Hoy, 18 de marzo de 2026, desperté en un país distinto. No porque hayan cambiado las fronteras o las leyes, sino porque algo más profundo se transformó anoche en Miami: los corazones.
Ver a Venezuela vencer a Estados Unidos en el Clásico Mundial fue emocionante, sí. Pero lo que realmente me quebró por dentro fue otra cosa. Fue ver las gradas del estadio pintadas de vinotinto. Fue ver a japoneses, coreanos, dominicanos y puertorriqueños ondeando banderas venezolanas. Fue ver a mexicanos y canadienses corear «¡Venezuela, Venezuela!» mientras un pueblo entero, desde la distancia, se abrazaba frente a una pantalla.
Y entonces lo entendí. El béisbol no nos dio una copa. Nos dio un espejo.
Nos devolvió la imagen de lo que podemos ser cuando dejamos de mirarnos como adversarios y empezamos a mirarnos como compatriotas. Por unas horas, no hubo rojos ni azules. Hubo un solo color: el de la camisa que sudaba por el mismo sueño.
Me acordé de Nelson Mandela. De cómo entendió que el rugby no era solo un deporte, sino el puente que necesitaba Sudáfrica para cruzar el abismo del odio. Mandela supo que no se unifica un país desde los decretos, sino desde el alma. Y usó una pelota ovalada para tocar esa alma.
Hoy, una pelota de béisbol hizo lo mismo con nosotros.
Y mientras veía a esos miles en Miami, mientras sentía ese amor bonito del que habla el país, no pude evitar preguntarme: si el béisbol pudo abrir corazones en tres horas, ¿qué no podría hacer la política si se lo propusiera en serio?
Ojalá quienes ostentan el poder, de un lado y del otro, hubieran estado anoche en esas gradas. Ojalá hubieran sentido lo que sentimos todos. Porque si algo nos enseñó ayer Venezuela es que cuando jugamos juntos, ganamos.
Imagínense lo que sería elegir un fiscal general independiente. Alguien que no le deba favores a nadie, solo a la ley. Alguien que pueda mirar a los ojos a cualquier ciudadano y decirle: «Aquí estoy para protegerte, sin importar a quién votaste».
Imagínense un defensor del pueblo que realmente defienda al pueblo. No a una fracción, no a una tolda política, no a los intereses de unos pocos. Sino a esa Venezuela diversa, compleja, hermosa, que anoche cabía entera en un estadio.
Imagínense gobernar para las grandes mayorías. Para esa familia en Petare que solo quiere paz, para ese emprendedor en San Cristóbal que solo quiere trabajar, para esa abuela en Maracaibo que solo quiere que sus nietos no se tengan que ir, para nuestros pescadores en Margarita que solo quieren faenar en serenidad y compartir con sus seres queridos el fruto de su labor.
Fortalecer la democracia no es un eslogan. Es garantizar que cada venezolano, sin importar su color, pueda vivir con dignidad. Y darle bienestar a la familia venezolana no es una dádiva: es la razón de ser de quienes gobiernan.
El béisbol nos mostró anoche algo que parecía perdido: que nos tenemos un cariño inmenso, aunque a veces lo olvidemos. Que cuando vibramos juntos, no hay fuerza que nos detenga. Que Venezuela cabe en un abrazo.
Ahora la pregunta es: ¿podremos extender ese abrazo más allá de las nueve entradas? ¿Podremos llevar esa unidad a la elección de quienes nos representan, a la defensa de los que menos tienen, a la construcción de un país donde quepamos todos?
El interés es Venezuela. Solo Venezuela.
Gracias, béisbol. Por recordarnos quiénes somos cuando dejamos de lado quiénes creemos ser. Por abrir corazones con ese amor bonito que tanto necesitábamos.
Ahora, el resto del camino es nuestro.
*Isla de Margarita, 18/ 03/ 2026*
Optimista Siempre






