Un grupo de venezolanos a quienes agradezco su esfuerzo por proponer alternativas políticas a la oposición en esta trágica hora de nuestra historia, ha puesto en circulación un documento cuya síntesis está expresada en el título de este artículo. Comienzan por decir que ha comenzado en Venezuela una “nueva etapa de lucha democrática”. Aprecio que a partir de la misma introducción surgen un conjunto de contradicciones que marcan la totalidad del documento. Explican parte de las razones por las cuales no se logró producir el cambio político, pero al mismo tiempo dicen que se requiere de “una explicación por parte de sus dirigentes”, acerca de por qué no se logró. Siguen cuatro segmentos, sobre los cuales quisiera opinar brevemente.

El punto 1 dice: “El cambio político en Venezuela no será producto de un milagro sino de un trabajo organizativo permanente, tesonero, responsable y consistente dentro del país, con base a una estrategia unitaria y de acumulación de fuerzas”.

Pregunto: ¿Es que alguien se ha opuesto a esa vía? ¿O es responsabilidad de todos, incluyendo a los autores, insistir y exigir transitar ese camino?

En el punto 2, encontramos: “Nuestra lucha no puede estar dirigida o condicionada por factores externos al país” y agregan que “aliados internacionales muy importantes han dejado claro que la estrategia seguida en los últimos dos años no ha dado los frutos esperados”.

Llama la atención que quienes señalan la necesidad de entender que el proceso requiere de tiempo, acumulación de fuerzas etc., pongan de bulto que una estrategia fracasó porque a dos años de haber sido puesta en práctica no ha dado “los frutos esperados”.

 

 

Por otro lado, diría que hacer el análisis al que invitan los autores para “superar los errores cometidos” debe incluir realidades y aciertos de mucho peso que no pueden soslayarse. Uno demasiado prominente, como para dejarlo de lado, es obviar que la figura opositora que concita mayor respaldo internacional se llama Juan Guaidó. Que el Parlamento Europeo le haya ratificado recientemente su apoyo mayoritario, al igual que el nuevo gobierno de Estados Unidos, la OEA y muchos otros e importantes países, no permite escamotear esta realidad. Concomitantemente, el repudio a «la fraudulenta» crece llegando, incluso, al gobierno español, dato objetivo este, producto de una política acertada de no convalidación del fraude electoral.

Así como comparto que nuestra lucha no puede ser dirigida por “factores externos”, estoy absolutamente convencido de que sin su apoyo y creciente presión al régimen, no lograremos la necesaria transición.

Punto 3: en su defensa del voto como única vía para desalojar del poder a la dictadura, afirman que ha sido este recurso “junto a la protesta cívica” lo que “nos ha permitido obtener logros en lucha democrática”. Lo primero que hay que decir es que no estamos en ninguna “lucha democrática”, es un error seguir partiendo de esa perspectiva. Se impone un análisis muy descarnado de la realidad.

Afirmo que, objetivamente, a partir de diciembre del 2015, cuando el país votó masivamente y otorgó a la oposición los 2/3 de la AN, la lucha democrática concebida en términos electorales terminó. Al menos para los dos poderes claves del país, la Presidencia de la República y la Asamblea Nacional.

El régimen ofrece elecciones de gobernadores, alcaldes, concejales, y hasta de clubes de bolas criollas, si la oposición quiere. Eso no representa para ellos ningún problema. Vimos lo ocurrido con Andrés Velázquez en la Gobernación de Bolívar o el caso de Guanipa en el Zulia. Son elecciones vaciadas de contenido y frente a las cuales el control total de las “instituciones” les permite, violando la ley, destituir, encarcelar o exiliar a quien le resulte incómodo en el cargo para el cual fue “electo”.

Punto 4. Hacen un llamado a dejar de lado “la fantasía” y asumir la ruta electoral “con todas las dificultades que deriven del régimen autoritario e, inclusive, de un sector de la oposición”. Sí, creo que es urgente dejar “la fantasía” y ello exige objetivar adecuadamente la realidad, analizar más allá de pragmatismos estériles, qué significa políticamente el altísimo nivel de abstención. Interpretarla como simple conducta desaprensiva o abandono de la lucha es ignorar la enorme potencialidad de esa fuerza que espera propuestas que marquen un rumbo hacia el poder, y no el llamado a transitar las alternativas diseñadas por el régimen. En este mismo punto llaman a “desechar los caminos violentos y las conductas extremistas”. ¿Es que acaso las opciones constitucionales para la defensa y rescate de la democracia son extremistas e ilegales? ¿No pueden formar parte de una estrategia de lucha? Hablan de “no someter nuestra decisión de tomar la ruta electoral a la voluntad o al interés particular de un líder u organización”. Se puede decir exactamente lo contrario.

La diferencia está en que tanto en 2018, como en el pasado diciembre 2020, los opositores promotores de la participación fracasaron estrepitosamente y terminaron denunciando fraude.

En ambos casos el repudio a ese perverso mecanismo de dominación del régimen, que asimila las elecciones a un proceso de participación fraudulenta, ha sido evidente. Ese es un hecho político cuya respuesta única no puede ser seguir insistiendo en el rescate del voto.

Afirman los autores de la propuesta que “las vías rápidas” son ilusorias y “nos devuelven al mismo punto”. Que “esas vías retrasan lo inevitable: lograr una transición sustentable en el tiempo por medio de un gran acuerdo nacional”. Creo que lo que nos mantiene en el mismo punto es no haber sabido lograr la unidad nacional para construir una plataforma de lucha social capaz de generar la suficiente presión al régimen y permitir sentar las bases de ese acuerdo nacional. Ese acuerdo no depende de elecciones realizadas al margen de la Constitución. En sus párrafos finales hablan de “ir al encuentro del descontento” y señalan la importancia de la movilización de las mayorías, dicen: “Y para ello hay que utilizar todos los recursos cívicos que nos da la política”. Es de esperar que dentro de esos recursos cívicos se incluya los establecidos en la Constitución nacional.

Es importante que el debate sobre la ruta a seguir por la oposición sea asumido con ánimo positivo y crítico ante los errores cometidos en el pasado. El análisis debe definir también una manera efectiva de relacionarse con la Fuerza Armada Nacional, convertida hoy en el brazo armado del régimen y de espaldas al país y la Constitución.

Sería sano que el debate comenzara por desterrar cualquier vestigio de antipolítica y tratara de fortalecer el rol que en toda sociedad avanzada tienen los partidos políticos. El régimen no lo puede hacer peor, la oposición debe dejar de ayudarlo con divisiones y colaboracionismo.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

TAL CUAL

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here