| Hay guerras que parecen condenadas a durar tanto que una deja de preguntarse cómo terminarán. Yo me niego a que la de Ucrania entre en esa categoría. Cada intento de negociación, incluso el más frágil, genera escepticismo, pero también esperanza para millones de ucranios y ucranias, y para otras tantas personas que deseamos una paz justa y duradera de verdad, no de las que se quedan en las palabras biensonantes de nuestros líderes mundiales.
Esta semana, Estados Unidos, Rusia y Ucrania se han sentado a hablar en Abu Dabi, y no ha sido una reunión más. La ronda negociadora comenzó la semana pasada y fue la primera vez que una mesa de negociaciones acogió al país invadido, al invasor y a los Estados Unidos de Donald Trump como intermediario. Las cosas no empezaron bien –esta misma semana Rusia atacó Ucrania con más de 500 proyectiles cuando, supuestamente, habían aceptado un alto el fuego propuesto por Trump– y en esta nueva intentona parece complicado que se llegue a un principio de acuerdo: Moscú negocia sin renunciar a sus exigencias imperialistas; Kiev trata de no perder en un despacho lo que ha logrado defender en el campo de batalla y Washington…
Bueno, Washington empuja para lograr al menos una tregua parcial, pero poco caso le hace el Kremlin, a tenor del último bombardeo.
Y mientras los delegados hablan en Abu Dabi, en Ucrania, la guerra sigue marcando la rutina de millones de personas que llevan casi tres años aprendiendo a vivir pendientes de sirenas, cortes de luz y despedidas precipitadas, a veces para definitivas.
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