La gente comienza a pensar en ir a votar. Esa disposición requiere hechos que afirmen esperanzas. Son los que se espera generar con nuevas decisiones en el CNE.

El cambio de actitud muestra una interesante inversión de la relación convencional partidos-ciudadanos, porque surge de la gente hacia los partidos. La presión que crece, emana de la base militante hacia sus direcciones nacionales y no al revés.

Sorpresivamente, aparece una rendija para otra negociación gobierno-oposición. Esta vez las coaliciones que hacen mayoría en la oposición coinciden, al margen de quién ayudó a quitarle el candado al diálogo. La oposición debe abandonar las exclusiones por decreto.

Otro rasgo alentador es que la oposición política que está defendiendo su derecho a competir electoralmente para ganar el poder, se aproxima a la oposición social que está defendiendo su derecho a vivir. Aun imperfectamente, se acentúa la prioridad de contener los destrozos que la crisis de gobernabilidad ocasiona a millones de hogares que buscan desesperadamente sobrevivir una semana más.

El gobierno solo no puede solucionar los problemas —grandes o pequeños— de la crisis porque está desbordado. Tampoco una oposición que se deja influir por el maximalismo, las redes sociales o por poner delante su hegemonía, es útil para volver a recuperar prestigio y rescatar credibilidad en el 90% de los ciudadanos a los que se les arrancó su fe en la democracia y en el voto. Para ellos, vencer el hambre y vacunarse es importante.

La gente inventa su sobrevivencia, en un innovador despliegue de soluciones micro. Puede ser que la macroeconomía mande cuando la gente puede esperar a establecer sus equilibrios. Pero en una crisis de destrucción global del país hay que concentrarse en un proyecto de reanimación de los sectores donde se puedan producir logros mejores, más sustentables, socialmente útiles en el menor tiempo, con la mayor eficacia posible. Esa es la base para la irrupción de los nuevos empresarios como sujetos no partidistas de cambio.

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El objetivo superior de todo venezolano es lograr un consenso entre élites políticas, militares, empresariales, laborales, culturales y del conocimiento para crear una nueva conciencia cívica, revertir la crisis y reconstruir condiciones de bienestar desde distintos ámbitos sociales, ciudadanos e institucionales. No tendremos país habitable manteniendo el modelo actual o intentando repetir el de los tiempos felices que se fueron con el agotamiento del pacto de Puntofijo.

Ese consenso de élites debe asumir la negociación y el acuerdo entre visiones diferentes de justicia social, vigencia del mercado y democracia radical. Sin entendimiento con el chavismo en el poder no hay posibilidad de realizar esos objetivos con paz, estabilidad y unidad de los venezolanos.

Dada la actual relación de fuerzas, el gobierno está en capacidad de imponer los límites de ese acuerdo y la oposición en el deber de ensancharlos con la ayuda de la comunidad internacional. No se avanzará con condiciones submínimas para la participación de la oposición ni sustituyendo el cese a la usurpación por la exigencia de una elección presidencial ya. Hay que abrir el juego, porque votar debilita al régimen.

Hay una oposición muy precaria, pero la hay. Estamos divididos, pero podemos aproximarnos en unos temas y unirnos en otros. Tenemos la posibilidad de elegir entre democracia y autoritarismo y de contribuir a unir a los venezolanos y recomponer nuestras fuerzas.

Simón García es analista político. Cofundador del MAS.

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