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Bolívar en el exilio, por Beltrán Vallejo

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(Sin alusiones personales ni de este presente temporal)

Sin lugar a dudas un Simón Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios puede ser considerado el líder más hiperactivo de toda la historia de Latinoamérica; y era hasta tal punto hiperactivo que, sometido a cama y postración casi de muerte con padecimientos como el tifus, como le sucedió en Pativilca en 1824 antes de la batalla de Junín, ahí convaleciente estuvo emitiendo directrices organizativas y de movilización de tropa ante el asombro y cansancio de médicos y secretarios.

Al respecto de este personaje tan enfrascado en su misión libertadora, y he ahí cinco repúblicas actuales, en el exilio fue de leyenda su tesón, terquedad y su esfuerzo infatigable en preparar las condiciones para volver a una Venezuela plagada de amenazas, plagada de puñales y plagada de incomprensión y felonía hasta de sus propios compañeros de armas.

Sus ansias de retornar a su tierra no tenían límites a pesar de dificultades sin nombre, incluso sometido en sus lugares de exilio a condiciones de pobreza, rencillas con otros exiliados y de persecución, porque incluso el imperio español encomendó hasta la tarea de su asesinato en Jamaica.

Entonces he ahí al Libertador superando todos los obstáculos por retornar a su patria y volver a enfrentar a la corona; superando todas las adversidades para regresar al campo de batalla y retornar a su sitial de líder de ese proceso revolucionario, al punto que uno de sus más acérrimos enemigos, el sanguinario Pablo Morillo, se quitó el sombrero y llegó a decir: «Bolívar es la revolución».

Su primer exilio fue en el contexto de la caída de la «Primera república», entre 1812 y 1813, donde a raíz de la capitulación de Francisco de Miranda ante el jefe realista Monteverde, el Libertador se enrumba hacia Curazao y de ahí a Nueva Granada, anclando en Cartagena de Indias.

Ahí llegó un hombre derrotado y sufrido por los avatares de esa primera etapa del proceso independentista donde vio la destrucción de su Caracas natal por un terremoto e incluso sufrió el grave suceso de su primera derrota como jefe militar de un castillo de Puerto Cabello que se perdió a raíz de traiciones, siendo este un suceso que lo hirió en lo moral y en lo emocional, que lo llenó de frustración.

Después el confuso hecho histórico donde se vio involucrado en la captura de Miranda, y el propio Monteverde le daría el salvoconducto para su salida, el mismo Monteverde que sería implacable y violaría lo acordado en la capitulación.

En fin, este triste oficial llega a Cartagena, pero esa capacidad de resiliencia se activó y al poco tiempo redactaría uno de sus documentos más célebres, el denominado «Manifiesto de Cartagena», y después se relacionaría con los jefes revolucionarios de las Provincias Unidas de Nueva Granada quienes le dieron el mando de un ejército con el que realizó una campaña brillante.

Derrotó a los realistas en Mompox, Ocaña y demás territorios; y estando en Cúcuta lleno de victorias y sumando un importante contingente militar, aprovechó de pedir la autorización a sus aliados para llevar a sus batallones hacia Venezuela donde realizó esa jornada épica que terminó en la toma de Caracas y que pasó a la historia como «la Campaña Admirable».

Su segundo exilio fue también el resultado de la derrota aplastante que sufrió como líder en la denominada caída de la «Segunda República», una etapa donde Venezuela se incendió por todas partes ante la irrupción social de masas violentas bajo la conducción de Boves que produjo la derrota de los patriotas en todos los escenarios.

*Lea también: Bolívar y el naufragio de la Gran Colombia (1819-1831), por A. R. Lombardi Boscán

Se sumó la llegada de 15.000 efectivos bajo el mando del Pacificador Pablo Morillo, y ante esta realidad horrible para la causa de la libertad tenemos a un Bolívar en exilio en Kingston donde vuelve a redactar otro documento denso en lo político y sociológico denominado la «Carta de Jamaica», pero también sufre días de pobreza y también se salva por milagro del puñal asesino pagado por los realistas.

Y de nuevo cruza el Caribe y llega al Haití donde triunfó la revolución independentista, y allí conoce al presidente Alexander Pétion y al curazoleño Luis Brión quienes le aportarían apoyo económico y el apoyo para imponerlo como jefe de la expedición libertadora al someter la oposición de los otros jefes militares que no lo querían como líder.

Le aportarían igualmente una visión social estratégica que le serviría a Bolívar para ganarse a las masas populares con la liberación de los esclavos, tal como se suscribe en su manifiesto de Carúpano.

Este es el hombre de las dificultades. Este es el incansable Bolívar que no buscó exilios en Europa, no buscó exilio en palacetes ni en las mieles del dinero, no se quedó en la comodidad aburguesada de un exilio dorado.

Este hombre que salió de su patria obligado por los peligros sin cuento, ahí mismito buscó territorio cercano para seguir conspirando, organizando, ideando, diseñando, planificando, trabajando y buscando aliados para su pronto retorno a su tierra donde en definitiva tenía que vencer y morir; tenía que vencer y morir con su pueblo, con los suyos en un gesto heroico que evidencia la grandeza de su figura titánica.

Qué buen ejemplo de un exilio militante en procura de un pronto retorno para combatir en las trincheras de su propio país.

Beltrán Vallejo es articulista

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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