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Oportunidad de Oro para el MAS de liderar el centro político. Por: Econ. Roger Hernández

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La política venezolana ha entrado en un ciclo de agotamiento profundo. Mientras las cúpulas se enredan en una guerra de trincheras ideológicas, el ciudadano común ha quedado en una intemperie institucional sin precedentes. Para el Movimiento al Socialismo (MAS), este escenario no es una crisis más; es una oportunidad de oro para reclamar su lugar como el eje del centro político y arquitecto de un nuevo consenso nacional.
En política, la primera impresión es determinante. Hoy, el MAS enfrenta una barrera comunicacional insalvable en el contacto directo con la gente. El activista o el dirigente que, al ser consultado sobre su militancia, responde: «Soy del MAS, Movimiento al Socialismo», la palabra socialismo genera un rechazo automático.
En ese preciso instante, el ciudadano pierde la intención de escuchar. El término «socialismo» se ha convertido en un interruptor que apaga el interés y enciende la desconfianza. Para el venezolano común, esa palabra es el nombre del sistema que fracturó su calidad de vida, y no está dispuesto a dar segundas oportunidades a etiquetas que hoy evocan crisis y precariedad.
Lo más grave de esta situación es que el MAS está pagando el costo político de errores que no cometió. Es un contrasentido histórico cargar con el estigma de una gestión que ha pervertido el concepto de justicia social.
La ironía es total cuando observamos que incluso las figuras del oficialismo “como el caso de Delcy Rodríguez y otros altos voceros” han empezado a desplazar el término «socialismo» de sus discursos centrales, sustituyéndolo por narrativas de «transformación», «emprendimiento» o «modernización económica». Si quienes impusieron el modelo ya ni siquiera mencionan el socialismo para evitar el desgaste, ¿qué sentido tiene que el MAS insista en ser el último en defender una trinchera abandonada? El MAS no puede ser el depositario de los desechos ideológicos de un gobierno que destruyó la palabra “Socialismo” y ya está en otra etapa comunicacional.
La ventana de oportunidad se abre sobre realidades estadísticas y sociales:
La orfandad política del 80%: Datos de firmas como Datincorp y More Consulting confirman que la gran mayoría del país no se siente representada por los polos actuales.
La demanda de soluciones pragmáticas: El electorado busca gestión y racionalidad económica. Para llegar a ellos, primero hay que lograr que nos abran la puerta.
El vacío del Centro: No existe una fuerza que capitalice el descontento moderado. El MAS es el candidato natural para ocupar ese espacio.
Para lograr capitalizar el centro, el MAS debe, entre otras cosas:
Resignificar la «S» (Acción Social / Solidaridad): Al presentarse como Movimiento de Acción Social, el partido derriba el muro. Deja de pedir perdón por una palabra ajena y empieza a proponer soluciones propias.
Abrazar la Socialdemocracia Liberal: Un modelo que combine el respeto a la propiedad privada con una red de bienestar social eficiente.
Ser el puente de la reconstrucción: Posicionarse como la plataforma de la sensatez, capaz de dialogar con todos los sectores para garantizar la gobernabilidad.
Evolucionar el significado del MAS no es una renuncia; es, en esencia, volver al MAS original. Aquel partido irreverente que en 1971 tuvo la valentía de romper con la ortodoxia soviética para proponer un «socialismo a la venezolana» adaptado a su tiempo. Los fundadores entendieron que las organizaciones deben adaptarse a los momentos políticos o condenarse a la extinción.
Hoy, la historia exige un nuevo golpe de timón. Ser fiel a Teodoro Petkoff y a la herencia civilista del partido no es repetir consignas vacías del siglo pasado, sino tener el coraje de volver a romper con la ortodoxia de turno. El MAS tiene en sus manos la posibilidad de volver a ser protagonista si se atreve a soltar el lastre que hoy le impide ser escuchado. La oportunidad es de oro: es hora de dejar de defender el pasado y empezar a liderar el futuro.

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