La palabra «democracia» es pronunciada hasta la saciedad y suena muy bien en nuestros oídos. Sin embargo, cuesta mucho ponerla en práctica en nuestras vidas. Es una inconsistencia que debemos superar si en verdad aspiramos vivir en plena convivencia y con estándares de calidad.
Para Winston Churchil la democracia es «el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado». Tal concepción nos permite entender que ella, a pesar de su imperfección, resulta ser la mejor forma de organización social que podemos tener y estamos obligados a no renunciar a ella para evitar el surgimiento de rasgos totalitarios que tratan de seducir a gran parte de los habitantes del planeta.
De acuerdo a expertos en el tema, el presente siglo experimenta una grave crisis de la democracia que se expresa en tres (3) indicadores clave: 1) el clima de violencia en diversos países, 2) el nivel de desigualdad social y 3) el fenómeno de la corrupción administrativa. El problema tiende a agudizarse ante el desinterés cada vez mayor de los habitantes por los principios democráticos y su seducción ante liderazgos mesianicos que terminan convirtiéndose en autoritarios.
Es preocupante como en los últimos años han bajado los niveles de educación ciudadana, creando un desapego colectivo hacia las instituciones democráticas. Tal situación es aprovechada por líderes demagogos que juegan con las esperanzas de la gente hasta manipularlas y ejercer sobre ella un control excesivo. Esos liderazgos fuertes, paradójicamente, terminan vulnerando los derechos humanos con su poderoso aparato represivo en nombre de la «soberanía nacional», como un artilugio para perpetuarse en el poder.
Es tiempo de reconocer que todo intento de desarrollo económico debe estar vinculado a la cultura democrática. Es allí donde debe jugar un papel fundamental el nuevo liderazgo. Su prioridad es reinventar la democracia con educación ciudadana.






