Ha transcurrido casi una semana desde que la tierra tembló y devastó a miles de hogares venezolanos. La Guaira y Caracas han sentido en carne propia el latigazo de la rugiente naturaleza en un país arruinado moral y económicamente. Preferí ante las circunstancias resguardar mi pluma en el tintero y refugiarme en los brazos de la soledad. Fue la mejor opción para revitalizar el alma frente a la falsa caridad, asomada por el eco de los escombros.
Sí, guardé silencio durante ese tiempo. No por indiferencia, sino por el dolor que la tierra abierta produjo en muchas almas y, también, por el respeto absoluto a las víctimas. Vi a través de las redes sociales escenas desgarradoras que trastocaron mi ser interior; otras me causaron repulsión e indignación. Necesitaba que el polvo se asentara en el pecho para llegar a comprender lo que mis ojos captaban entre las ruinas de nuestra tragedia nacional. Era una realidad dual: solidaridad y oportunismo.
La tragedia desnudó a un país dicotómico. Por una parte, vi la luz más pura y angelical: manos que se rompían contra el concreto para salvar al otro entre los escombros. Esa solidaridad espontánea y genuina es el verdadero milagro de nuestra gente. Por otro lado, vi la miseria moral. Es doloroso percatarse cómo el caos se convierte en la perfecta coartada para el saqueo y el oportunismo voraz.
Es esto último lo que más preocupa. Ver la tragedia convertida en un show mediático. Ese ese protagonismo frente a las cámaras, mientras detrás se llora a los muertos. Esa actitud despoja a la ayuda de su esencia humanitaria. Filmar la entrega de un insumo o calcular un discurso sobre los escombros no es caridad, sino indecencia. Allí el luto es una tarima y la orfandad un libreto. A ese oportunismo se suma el saqueo del uniforme: funcionarios de seguridad despojando a las víctimas de sus pocas pertenencias, rescatadas de las ruinas. Eso es más que pillaje, es profanar el templo del dolor.
Tras las sacudidas a Venezuela, la tragedia desnudó los rostros de nuestra condición humana: las manos desolladas derribando las paredes de concreto y, con ellas, las máscaras del sujeto.
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