Escribo semanalmente en dos medios emergentes, TalCual quien lleva nítidamente en la piel la marca de Teodoro, su lamentablemente fallecido fundador –ahora dirigido en forma proba y digna por Xabier Coscojuela– y casi simultáneamente en la Agencia de Noticias Punto de Corte, dirigida por Nicmer Evans, político y periodista de admirable tenacidad. También envío columnas a dos importantes medios internacionales, Firmas, coordinado por Carlos Alberto Montaner y Letras Libres, del notable historiador mexicano Enrique Krause.

De modo que el oficio me impone elaborar doce artículos mensuales procurando no repetirme ni descuidar la calidad. Es una pesada carga intelectual a la que debo añadir una intensa correspondencia por las redes y las exigencias afectivas de mi vasta y “Sagrada Familia”, para valerme del nombre de una de las grandes obras de Antonio Gaudí.

El punto es que –no obstante mi progresivo alejamiento de la noble ciencia y arte de la Política– la vida me obliga a seguir trabajando en Mis Memorias y llevar adelante mi auto prometida revisión crítica de la Literatura Hispanoamericana, actualización muy importante que de ociosa no tiene nada.

¡Claro que tal vez no pueda cumplir en su totalidad semejantes deberes, pero cada promesa que he de sacrificar será como amputarme un dedo!

En lo que llevo escrito he aludido a ese importante caudal de palabras vertidas en medios gráficos e importantes con el fin de hacer notar que en ninguna de ellas encontrarán ustedes alusión alguna a la furiosa –y más bien peligrosa– confrontación presidencial entre Donald Trump y Joe Biden que ha venido arrastrando a sectores de la política venezolana y continental, plagándola de obsesiones absurdas cada vez más alejadas de la realidad y más cercanas a la locura. Y en esa posición seguiré, salvo la mención que hago líneas infra y que, sin pensarlo, se han convertido en la nuez de esta columna.

Consideración que hago de seguidas, la que por cierto me condujo a cambiarle el título a la presente columna. La danza de cifras y mapas saltando unos sobre otros me había conducido, sin pruebas, a la sensación, que no a la convicción, de que para el presidente norteamericano, Biden podría estar acercándose al triunfo, por lo visto parece inaceptable para el duro temperamento de Trump.

 

 

Pura conjetura de mi parte, pero en mis recuerdos se agitaba lo ocurrido en las elecciones venezolanas de 1968. Se batían severamente Rafael Caldera por Copei y Gonzalo Barrios por AD. El partido de Rómulo y Barrios acababa de sufrir la división más profunda de su historia. Luis Beltrán Prieto se declaró víctima de un fraude interno, que –en su opinión– le arrebató la candidatura del partido blanco y se la entregó a Gonzalo. La división de AD fue incontenible, factor que multiplicó las posibilidades de victoria de Caldera.

Aun así, la campaña fue intensa y el resultado extremadamente cerrado. Los adecos, con su estupendo liderazgo en todo el país, pelearon en dos frentes de guerra: en la esquina izquierda el Movimiento Electoral del Pueblo, con su abanderado de lujo y el notable aporte de Paz Galarraga, caudillo en Zulia, la más grande de las circunscripciones electorales de Venezuela; y en la esquina derecha Copei, cuyo candidato, el batallador e ilustre Rafael Caldera, figuraba en la cima de sus posibilidades electorales. Fue una batalla de colosos. Pese a las duras heridas soportadas, el partido de Betancourt peleó como los buenos, mientras que los copeyanos lo dieron todo para no desaprovechar aquella oportunidad única.

A diferencia de la forma de responder en 2020 de los abanderados de la más poderosa de las naciones del planeta, el del partido de una nación pequeña en proceso de levantarse del subdesarrollo, había resuelto en 1968 una crisis institucional muy parecida a la que se acaba de presentar en EEUU, con la más oportuna, civilizada y pedagógica declaración que al menos yo pueda recordar: ‘Al gobierno (el suyo, por cierto) más le vale una derrota cuestionada que una victoria discutida’.

La admisión de Barrios, favorable a Caldera, aunque él compartiera que AD había ganado, sacó al partido blanco del mando pero con la moral por el cielo, que le permitió su merecido “We will come back” con Carlos Andrés Pérez al frente. En algo debió influir la estupenda declaración de Barrios para hacer posible el impresionante regreso de su partido al poder, bajo la dirección de Carlos Andrés Pérez, auténtico McArthur venezolano de aquella sorprendente recuperación de un movimiento tres veces dividido y expulsado del mando en una derrota cuestionable que resultó más moralizadora y estimulante que una victoria discutida.

Américo Martín es Abogado y Escritor.

TAL CUAL

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