El plan del gobierno es parar el voto castigo y lograr que la oposición se aplique dócilmente una cuarentena electoral. Maduro saca de su caja de trucos actos de provocación, declaraciones indignantes, ventajismos, ilegalidades para restarle votos a la oposición.

Las herramientas autocráticas de control de la sociedad no cesan de aprovechar, hambre y pandemia, para la despolitización masiva, bloquear el descontento, castigar las protestas, intimidar disidentes o sofocar el rechazo a las políticas de empobrecimiento deliberado que buscan doblegar a un pueblo con la mano visible del Estado.

La oposición está débil, fragmentada y desconectada de los sufrimientos y problemas que atan a la población a sus necesidades. La oposición hegemónica insiste, inexplicablemente, en actuar estratégicamente contra sus intereses.

La debilidad opositora y la pérdida de condiciones favorables para la lucha, no sólo producto del acoso gubernamental, provienen de una estrategia insurreccional, cuyo fracaso ahonda las derrotas. El mensaje apela cada vez más a amenazar con los EEUU, porque cada vez menos tiene capacidad de movilización interna y cómo hacer realidad sus objetivos.

 

 

Líderes y partidos importantes piden no participar en un proceso electoral aludiendo causas similares a las que existían en procesos en los cuales votaron antes. Alargan la lista de exigencias sobre las condiciones electorales, conociendo que una dictadura no las permitirá todas, para no ir a votar contra Maduro y terminar de sacar a la dirección opositora fuera del territorio nacional. La continuidad administrativa es el puente hacia un desolado gobierno en el exilio.

Los intereses entre quienes han decido votar y los que han decidido no hacerlo, no son contrapuestos ni excluyentes. Son dos tácticas en el seno de la oposición, cuyas diferencias pueden licuarse si efectivamente se entremezclan con determinados objetivos comunes. Lo nocivo es sustituir el argumento por el insulto y practicar la cultura que criminaliza diversidad de visiones y pluralidad de intereses. La disidencia es un componente de la democracia.

La construcción de unidad solo es posible si hay consensos estratégicos. Si persisten tres estrategias en la oposición, ella inevitablemente se dividirá y cada parte se empeñará en demostrar, de palabra y obra, su verdad. Pero, si ninguna puede aportar pruebas de sus logros es momento de mover seguridades y cambiar de incertidumbres. La unidad no debe ser un espejismo para manipular esperanzas.

Las parlamentarias contienen dos batallas sumergidas en dificultades que la oposición tiene que remontar. Una es lograr lo imposible: que cada parte se preserve a si misma para fortalecerse en conjunto, afirmar un discurso común, volver a mirar dentro del país y hacia la gente, plantear la elección como un desafío de todo un pueblo a la dominación de la cúpula madurista.

El voto es rebeldía, atrevimiento y confianza en la fuerza propia. La otra batalla, ceder posiciones particulares para derrotar al régimen, porque en la lucha cuerpo a cuerpo por los votos es posible y necesario ganar.

La clave para ordenar estas dos batallas es un acuerdo entre dirigentes partidistas y nuevos sujetos sociales no partidistas. Crear un equipo de conducción de las luchas, mitad políticos profesionales y mitad civiles outsider. Esta es la forma de mejorar condiciones internas, más importantes que las electorales.

La ceguera política es antigua. Hay testimonios magistrales para combatirla, desde tiempos anteriores a nuestra era. Demóstenes, nos legó en sus Filípicas, un modo inteligente de hacerlo. Entonces formuló un aviso que nos conviene seguir: “…la hora de la acción la pasamos preparándonos y las oportunidades no están a la espera de nuestra lentitud y de nuestros subterfugios”.

TAL CUAL

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