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El terremoto más allá de La Guaira: los pueblos costeros venezolanos se aferran al mar

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Hombres cargan bidones vacíos para ir a abastecerse de gasolina, en Puerto Maya, La Guaira (Venezuela), el 14 de julio.
MAXWELL BRICENO

 

Es mediodía en la costa venezolana, pero la brisa asemeja el atardecer. Las olas se cruzan a destiempo, haciendo que todo en la lancha se silencie y se sienta, cuando menos, como una montaña rusa. “Hay que sentir el mar para poder atravesarlo”, dice Will desde el motor ahogado de su peñero. La lancha ha servido para transportar donaciones a pueblos como Puerto Cruz, Puerto Maya y Cepe, a dos horas en lancha de La Guaira, la ciudad costera más afectada por los terremotos del 24 de junio. Los sismos dejaron a estas poblaciones costeras parcialmente incomunicadas de Catia del Mar, su principal fuente de provisiones.

Por El PAÍS

Brisón es un término que se escucha en el litoral central venezolano para describir esa brisa extraña —no muy fuerte, no muy fría, pero poco frecuente— que empezó ese día, justo a las seis de la tarde, en plena fiesta de San Juan, cuando se abrió la tierra. Desde entonces, el mar tiene un comportamiento distinto y sus habitantes no quieren bañarse en la playa. Le tienen más respeto al agua que a la tierra firme. Ese día, durante el sismo, el mar se recogió varios metros, dejando en la arena a las lanchas que suelen anclarse en el agua, a metros de la orilla. “Me da miedo que mi hijo, el menor, se bañe y que se lo lleve el mar si se vuelve a recoger, porque eso fue muy fuerte”, dice Brígida en Puerto Maya, con lágrimas en los ojos.

Apenas los terremotos terminaron, se activó una alerta de tsunami en Venezuela que obligó a cada habitante a abandonar el mar. Durante días, los vecinos de los pueblos de la costa se reunieron para dormir en las plazas o en sus emblemáticos patios de secado del cacao. “No sabemos qué significa esto. Solo sabemos que nosotros no habíamos vivido algo así y que nuestros ancestros jamás lo vieron”, dice Enrique Liendo desde su hamaca en Cepe, a la orilla de la playa.

Enrrique Liendo descansa en una hamaca junto a la playa en Cepe, el 14 de julio.
MAXWELL BRICENO (Maxwell Briceño)

Dieciocho días después, hubo una réplica con epicentro en el mar, que volvió a despertar la preocupación de todo el litoral. “El mar está como el mar de diciembre, que hay que tenerle respeto”, dice Laurimar Salazar desde su silla de ruedas en Puerto Cruz, dirigiendo la reparación de su restaurant Mamita, que se desplomó en los terremotos. “Aquí todo el que viene yo lo atiendo, así tenga que ir a Caracas a comprar mercancía de ahora en adelante”, suspira.

En Chichiriviche de la Costa, Puerto Cruz, Puerto Maya y Cepe no hubo pérdidas humanas y el daño de las casas no es comparable a la destrucción generalizada de La Guaira. Pero no tienen cómo abastecer sus negocios y despensas, pues su principal proveedor era Catia La Mar y ahora tienen que ir hacia otros pueblos alejados por tierra o, los más privilegiados, hacer mercado en otras ciudades. “El primer día, si recibíamos un kilito de arroz, era súper bien recibido, pero el otro día tuve que ir a Carayaca a hacer mercado y eso queda a una hora en carretera desde aquí”, dice Rosa María Liendo en Chichiriviche de la Costa.

LA PATILLA

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