Es impensable que don Quijote, el Caballero de la Triste Figura, anduviese montado en un asno en sus alocadas aventuras, desechando a su inseparable Rocinante. ¡Nada que ver! Eso le correspondió a Sancho Panza, el fiel escudero, según la inmortal novela de Cervantes.
Se trata, más bien, de un llamativo pasaje que encontramos en el capitulo 28, Tomo 2, de esa excelsa obra de la literatura española, considerada la más leída en el mundo. Es que uno debe refugiarse en la lectura para intentar darle significado a nuestra realidad.
El contexto literario corresponde al fin del gobierno de Sancho en la ínsula Barataria, la que le prometió don Quijote, y se ve obligado, montado en su rucio jumento, a reencontrarse con este último para servirle de nuevo. La experiencia de haber gobernado y no sacar provecho personal de ello, le ha cambiado la mentalidad a Sancho.
El escudero ya no va tras el hidalgo caballero por interés sino para mostrarle ciega fidelidad, a pesar de su estado de locura. Por supuesto, no perderá la ocasión para reprocharle a don Quijote de haberlo abandonado en su desgracia. Así lo hace cuando se reencuentra con él y amenaza con regresar a su aldea. Es uno de los pocos episodios donde el dicharachero regordote se muestra irritado con su amo.
La respuesta del caballero andante no se hace esperar. Fastidiado por la actitud de Sancho, expresa: «Asno eres, y asno has de ser, y en asno has de parar cuando se te acabe el curso de la vida; que para mí tengo que antes llegará ella a
su último término que tú caigas y des en la cuenta de que eres bestia».
Sancho, cuan sirviente resignado, asume pasivamente la asnificación: «Señor mío, yo confieso que para ser del todo asno no me falta más de la cola; si vuestra merced quiere ponérmela, yo la daré por bien puesta, y le serviré como jumento todos los días que me quedan de mi vida».






