Desde los albores de la humanidad el pago por la realización de un trabajo ha sido motivo de discusión. En el antiguo Egipto cancelaban con trigo, durante la vigencia del imperio romano pagaban con una porción de sal (de donde se deriva el nombre de salario). Posteriormente la escolástica aristotélica (380 a C) fue asumida por la iglesia católica y el concepto de “salario digno” se integró en la doctrina del justo precio aplicado al trabajo humano.
Bajo esta perspectiva el salario debía regirse por los principios de la justicia conmutativa, la cual implica una equivalencia entre el esfuerzo prestado y la remuneración recibida. Ademas, de que la fijación no fuera arbitraria, sino por consenso entre las partes el salario debe permitir al trabajador vivir conforme a su estado y condición social. Sostenían que dar una paga justa es una obligación de ley natural. En resumen, lo que hoy llamamos «salario digno» era para los aristotélico-escolásticos un salario justo, definido como aquel que surge del consenso social y permite al individuo mantener su vida y dignidad natural dentro de la comunidad.
Uno de los defensores del salario justo fue Santo Tomas de Aquino para quien la valoración del trabajo no es un concepto aislado, sino que está profundamente ligado a su visión de la justicia y el orden natural. Sus ideas en la Suma Teológica sientan las bases de lo que hoy entendemos como ética laboral. Para Tomás de Aquino el valor del trabajo esta determinado por el esfuerzo que el individuo realiza para transformar la realidad y por ser el medio natural por el cual el ser humano obtiene su sustento. Por tanto, el salario no es un regalo, sino una deuda de justicia que el empleador tiene con el trabajador. En cuanto a la valoración del trabajo considera que si un servicio es mas necesario o beneficioso su valor objetivo aumenta. Santo Tomás rechazaba que el precio del trabajo fuera fijado caprichosamente por el más fuerte. Él apelaba a la estimación común. Si un empleador aprovecha la extrema necesidad de un trabajador para pagarle menos de la «estimación común», está cometiendo un pecado de injusticia.
A finales del siglo XIX, la Revolución Industrial había generado condiciones de explotación severas. León XIII, rescatando a Santo Tomás, en la enciclica Rerum Novarum argumentó que hay un factor anterior y superior a la libre voluntad de las partes en la aplicación del salario: Si un trabajador acepta un salario de hambre porque no tiene otra opción, no hay libertad real, sino coacción por necesidad. La Rerum Novarum no solo pide un pago «justo», sino que le pone condiciones objetivas basadas en la dignidad humana. El salario debe ser suficiente para cubrir sus necesidades básicas biológicas y ademas el salario obtenido debía permitir al trabajador ahorrar para adquirir algo de propiedad privada, sacándolo de la dependencia absoluta. A partir de la Rerum Novarum se estableció que si el empleador y el empleado no pueden llegar a un acuerdo que garantice la vida, el estado tiene el deber de intervenir. Podemos decir que esta es la base filosófica del salario mínimo legal: la idea de que existe un «piso» de remuneración que nadie puede perforar, independientemente de lo que diga el mercado.
Lo que hoy llamamos Salario Mínimo, Vital , digno, es en esencia, la traducción técnica de la vieja idea escolástica: el trabajo no es una mercancía más (como el carbón o el trigo), sino que al estar ligado a una persona, su precio debe proteger la existencia de esa persona.
Economista José Luis Alcocer






