Bien lo advirtió Baruch Spinoza. cuando dijo que «la paz no es la ausencia de guerra, sino una virtud que nace de la fuerza del alma. Con esa frase traza definitivamente la línea divisoria entre el sometimiento y la verdadera libertad en el ciudadano. Es la vía más expedita para reinstitucionalizar y construir república.
Para un régimen, autoritario como el actual, la calma se decreta y por eso vende una narrativa de normalización y estabilidad basada en el silencio de las calles y el control social. No obstante, desde la mirada de Spinoza se refuta esa ilusión. Pues, en un país donde hay pobreza, hambre, corrupcion, presos políticos, salarios miserables, inflación galopante, malos servicios y desconocimiento a la voluntad soberana no puede reinar la paz.
La transición venezolana no podrá ser efectiva mediante pactos cosméticos y excluyentes que pretendan «pasar la página», manteniendo intactas las estructuras de opresión, sino mediante una amplia participación de los sectores del país que reclaman un cambio significativo como el expresado el pasado 28 de julio en las urnas electorales.
Ante el panorama actual, marcado por el abuso y la oscuridad, se impone la fuerza del alma venezolana donde la libertad no es una concesión del opresor, sino el resultado inevitable de una ciudadanía que ha decidido enrumbarse como protagonista de su propio destino. Es el espíritu de una sociedad que dejó de comportarse como súbdita y se reconoció a sí misma como soberana. Esa fuerza es indetenible, aunque algunos intenten frenarla.






