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La eclosión social del 11-A, por Gregorio Salazar

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Estamos ya a 24 años de la convulsión social del 11 de abril y sorprende percatarse que han transcurrido más años desde ese parteaguas de la historia que los que van desde la muerte de Gómez (1935) al surgimiento del período democrático con el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez el 23 de enero de 1958.

En los cinco mandatos transcurridos entre diciembre de 1935 y enero de 1958 (López Contreras, Medina, la Junta de Gobierno presidida por Betancourt, Gallegos y Pérez Jiménez) el país vivió altibajos, avances y retrocesos entre democracia y dictadura, y ciertamente no surgió un modelo de país alrededor del cual se concertara la voluntad política de los venezolanos.

Lo que sí resulta innegable es que durante esos años Venezuela se consolidó progresivamente como un país petrolero de importancia mundial. Ni qué decir de la década 1958-1998 donde la industria petrolera, antes y después de la nacionalización fue, para bien y para mal, el gran dinamo de la economía nacional. Una nación capaz de manejar, con la participación extranjera o sin ella, todas las fases operativas de la explotación de los hidrocarburos.

López Contreras con el inicio de la apertura democrática, luego ensanchada por Medina con logros también en la participación petrolera; la Junta de Gobierno que irrumpe en el 58 y abrió los cauces a la participación electoral universal y directa; Gallegos afianzando el protagonismo civil y nuevos avances en lo petrolero y, finalmente, Pérez Jiménez, que si bien abortó la experiencia democrática de Gallegos plasmó en concreto armado y asfalto su «nuevo ideal nacional», cubrieron ese trayecto histórico. Y con sus luces y sus sombras aportaron a una movilidad social que en este siglo cayó en picada.

En un lapso de tiempo similar al que se inició con el postgomecismo y terminó el 23 de enero del 58, la autodenominada Quinta República logró hilar la continuidad de Chávez a Maduro, proclamado «el primer presidente chavista», y ahora con Delcy Rodríguez como expresión decadente de aquellos ímpetus de socialismo revolucionario, hoy no solamente enrumbados hacia el capitalismo, sino también bajo la tutela directa del mismo imperialismo norteamericano que tanto vituperaron, condenaron y desafiaron. Circunstancia tan irrefutablemente inédita como condenable para nuestra vida republicana.

Pero resulta que el período de dominación del autodenominado «proyecto bolivariano» ha sido todavía mayor si tomamos como punto de arrancada la victoria electoral de Chávez en diciembre de 1998. Son entonces 28 tumultuosos años a lo largo de los cuales los golpistas del 4-F y el 27-N contaron con gran apoyo popular, luego con el control de las instituciones y poderes regionales.

Y, desde los primeros años, con crecientes y suficientes ingresos petroleros como para hacer realidad «la refundación de la patria» que ofrecieron. Todos sabemos y hemos padecido las consecuencias de ese poder omnímodo ejercido a contrapelo de una Constitución que ellos mismos impulsaron y aprobaron y que luego, ya desprovistos del favor popular, lanzaron al cesto de los desperdicios. Es justamente por haberla desconocido el 28 de julio del 2024 que hoy usufructúan un poder que han debido entregar hace 15 meses.

Permanecen en el poder en medio, por cierto, de la desaparición del salario y de las prestaciones sociales; de una aguda crisis de los servicios públicos como electricidad y agua que ponen un techo muy bajo a la economía; corrupción galopante e impune y flagrante conculcación de los derechos civiles más elementales: libertades políticas, libertad de expresión e información, libertad sindical y de asociación, etc.

Pero si al comienzo de esta nota hemos hecho referencia al 11 de abril de 2002 es porque en esa fecha hizo eclosión una crisis que se incubó desde la llegada de Chávez al poder, asumiéndose, entre otros supuestos, como la encarnación de la verdad, la justicia y el paradigma de los ideales heredados del Libertador. De hecho, venía a concretar «la segunda independencia».

*Lea también: El mito de estabilizar sin datos sobre las condiciones de vida, por Marino J. González R.

Lamentablemente, el saldo trágico en vidas del 11-A —que nunca cesó— y con evidentes traumas para el desenvolvimiento de la nación no sirvió para la reflexión ni para convocar, con auténtica convicción democrática, a todos los sectores alrededor de una rectificación que trajera convivencia pacífica, partiendo de hacer realidad las garantías a los derechos de todos.

De diciembre del 98 a abril de 2002 se empolló «el huevo de la serpiente». Y fue precisamente contra esa amenaza que los venezolanos en centenares de miles se lanzaron a la calle para poner freno a lo que después de concretó y desembocó en una hecatombe social que aventó más allá de las fronteras de la patria a unos 8 millones de venezolanos.

Seguramente, en algún momento de los tiempos por venir surgirán los científicos sociales (historiadores, sociólogos, economistas, politólogos, etc.) que haciendo uso de las herramientas propias de su especialidades abordarán los contrastes entre el período histórico 1935-1958 y el que se abrió en 1998, para establecer las repercusiones que tuvo cada uno de esos capítulos de nuestra historia en la vida de los venezolanos.

Por nuestra parte, no dudamos que el saldo frente a ese período, así como el de los 40 años de democracia será desfavorable para Chávez y sus herederos de esta hora.

Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.

TalCual no se hace responsable por las opiniones emitidas por el autor de este artículo

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