El humo amargo del bombardeo todavía flota en la memoria de un chico de 12 años en un departamento del 23 de enero en casa de mi tía América, cuando el grupo de amigos se sentó a la mesa de aquella cantina en Ciudad de México. Habíamos pasado la tarde conmemorando el 11 de septiembre, recordando el quiebre de la democracia chilena en 1973, y la atmósfera seguía cargada de solemnidad.
Entre el ruido de los platos y el murmullo de la calle, el amigo salvadoreño soltó la pregunta al aire, como quien lanza una piedra a un pozo profundo
¿Yuri… y si las tropas venezolanas del presente hubieran tenido que defender a Allende?
Ni siquiera lo pensé. Deje el vaso sobre la mesa y respondí con una mezcla de ironía y desdén, el ejército venezolano del siglo XXI se rendiría ante un estornudo. Y además buscarán cualquier excusa barata, como esa de que los enemigos eran muchos y ellos eran muy pocos.
Lo cierto, continúe mirando fijamente a mis amigos es que para el mundo, Salvador Allende fue un presidente elegido limpiamente por el voto de su pueblo. A Maduro, en cambio, lo sostienen los tipos de uniforme y bayoneta. No hay punto de comparación en la legitimidad de sus orígenes, por lo tanto en la ética de sus defensores o quienes deberían hacerlo, unos eran civiles leales y honestos y otros tipos con una gran experiencia en la matraca y el Helicoide.
Un amigo chileno en la mesa asintió, con la mirada perdida en los registros históricos que todos ahí conocían de memoria. Aquel 11 de septiembre de 1973, en el Palacio de La Moneda, no había un ejército entero protegiendo la constitución, sino un puñado de valientes. Los testimonios y las notas de la época son claros: apenas cerca de 17 miembros del Grupo de Amigos Personales (el GAP), alrededor de 16 asesores y colaboradores cercanos, y un grupo de médicos leales junto a miembros de la Policía de Investigaciones.
Menos de cincuenta personas, pude escuchar el susurro.
Así es afirme, combatieron con un valor increíble durante más de cinco horas. Tuvieron que mandar a la Fuerza Aérea de Chile a bombardear su propio palacio de gobierno para poder doblegar a esos pocos valientes. Lo de Venezuela hoy, con mandos militares de discursos inflados pero subordinados al poder de turno, es digno de vergüenza. Es una humillación a la tradición histórica, pero así es la historia de nuestros pueblos.
La plática cruzó entonces la línea de los paralelos históricos. En el fondo, con todas las diferencias tremendas de las épocas y los contextos, los extremos terminaban tocándose en el espejo de la autocracia. El autoritarismo caribeño y la vieja dictadura del Cono Sur compartían la misma raíz de control social y asfixia democrática.
Cerrando el debate antes de que trajeran la comida. Allende fue un hombre profundamente respetuoso de la disidencia, defensor de la libertad de prensa, un luchador culto y un gran orador. El escenario actual del Caribe es todo lo contrario: la palabra empeñada se sustituye por la persecución. La historia siempre pone a los valientes y a los autócratas en su debido lugar.
Allende es un icono de la democracia y Maduro junto a Pinochet están en otro plano el de los totalitarios, en el de los que destierran y persiguen, en el de los que censuran y detienen periodistas, de los que a sangre y fuego acaban con organizaciones sociales y ambos tienen sus adeptos a Pinochet lo justificó la derecha latinoamericana y europea a Maduro la «izquierda» latinoamericana y europea, no les importo un pueblo le importaron las prebendas y quedar bien con sus iguales. Yo admiro a Salvador Allende, a Nicolas Maduro no vale siquiera despreciarlo.
“Yo entiendo que él (Maduro) pueda sentir una admiración por Salvador Allende, pero pretender que lo que hacía Salvador Allende es lo mismo que está haciendo este gobierno (venezolano), que yo considero autoritario o si se quiere dictatorial, en mi manera de ver, de ninguna manera, no hay ninguna relación”, manifestó la legisladora en una entrevista con CNN Chile.






