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Bajo los escombros: La noche en que la lealtad se rompió y el Estado llegó solo para la foto

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AME5030. LA GUAIRA (VENEZUELA), 26/06/2026.- Personas realizan labores de búsqueda en una zona afectada por un terremoto este viernes, en La Guaira (Venezuela). El ministro de Interior de Venezuela, Diosdado Cabello, anunció la restricción del acceso al estado La Guaira (norte, cercano a Caracas), el más afectado por los terremotos, a partir de las 20.00 horas locales (00.00 GMT) de este viernes. EFE/ Ronald Peña R

Personas realizan labores de búsqueda en una zona afectada por un terremoto este viernes, en La Guaira (Venezuela). El ministro de Interior de Venezuela, Diosdado Cabello, anunció la restricción del acceso al estado La Guaira (norte, cercano a Caracas), el más afectado por los terremotos, a partir de las 20.00 horas locales (00.00 GMT) de este viernes. EFE/ Ronald Peña R

El sargento de la Guardia Nacional Bolivariana tiene los ojos enrojecidos y el uniforme impecable. Demasiado impecable para estar parado frente a la zona cero de Catia La Mar. A sus espaldas, lo que queda de la Misión Vivienda Luisa Cáceres de Arismendi es una montaña de cemento triturado y varillas retorcidas. Se acerca despacio, mira a los lados, y habla con un hilo de voz que apenas supera el ruido de las sirenas lejanas.

Por Jorge Benezra / abc.es

«Estábamos encuartelados. No nos dejaron salir, hermano, hasta que los superiores dieran la orden». Traga saliva. «Perdí una hermana en la zona de Caraballeda».

Su testimonio arma el rompecabezas de la ausencia. El terremoto sacudió la costa venezolana el 24 de junio a las seis y cuatro minutos de la tarde. Cinco días después, el balance oficial reconoce 1.719 muertos y 5.034 heridos, según informó Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional. Decenas de miles siguen desaparecidos. Delcy Rodríguez decretó la emergencia esa misma noche. Pero durante las primeras cuarenta y ocho horas, el Estado simplemente no apareció. No hubo despliegue masivo. No hubo maquinaria pesada. No hubo cadena de mando visible. Solo vecinos removiendo escombros con las uñas en la oscuridad total de una costa sin electricidad.

La cronología es verificable. Mientras fuerzas de salvamento internacionales aterrizaban de madrugada, los tractores y camiones de carga de la Fuerza Armada Nacional seguían estacionados en Fuerte Tiuna, Caracas. A treinta kilómetros del desastre. El mayor complejo militar del país operaba bajo una lógica incomprensible para quienes morían aplastados del otro lado de la montaña.

Esa demora provocó un sismo político silencioso pero profundo. La Guaira es bastión chavista: todos sus gobernadores desde mil novecientos noventa y ocho han sido del oficialismo. Alfredo Laya, Antonio Rodríguez, García Carneiro, cada uno más rojo que el anterior. Veintiocho años sin un solo mandatario opositor. No es la oposición la que reclama. Son las bases. Son los que marcharon, votaron y creyeron. Cuando Delcy Rodríguez, la presidenta encargada, visitó la zona del desastre, los mismos vecinos que alguna vez la vitorearon la recibieron con gritos de «Fuera, fuera». Habló de campamentos transitorios y activó un Estado Mayor. Los sobrevivientes querían retroexcavadoras, no discursos.

En Caraballeda, la frustración reventó de otra forma. Los vecinos rodearon físicamente a un contingente de soldados que custodiaba una estructura colapsada sin hacer nada. Fusiles cruzados sobre el pecho, mirando al vacío mientras a tres metros una mujer cavaba sola con un tubo de hierro. Los obligaron a deponer las armas, a tomar picos y palas, a cavar. Los militares obedecieron. No a sus superiores. A la gente que les gritaba en la cara. Fue la primera vez en cinco días que un uniforme se ensució de polvo en esa zona.

Dani Machado pertenece al consejo comunal del urbanismo Hugo Chávez, parte de las 2.300 viviendas prometidas por el expresidente en 2011. El complejo, construido por una empresa turca, colapsó como un castillo de naipes. Machado camina entre los colchones tirados en la calle y no se guarda nada.

«Lo que está pasando no se puede tapar con un dedo», dice. «Queremos que salga todo a la luz. La realidad es lo que estamos viviendo aquí. No vemos a nadie que se preocupe». Lleva cinco noches durmiendo en el asfalto, junto a otros trescientos vecinos que perdieron todo. Machado se detiene. Mira las torres destripadas. Señala con el dedo. «Supuestamente ya se escucha que son más de mil«.

En Catia La Mar, Evelyn Romero observa el ir y venir de motorizados civiles que bajan desde Caracas sorteando grietas para traer agua y comida. «Del Gobierno de verdad que no he visto ayuda», afirma. «Lo que yo he visto es la gente que viene en moto, bajan, nos dan comida, nos dan agua. Protección Civil sí vino, ayudó a una niñita que estaba tapiada. Pero del resto no».

La frustración escala a rabia abierta. Frente a otra estructura colapsada, un padre grita rodeado de vecinos exhaustos que llevan días sin dormir. «Dónde están los uniformes. Dónde», reclama apuntando a los escombros donde sospecha que están sus hijos. Arremete contra la jerarquía militar: «Qué general y qué nada. Vamos a trabajar».

En Playa Grande, el edificio Oasis Beach de trece pisos se vino abajo con Leonardo, de cuarenta y seis años, su esposa y su bebé de siete meses adentro. Estaban en el ático. Ciento veinte horas después del seísmo, un familiar observa el agujero que los propios vecinos lograron abrir en la estructura con picos y cabillas. «Esto se tardó muchísimo en atender. Solo se activaron cuando un líder de un cuerpo policial quedó atrapado y logró enviar un mensaje a sus superiores en Caracas», relata con la mirada perdida en el concreto.

Tomarse la foto

Mientras tanto, coroneles y generales llegan en camionetas Toyota del año, las que en Venezuela llaman ‘robocots’, para tomarse la foto con los equipos de rescate internacionales. Se bajan con chaleco antibalas y gorra limpia. Saludan. Posan. Un colega periodista observa a mi lado y murmura sin dejar de anotar: «Qué vergüenza. Solo para eso sirven». Detrás de ellos, los rescatistas extranjeros siguen cavando con las manos sucias de polvo y sangre ajena.

El Gobierno respondió a la crisis con control, no con auxilio. Ordenó restringir el ingreso a La Guaira únicamente a quienes posean un salvoconducto oficial. La medida dejó varados en Caracas a cientos de médicos voluntarios, estudiantes y rescatistas civiles que intentaban bajar a la costa. La población lo interpreta sin matices: centralizar políticamente la ayuda y ocultar el desastre.

El saqueo

El saqueo agravó el desamparo. Una familia denunció que personas llegan anunciando falsas alertas de tsunami, hacen que la gente salga corriendo, abandone la zona, y entonces roban. «Nos dejaron sin nada. Se llevaron lo poco que teníamos de valor. Un televisor y una licuadora». El miedo obligó a los sobrevivientes a escribir en las puertas de sus casas: «Aquí ya saquearon».

En las fachadas de las casas que siguen en pie, la gente escribe con pintura negra sus nombres y teléfonos. Gísela Varela. Casa No. 247. Dos números de contacto. Las rejas están selladas con equis de cinta negra. Es la forma de decir: aquí vivía alguien que espera volver.

Me detengo frente a la pared de un consejo comunal. Una pinta vieja, anterior al terremoto, resiste en el muro agrietado. Dice: «Solo el pueblo salva al pueblo». La frase, atribuida a Antonio Machado, nunca fue tan literal en este país. Ni tan amarga. Porque aquí, en la costa donde el chavismo nació como promesa de redención para los más pobres, el pueblo efectivamente se salvó solo. Y el Estado llegó después. Para la foto.

Personas realizan labores de búsqueda en una zona afectada por un terremoto este viernes, en La Guaira (Venezuela). El ministro de Interior de Venezuela, Diosdado Cabello, anunció la restricción del acceso al estado La Guaira (norte, cercano a Caracas), el más afectado por los terremotos, a partir de las 20.00 horas locales (00.00 GMT) de este viernes. EFE/ Ronald Peña Rl
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