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Trump, Rubio y el horror de las madres que buscan a sus hijos muertos, por Xavier Padilla

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Señores tutores, lean este nombre: Víctor Hugo Quero Navas, preso político venezolano desaparecido durante meses. Muerto bajo custodia del régimen el 24 de julio de 2025, y enterrado seis días después en secreto. Su madre, Carmen Teresa Navas, de 81 años, seguía recorriendo cárceles, tribunales, hospitales y oficinas públicas. «¿Dónde está mi hijo?».

Su búsqueda fue tan larga y sostenida que se hizo pública. Notoria. Símbolo.

En el régimen tenían la respuesta desde hacía nueve meses y catorce días. Mas dejaron a su madre buscarlo todo ese tiempo, 288 días suplicando, envejeciendo de angustia, observada por funcionarios que sabían y formaban parte de una maquinaria que ya había decidido convertir la verdad en tormento. Su hijo llevaba meses muerto, y ella seguía adelante, llevando en las manos una fotografía, una esperanza, «echando el resto», mientras el régimen administraba su dolor como parte del castigo.

Esa es la naturaleza del chavismo. Las tiranías comunes encarcelan. Las refinadas desaparecen ciudadanos. Pero sólo una demoníaca permite que una madre busque a su hijo muerto durante meses, mirándola a los ojos, recibiendo sus documentos, prometiéndole averiguaciones, entregándole papeles, fabricándole trámites, prolongándole el martirio con sellos oficiales.

Hoy la mentira se rompe con un documento de la Defensoría del Pueblo, fechado el 24 de octubre de 2025 –o sea ya viejo de seis meses y quince días–, donde funcionarios del propio Estado le aseguraban formalmente a Carmen Teresa Navas que su hijo se encontraba recluido en el Rodeo I y seguía siendo procesado por la Fiscalía 67 de Caracas. Pero para esa fecha Víctor Hugo Quero llevaba ya tres meses muerto y enterrado.

Mientras una madre recorría oficinas buscando respuestas, el Ministerio Público y la Defensoría del Pueblo sostenían administrativamente la ficción de un preso que ya era un cadáver. Simulaban un proceso judicial sobre un hombre muerto bajo custodia del propio Estado.

Esto ya trasciende la denuncia política. Estamos frente a la burocracia chavista siendo ella misma, exhibiendo su genética, documentando su propio horror.

Señor Trump: cada vez que se deshaga en elogios hacia Delcy Rodríguez, recuerde a las madres venezolanas. Recuerde a Carmen Teresa Navas, caminando sola con un cartel, preguntando dónde estaba su hijo mientras el régimen ya lo había enterrado.

Recuerde que Delcy Rodríguez es y siempre fue una pieza decisiva y emblemática del poder chavista; una pieza, por ende, directamente responsable de esto y de mucho más. Por eso, Señor Trump, cada halago suyo, lanzado hacia ella, cae como sal sobre las heridas de un país lleno de madres buscando respuestas entre oficinas, cementerios y prisiones.

Señores Trump y Rubio: cuando vuelvan a hablar de Venezuela, recuerde a Carmen Teresa Navas. Recuerde que todavía hay centenares de familias sin saber dónde están sus hijos, hermanos y padres.

Recuerde que el horror venezolano abunda en testimonios de tortura, presos alimentados como animales, expedientes falsos, cárceles clandestinas, jueces mudos, fiscales serviles, defensorías convertidas en tapaderas. Que abundan madres solas implorando inútilmente ante una máquina que aprendió a mentir con membrete.

Y que mientras eso ocurra, los venezolanos no queremos oír hablar de inversión, de normalización, de empresarios extranjeros, de petróleo, de recursos minerales, de estabilidad, de acuerdos.

La misma estructura que no puede decirle a una madre dónde está su hijo no debe ser presentada ante el mundo como interlocutor de la economía ni de nada. La misma élite que oculta cadáveres bajo custodia, que dejó a Venezuela sin agua, sin luz, sin hospitales, sin salarios y sin justicia no debería cumplir rol alguno en nada, ni siquiera como servidumbre en la agenda de la administración más pragmática. Porque el pragmatismo se convertiría en complicidad.

La pregunta es inevitable: ¿qué clase de estabilidad puede construirse a expensas de una madre engañada frente a la tumba clandestina de su hijo? No hay petróleo que lave esto, ni contrato que lo absuelva. No hay cálculo geopolítico que vuelva aceptable a un régimen capaz de enterrar a un preso político y sádicamente observar a su madre buscarlo en la nada.

Víctor Hugo Quero murió bajo custodia del Estado venezolano. Luego murió otra vez en la mentira oficial. Y una tercera vez en cada garita o taquilla donde su madre fue tratada como molestia. Su caso concentra la esencia entera del chavismo: secuestro, desaparición, encubrimiento, sadismo, mentira, propaganda, corrupción judicial y descomposición humana total.

Señores tutores circunstanciales de Venezuela, nuestra nación necesita que le deis sentido a vuestra aplaudida iniciativa, para que no terminéis administrando la normalización del horror.

 

Necesita que el mundo libre entienda que en nuestro país no gobierna una administración difícil, ni un adversario ideológico, ni un autoritarismo negociable: manda una organización criminal capaz de convertir la maternidad en tortura.

Mirad el rostro de Carmen Teresa Navas y decidid qué significa Occidente. Algunos nombres, como el suyo y el de su hijo, Víctor Hugo Quero Navas, todavía pueden impedir que la infamia gane otro trecho.

Venezuela, Señor Trump, no está bailando, está buscando a sus muertos.

Xavier Padilla es músico y escritor venezolano, con más de tres décadas de trayectoria internacional. Es autor del libro El ídolo que devoró a su pueblo

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