El 21 de noviembre fue la última oportunidad para que Nicolás Maduro optara por un destino distinto a la celda de la prisión neoyorquina donde ahora cavila sobre lo que será el resto de su vida que, si a las leyes norteamericanas nos atuviéramos, incluye la posibilidad de no volver a pisar una calle como un hombre libre.
Ese día de noviembre, como lo confirmó Maduro en su última entrevista (31-12-2025) con Ignacio Ramonet, gran oficiante del ritual de las engañifas y la adulación desvergonzadas, tuvo lugar la única conversación telefónica entre el acorralado mandatario y su acosador Donald Trump. Diez minutos fue todo.
Y allí, dada su obstinada negativa a separarse del poder, quedó sellada la suerte de quien, comprobadamente, desde el 24 de julio de 2024 ocupaba ilegítimamente la presidencia de Venezuela.
Para ese momento la flota de la armada norteamericana llevaba más de tres meses de asedio en el Caribe y el gobierno norteamericano había mantenido una sucesión de pasos que aumentaban gradualmente una presión que en varios órdenes, desde la incriminación por narcoterrorismo hasta el despliegue militar, era ya descomunal.
Pero fue solo el 14 de noviembre, una semana antes de la citada conversación telefónica, cuando el jefe del Pentágono, Pete Hegseth, anunció por primera vez la denominación de la acción militar que se venía desplegando: «Lanza del Sur». Otra clara señal enviada a Maduro antes de que sostuviera el diálogo telefónico con Trump.
Se vino a continuación una medida que evidenció la decisión norteamericana de actuar sobre el terreno y fue la orden de Trump de cerrar el espacio aéreo de Venezuela. Recordemos la respuesta del régimen venezolano a través del titular de Defensa Vladimir Padrino: «Defenderemos nuestra soberanía a cualquier costo».
Mientras, en paralelo, Maduro presionaba infructuosamente a las líneas aéreas internacionales para que no paralizaran sus vuelos desde y hacia Venezuela. Maduro, lo mismo que el llamado «segundo de a bordo» y su entorno militar se cerraron ante lo que era una acción inminente de la administración Trump.
En otro plano, el de las negociaciones, las cosas habían avanzado más rápidamente desde el mes de octubre cuando la vicepresidenta Delcy Rodríguez visitó por segunda vez en el año a Catar. En ese territorio árabe se diseñó el plan para una transición que la prensa norteamericana denominó un «Madurismo sin Maduro», para lo cual Rodríguez y Marco Rubio han tenido muy largas conversaciones, según lo ha revelado Trump.
El plan, se ve más claramente ahora, tenía dos dispositivos: el primero de qué forma sería la salida de Maduro. El usurpador de la presidencia tenía dos opciones: salir por sus propios pasos, preferentemente hacia Turquía o Bielorrusia, y eludir la reclusión y el enjuiciamiento en que se encuentra o ser desalojado del poder por la fuerza.
Y el otro aspecto, crucial para Trump que no quería ver una sola gota de sangre gringa derramada en Venezuela, era que la etapa post intervención transcurriera sin que desatara un período de anarquía, violencia e inestabilidad social prolongada.
El gobierno norteamericano –hoy dicen que fueron informes de la CIA, pero para tal certeza no se necesitaría ser agente de inteligencia— estaba frente al hecho real y objetivo de que el régimen venezolano después del robo electoral del 28 de julio y las precipitadas elecciones estatales y municipales tenía copadas todas las instancias de poder en Venezuela.
Los dos últimos comicios fueron precipitados a conciencia de que tras el fraude del 28-J la abstención opositora sería tan masiva como la participación que la había dado el triunfo a González Urrutia.
¿Podía acaso Edmundo González y María Corina Machado llenar con mediano margen de maniobra los vacíos gubernamentales que surgieran en medio de una contraofensiva de violencia dirigida por los defenestrados? ¿Se podía entronizar sobre la marcha un gobierno que carecería de control de las FANB, poderes legislativo y judicial, todas las gobernaciones menos una, la inmensa mayoría de alcaldías, concejos municipales, etc.?
Obviamente que no, máxime con la fuerza opositora desmantelada a fuerza de prisión y exilio, inmensamente mayoritaria sí, pero sin control de calle. No era la hora, ya llegará el momento para González y Machado, ahora invitada a la Casa Blanca.
Que la segunda parte del dispositivo con los hermanos Rodríguez Gómez a la cabeza del Ejecutivo y Legislativo –inédita e increíble circunstancia histórica— estuvo lista desde octubre durante la segunda visita de la hoy presidenta encargada lo revela, entre otros no menores detalles, la rapidez con la que se han sucedido los acontecimientos desde la extracción innegablemente quirúrgica de Nicolás Maduro.
Lo que Trump ávido de nuestro petróleo indica, Pdvsa lo ratifica. Y de manera tan dócilmente express que algunos tomaron su primer comunicado ratificando las órdenes del imperio como una fake news.
En su entrevista con el babeante Ramonet, Maduro afirma: «Ellos saben que yo sé que ellos saben que María Machado no puede controlar el país», con lo que da cuenta de que estaba al tanto de que la fortaleza de un régimen con todos los poderes atenazados le había sido expuesta al gobierno norteamericano.
Y este lo había admitido. O sea, el oficialismo no saldría del gobierno, pero Maduro debía decidir si enfrentaba un final violento o se iba por sus propios pasos. Como ya sabemos, la Delta Force se encargó de lo primero con eficiencia asombrosamente impecable.
¿Y por qué escogió Maduro la resistencia? Cuarenta y ocho horas antes del bombardeo y de ser sacado en pantuflas de su búnker metálico, Maduro al volante de una camioneta hacía lo que denominó un podcar con Ramonet, en el cual se exhibió absolutamente confiado que lo protegían el derecho internacional, que estaba arropado por el amor del pueblo y que todo se lo dejaba a Dios.
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Tan despreocupado estaba por la amenaza que anunció que el 2026 sería el del «Reto Admirable». Lamentablemente para él, Maduro no leyó los «mensajes del cielo».
Las demostraciones del poco apego al derecho internacional de Trump, su relanzamiento del Destino Manifiesto de los Estados Unidos, la conversión de la Secretaría de Defensa en la de Guerra, su codicia por los recursos energéticos y minerales y, como si fuera poco, la nueva Doctrina de Seguridad de los Estados Unidos, en la cual Venezuela surge como un punto crítico debieron bastarle.
Pero si eso no lo convencía, una simple llamada al asesor de Trump, Stephen Miller, lo hubiera convencido de las ideas que pululan en las circunvoluciones cerebrales de su asesorado en materia de poder global a la fuerza.
Para Maduro fue la última insensatez, precedida por aquella otra inaudita, su verdadero salto al vacío, como lo fue el robo electoral del 28-J. ¿Cuánto pesó en ello su subyugamiento a los cubanos es materia de alto interés investigativo.
Ahora, quien fue fiel seguidor de la diplomacia escatológica de Hugo Chávez, esa misma con la que se ha agredido y vejado por igual a jefes de Estado o de organismos internacionales y que por tanto se ha granjeado grandes enemigos en varias latitudes, está ante la posibilidad cierta que se muevan otros juicios.
Por ejemplo, el que le fue abierto en la Corte Penal Internacional por violaciones persistentes y muy documentadas de violaciones a los Derechos Humanos de miles de venezolanos.
Mientras tanto, a cuentagotas ha comenzado la liberación de los presos políticos, que en número cercano a los 700 y sin delitos que los incriminen aún permanecen en espera de justicia. Trump exigió el cierre de una prisión que se entendió es El Helicoide.
Esa puede ser la prueba del ácido de la relación Trump-Rodríguez y que por carambola puede poner a prueba la relación de los hermanos Rodríguez con el ahora «tercero de a bordo»: Diosdado Cabello.
Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
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