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En Venezuela no gritamos gol, gritamos «está vivo»

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AME6812. CARABALLEDA (VENEZUELA), 02/07/2026.- Un integrante del Servicio de Tránsito del Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana reacciona durante un operativo para salvar a Fabio, un niño de nueve años que lleva ocho días entre los escombros de una edificación derrumbada por el doble terremoto que ha dejado más de 2.290 muertos, este jueves, en Caraballeda (Venezuela). EFE/ Henry Chirinos
Un integrante del Servicio de Tránsito del Cuerpo de Policía Nacional Bolivariana reacciona durante un operativo para salvar a Fabio, un niño de nueve años que lleva ocho días entre los escombros de una edificación derrumbada por el doble terremoto que ha dejado más de 2.290 muertos, este jueves, en Caraballeda (Venezuela). EFE/ Henry Chirinos

Mientras el Mundial 2026 llena los estadios de cánticos y celebraciones, en La Guaira y Caracas la verdadera algarabía tiene otro nombre: un rescate con vida entre los escombros.

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Hay una imagen que resume estos días en Venezuela mejor que cualquier titular deportivo. No es un gol, ni una clasificación, ni una remontada en el último minuto. Es un grupo de rescatistas que avanza entre los restos de un edificio derrumbado, cargando una camilla, mientras alrededor estallan aplausos y una voz grita que lo lograron.

Esa escena, repetida con distintos nombres y distintos rostros a lo largo de la última semana, se ha convertido en la nueva forma de celebrar en un país que aprendió, de golpe, a medir la alegría de otra manera.

La pasada tarde del 24 de junio, cuando dos terremotos a las 6.04 pm de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron la zona centro-norte de Venezuela en menos de dos minutos. Caracas resintió el golpe, pero fue el litoral de La Guaira el que quedó convertido en zona de desastre: edificios completos colapsados, familias enteras sepultadas y una cifra de fallecidos que, a una semana del suceso, ya superaba los 2.200 según el recuento oficial.

Una persona transita en bicicleta frente a escombros de una edificación derrumbada por terremotos este jueves, en La Guaira (Venezuela). EFE/ Xaume Olleros

Desde entonces, La Guaira se transformó en un escenario de excavación permanente. Vecinos que removían escombros con las manos porque no había maquinaria pesada suficiente; brigadas venezolanas trabajando codo a codo con equipos de Chile, Francia, Estados Unidos, República Dominicana y otros países; más de 3.600 rescatistas internacionales sumados a la respuesta humanitaria. Cada persona sacada con vida dejó de ser una noticia más y pasó a ser, literalmente, motivo de fiesta.

El caso de Hernán Gil, un guardia de seguridad de 44 años, ilustra esa nueva definición del festejo. Quedó atrapado bajo casi diez metros de escombros en el sótano de un centro comercial derrumbado en La Guaira. Los equipos de rescate mantuvieron contacto con él durante días, llevándole agua y alimento a través de cámaras de búsqueda, hasta que, tras más de ocho días de operativo, lograron sacarlo con vida. Cuando por fin apareció, entre mascarillas, banderas de varios países y rostros que llevaban una semana sin sonreír, alguien gritó que lo habían logrado. No hubo confeti ni cornetas, pero fue, sin exagerar, la mayor celebración que ese rincón de La Guaira había tenido en días.

Rescatistas trasladan a un superviviente de los terremotos en Venezuela, tras ocho días bajo los escombros de un edificio y una operación de salvamento de casi 72 horas, este jueves en Catia La Mar (Venezuela). EFE/ Ronald Peña R

La paradoja es que todo esto ocurre en paralelo al Mundial 2026. El fútbol, que en cualquier otra circunstancia acapararía la conversación nacional, ha terminado convertido en caja de resonancia del drama del país: el estadio Azteca coreó “no están solos” antes del partido entre México y Ecuador, jugadores como Jude Bellingham dedicaron palabras de aliento a los venezolanos frente a las cámaras, y varios encuentros del torneo guardaron minutos de silencio por las víctimas.

Ahí es donde cobra sentido la frase que hoy circula entre los venezolanos: que el grito que de verdad une al país esta semana no es el del gol, sino el de “está vivo. Uno pertenece al terreno de la fiesta; el otro, al de la supervivencia. Y en un país que todavía cuenta a sus desaparecidos, que duerme en parques y aceras por miedo a regresar a edificios agrietados, y que espera con el alma en vilo cada parte de los equipos de rescate, esa distinción no es una metáfora bonita: es, por ahora, la manera más honesta que tienen los venezolanos de nombrar la alegría.

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