Desde cerro Felipe
La mudanza del encanto. (Personajes de Sabana de Mendoza)
La espesa neblina cubría la falda de la montaña, solo se escuchaba el lento
desplazamiento de la nube cargada de agua, el trinar de los pájaros parecía un concierto en
re-mayor en pleno bosque, el aleteo de aves que presentían el aviso que desde lo más alto
de aquel inmenso cerro lleno de vegetación algo iba a ocurrir. Cada animal, habitante de
aquella vegetación tenía la información precisa sobre la hora, el minuto que empezaría el
traslado del Encanto. Un hombre alto, con sombrero de copa, vestido con una casaca negra
y con pantalón negro, zapatos negros; su pelo deslumbraba con un negro brillante, que
acariciado con el viento parecía el ondular de una ola casi llegando a la orilla. Su rostro era
entre blanco y marrón que en el fondo se mezclaban entre la tierra y el verdor del rocío. Su
caminar despacio era como que si el viento lo tomara de los hombros para que cada paso
que diese se apoyara en la fina brisa. Por el camino aquel misterioso hombre saludaba de
una manera muy amena, sus palabras salían con una fluidez mágica, daba la impresión que
saludaba con el pensamiento no con los movimientos de los labios: ¿Cómo amaneció el
paisano? ¡Buenos días! -Se le saluda al amigo-. Estas eran sus habituales palabras cada vez
que bajaba de la montaña. Simplemente se le conocía como el hombre de la montaña arriba,
nadie indagaba su origen ni el hombre de la casaca daba la oportunidad para un
interrogatorio.
Los parroquianos se preocupaban cuando no lo veían y más de uno exclamaba
interrogándose entre los vecinos: ¿Has visto al hombre de la montaña arriba? ¿Tiene días
que no baja? -Respondían en un tono de preocupación-. El expendedor de víveres también
interrogaba a sus clientes en el mostrador: ¿Deme razón del hombre de la montaña arriba,
tiene días que no viene para la bodega?. Nadie daba información del misterioso hombre; a
medida que transcurrían los días y las semanas la incertidumbre se fue apoderando
lentamente del vecindario y ya la preocupación era colectiva, nadie tenía información del
paradero del hombre de la montaña arriba. Pensaron hasta en organizarse para subir a la
montaña y cerciorarse para ver qué había pasado; hasta que el día menos pensado, ven
bajar la silueta del desconocido, pero en esta oportunidad lo acompañaba un burro de color
blanco, parecía hecho de la neblina y espesa nube, un hermoso animal de pelaje y modales
finos.
Más de un parroquiano lo observaba desde la pendiente de la población como venía
descendiendo, su mano sujetaba un mecate que terminaba en la redondez del cuello del
animal, pero no le hacía movimiento de órdenes para que el mismo caminara, era un ritual de
pasos entre ambos. Un labriego se atrevió a expresar: -Parece que no caminaran, que
flotaran en el aire con la tibia brisa de la montaña-.
Ya en el poblado, aquel misterioso personaje de la espesura montaña arriba se
confundía con los pobladores y se veía ameno en los saludos y en las conversaciones que
sostenía con cada persona que encontraba en su camino: ¿Qué se había hecho el amigo,
que teníamos tiempo sin verlo? (le preguntaban) -Nos tenías preocupado y hasta llegamos a
pensar que te había ocurrido algo o estabas enfermo-. (lo interpelaban otros). -Usted debe
venirse de esas montañas lógrimas, sólo por allá es un peligro-. La cadena de interrogatorios
no cesaba, cada uno en su forma y estilo quería decir algo, sacarle información sobre sus
misteriosas desapariciones; pero nada lograron, sus respuestas eran cortas, más bien ligeros
mensajes que quedaban atrapados en el ambiente, pero que ninguno entendía nada. -Allá
arriba, yo tengo la familia y mis animales-. -Mi madre naturaleza me da todo para convivir con
ella-. -Toda esta planicie, hasta la orilla del lago, son nuestras y no se preocupen por mí-.
Había interrogantes que el hombre de la montaña arriba obviaba o pasaba por alto.
¿Cómo hacen ustedes para vivir en aquella intrincada montaña lógrima? -Por la zona de
ustedes es misteriosa, los cazadores dicen que es una montaña encantada y hasta tienen
experiencias con animales, que ellos ven cuando le pegan el tiro, en medio de la frente y los
animales no caen; se ven bandadas de patos amarillos, pero un amarillo como el oro que
encandila como el sol al mediodía-. La única respuesta que daba el hombre misterioso de la
montaña era: -Son cuentos de caminos, la gente se imagina muchas cosas y más en las
zonas campesinas. Era imposible encontrarle una respuesta a las interrogantes, pero esa
negativa no cortaba la amistad y la libre conversación, aunque, cada día que pasaba, aquel
hombre se compenetraba más con los habitantes del poblado. Era la primera vez que
sostenían conversaciones medio largas, pero todo terminaba en un ligero apretón de mano y
un hasta luego.
Pasó el tiempo y a los dos años, el hombre de la montaña arriba, empezó a bajar
acompañado por dos hermosas hijas y su señora. Las jóvenes oscilaban entre los dieciocho
y veinte años, esbeltas y de estatura elegante, su piel era parecida a una porcelana, sus ojos
negros brillaban como la luz del sol en pleno mediodía, con rasgos físicos imposibles de
describir por la perfección y estampa bellísima. Sus vestidos largos de antaños señoriales,
con pliegues a mano que había que detallar minuciosamente para verles los encajes
brillantes, las líneas de la costura, desde el hombro hasta los pliegues abanicados del
vestido, sus abombadas mangas a la altura del antebrazo y su cuello semi-escotado reflejaba
una figura libre de pensamiento; sus cuerpos de diosas sensuales lo combinaban con el
reflejo de mujeres clásicas e imbuidas en dos mundos misteriosos. No era muy usual que el
hombre de la casaca bajara con sus hijas para hacer compras y el temperamento de las dos
jóvenes era jovial, siempre se les reflejaba una sonrisa, la curva de los labios desembocaba
en un pequeño hoyo en el centro de la mejilla; esas líneas físicas refrescaban un aroma
femenino que se confundía con el olor natural de las flores de aquella infinita serranía.
El caserío estaba conformado por treinta y tres casas de barro y techo de paja,
algunas ya tenían construcción de cemento con techo de zinc, pero la mayoría de las casas
era barro tramado con caña brava y bambuco; las ventanas y las puertas por una madera lisa
entablada en los centros y un madero interno que servía para ajustarla en el centro en horas
de la noche; las rejas de las ventanas con finas tablillas que se entrecruzaban, con asiento
para colocar el codo y los brazos en amenas tertulias con algún visitante que se atendía
desde adentro.
La cocina estaba ubicada en la parte final de la casa, la separaba un corredor
espacioso donde en la mayoría de las casas siempre había un mesón de madera y donde se
podían sentar más de diez personas. El fogón era de arcilla con un agujero en el centro para
introducir la madera y los tizones, al lado derecho, un horno para hacer el pan o el asado;
una chimenea que sobresalía a la altura del techo de la casa por donde escapaban las
distintas aromas de alimentos y bebidas.
Hoy en la mañana bajó el hombre de la montaña arriba, les notificó a los pobladores
del caserío que en horas de la noche se mudaba, que nadie se acercará al río porque era
muy peligroso, él se llevaría toda la familia, los animales y sus enseres. Justamente a las
doce de la noche comenzó a bajar un hilo de agua cristalina y un ensordecedor ruido se
empezó a escuchar desde lo más lejano de la montaña, era como un desprendimiento de
toda la naturaleza que allí habita, cantos de pájaros, bramar de ganado, silbidos del viento,
las guacamayas, guacharas y perdices se abrían paso con sus aleteos y sonidos; las pisadas
de los venados y ciervos se compaginaba con el berreo profundo de animales en celos; el
tiempo se encontraba sumergido en una quietud de un respeto único para la madre
naturaleza que acompañaba aquella mudanza y solo se escuchaba el rumor que salía del
poblado entre sus vecinos que expresaban en su entorno familiar: -Se fue el hombre de la
casaca, el de la montaña arriba, se llevó sus hijas, las mujeres más hermosas que hemos
visto por esta comarca. Y un nieto le preguntaba a su abuelo en uno de esos caserones a la
luz del fogón: ¿Abuelo, por qué se llaman encantos? Aquel anciano con la mirada fija en la
naciente del río y buscando en su memoria aquellas andanzas juguetonas con sus doncellas
de sus sueños le contestaba con un suspiro de sentimientos: ¡Por las mujeres, hijo, por las
mujeres!.






