra, unos tontos reproductores de las viejas prácticas políticas.

Hay que hacer una exhaustiva revisión de los secretarios generales estadales y municipales de todos los partidos, pues se convirtieron en envalentonados sargentos, señores feudales que defienden más sus interese personales que la filosofía de sus partidos. Es incongruente que estos supuestos líderes, en vez de pelear por el bienestar del colectivo, lo que hacen es luchar entre ellos por arrebatarse algún cargo, ¿y el pueblo?

 

 

Estamos a pocos meses de los comicios y la atmósfera es tensa y turbia, ¿quién la genera? ¿El pueblo o los responsables de los partidos?

Sin duda, la generan los personajes políticos, simplemente porque su persovisión está orientada hacia sus logros personales. No es un secreto que la cosmovisión que deben tener los partidos hacia las bases cada día está más alejada del fin primordial. Entonces, el rumbo lo debe dirigir la sociedad civil, a ver si se produce el verdadero cambio que tanto anhelamos.

Ciertamente que en nuestro régimen electoral los partidos, en gran parte, sustituyen a los ciudadanos como la unidad constituyente y que «las tarjetas» son muy importantes. Las tarjetas son un requisito para poder inscribir una candidatura con alguna posibilidad de éxito, de acuerdo a las exigencias del órgano rector (CNE).

Entonces, el problema no son los partidos políticos ni las tarjetas sino quienes llevan la dirección de esas instituciones, quienes se sienten con superioridad frente al pueblo. En función a ello atropellan y se convierten en jueces que deciden quiénes van y quiénes no. Qué absurdo.

El descaro más grande es que detrás de sus muy renombrados partidos solo militan ellos nada más. ¿Hasta cuándo seguir permitiendo esta antigua política de cotos cerrados?

Han venido surgiendo en el transcurrir del tiempo nuevas instituciones políticas con nuevos aires, quizá como rechazo a las estrategias y forma de proceder de los partidos. En su mayoría están integradas por civiles que han salido de su zona de confort, en busca de soluciones que nos permitan salir del atolladero. Esto está sucediendo porque el pueblo está requiriendo una nueva forma de hacer política.

Es la hora de darle una lección a los partidos tradicionales, de rígidas estructuras, fosilizados, que andan encasillados en la vieja teoría política. Es la hora del pueblo de (evaluar y) escoger sus representantes como ciudadanos hábiles y no como fichas políticas, no por una tarjeta o un color sino por la capacidad que tengan estos para gerenciar y solucionar nuestros problemas.

Brindemos un voto de confianza a las instituciones políticas nacientes que nos presentan un nuevo panorama, que tal vez no tienen vicios y en donde hay rostros y caras nuevas. Es hora de que renovemos, o si no, seguiremos arando en el mar.

Yo, soy pueblo.

Rafael Antonio Sanabria Martínez es profesor. Cronista de El Consejo (Aragua).

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