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*La vida como obra de arte y acto de soberanía* Jesús Alberto Castillo

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En medio de esta sociedad asfixiante, marcada por la desinformación y alienación de las redes sociales, urge la necesidad de moldear nuestra existencia como una obra de arte, es decir, rescatar la estética en nuestras vidas. No se trata de relacionar el arte únicamente con los objetos, sino con la propia cotidianidad del individuo. Esto es vivir con autenticidad   frente a los demás.

La «estética de la existencia» ha sido una preocupación de diversos pensadores contemporáneos ante los desafueros de una sociedad del cansancio y de la banalidad. Es así que Michel Foucault, filósofo francés, hizo hincapié en el «cuidado de uno mismo» sustentado en que la vida no debe ser una simple copia de las normas impuestas por las instituciones de poder, más bien debe convertirse en un espacio de experimentación y aprendizaje permanentes.

Frente a los complejos mecanismos de control social que imperan en la vida cotidiana, la persona debe adoptar una actitud de resistencia. Tiene que convertir sus actos en arte, asumiendo su autogobierno y una conducta de plena libertad y rigor. De manera que su día a día sea un lienzo de resistencia ética, evitando que otros decidan por él e interpelando la realidad social de manera concienzuda y reflexiva.

En esta misma perspectiva de Foucault, su paisano Gilles Deleuze considera que lo fundamental en el ser humano es «vivir artísticamente», es decir, vincular el arte con nuestro devenir histórico. No significa buscar la perfección estética, sino romper con los moldes establecidos y las identidades fijas del sistema imperante. Para este autor la vida como obra es un flujo creativo, unas líneas de fuga y de nuevas identidades que se rebelan contra lo rutinario.

El planteamiento de la «estética de la existencia» ha adquirido mayor relevancia con Byung-Chul Han, pensador surcoreano, quien nos advierte sobre los peligros de la «sociedad del cansancio» donde el sujeto se autoexplota en busca de un rendimiento infinito. Para él, la verdadera revolución estética no reside en producir más, sino en recuperar la dimensión de lo bello, lo afectivo y lo lúdico.

En fin poetizar nuestra existencia es valorar el tiempo no productivo, el silencio y la capacidad de detenerse ante el excesivo consumismo para no ser víctimas de desalientos y frustraciones. Es negarnos a ser simples engranajes de un sistema alienante y opresor, refugiado en una gigantesca estructura mediática

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