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El regreso de la prensa independiente desajusta la comodidad en las sedes del poder

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El «nuevo momento político» va poblando episodios de la realidad venezolana, uno de ellos el regreso de la prensa independiente a las instituciones de poder. Durante dos días de una misma semana los periodistas compartieron el foco de la noticia, sin querer hacerlo: después de décadas excluidos de convocatorias oficiales, perseguidos y señalados como enemigos, las puertas de espacios reservados tuvieron que abrir sus puertas a una cobertura plural y directa

Músculo que no se usa se atrofia”, dice un conocido enunciado que resume el desajuste que están experimentando las estructuras de prensa de las instituciones del Estado venezolano. Más de una década ha transcurrido desde que la política informativa del gobierno -inaugurada bajo el polémico sistema de “hegemonía comunicacional” instaurada durante el período de Hugo Chávez y profundizada durante el período de Nicolás Maduro- instaló un modelo de control y censura que normalizó la idea de dejar al margen a la prensa independiente, excluirla por completo de las convocatorias oficiales de los poderes públicos y concentrarse solo en difundir sus mensajes a través de la comodidad de los medios alineados con el oficialismo, y los maniatados por Conatel.

Las ruedas de prensa dejaron de ser ruedas y dejaron de ser prensa. Funcionarios de todo rango se acostumbraron a dar declaraciones unilaterales en convocatorias ante medios que formulan preguntas, pero no interrogantes. Y toda una generación de periodistas acumuló años sin posibilidad de tener acceso directo a la información proveniente de los representantes de los poderes públicos.

Pero el miércoles 4 de marzo una grieta se abrió en el muy consolidado sistema: llegó a los medios una convocatoria para asistir a una actividad presidencial. Las puertas de Miraflores, la sede del Poder Ejecutivo, han estado cerradas desde hace al menos 15 años para esa prensa a la que el chavismo ha tildado de opositora, agente de gobiernos extranjeros o auspiciadora de conspiraciones.

La indicación era escueta: presentarse en el Palacio Blanco, contiguo a Miraflores, pasadas las 10:00 a.m. e identificarse. La convocatoria, una visita de Doug Burgum -jefe del departamento de Interior de Estados Unidos-, ya era más que reveladora del nuevo “momento político”, como lo ha bautizado Delcy Rodríguez. Los mismos gobiernos que hasta hace muy poco se denostaban, ahora son los impulsores de un cambio conjunto o transición, depende del cariz con que se mire.

Esos nuevos momentos ahora parecen poblar episodios de la realidad venezolana. Igual que las primeras veces. Eso fue para algunos reporteros que nunca habían pisado Miraflores ni en visitas guiadas, pero sí a través de relatos de colegas más experimentados que trabajaron en el periodo democrático, y cuya relación con la jefatura del Ejecutivo o su gabinete no estaba marcada por el sesgo ideológico contra el ejercicio periodístico.

Secretario Burgum Miraflores Delcy Rodríguez Caracas

El Salón de Gobernadores “Ezequiel Zamora”, con vitrales que reflejan un mapa de los estados venezolanos, pedestales y vitrinas mostrando hitos deportivos de Nicolás Maduro (ahora en manos de EEUU desde el 3 de enero) fue el escenario de la no-bienvenida. Media hora de espera para iniciar las acreditaciones, mientras encargados de prensa sellaban brazaletes rojos con una numeración, repasaban las listas entregadas por el Ministerio de Comunicación y saludaban a los reporteros de agencias internacionales o medios alineados con el gobierno que ya son habituales en esos espacios.

Sin embargo, nuevos o viejos pasan por el mismo filtro: una revisión de tu cédula para corroborar la identidad, luego informar tu nombre y a quién representas en el ecosistema de medios, ese que entre los años 2021 y 2023 disminuyó 7,14% según datos de Espacio Público debido a los bloqueos digitales, suspensión de concesiones, asfixia económica, migración del personal y constante clima de hostigamiento y amenazas judiciales. Ni hablar de lo que vino antes.

Primera negativa. “No apareces en la lista del Minci, pero voy a tomar una foto de tu carnet ¿Hiciste la acreditación? Toma asiento mientras revisamos”, dijo una de las encargadas de Prensa Presidencial.

Llegaban caras conocidas, la sorpresa iba acompañada de algunos saludos discretos o abrazos efusivos. Se sumaban los minutos de espera. Ya cerca del mediodía solo TalCual, El Pitazo, Efecto Cocuyo, El Nacional y El Diario no contaban con su brazalete. El resto alineaba sus bolsos cerca de la entrada, con la rutina pintada en el rostro, para una revisión de seguridad con perros entrenados.

Segunda negativa. “Muchachos, tengo que informarles que no están acreditados para la actividad”, dijo la misma periodista que tomó la foto de los carnés.

Recitó indicaciones para escribir a una representante del Viceministerio de Gestión Comunicacional “que siempre responde y está atenta” para “acreditarse como medio nacional”, las promesas de poder ingresar a una nueva actividad al cumplir los nuevos pasos y lo que podría pensarse era el punto final a esa osadía mediática: «De momento no es posible acreditarlos; por favor, deben desalojar por seguridad. Disculpen».

Salir nuevamente del Palacio Blanco se sintió como un déja vú. Desde hace varios años el desalojo, tanto de espacios públicos como privados, es una constante: “No puedes grabar aquí, no están acreditados, deben irse”. Atravesar la calle y esperar. A la 1:26 p.m. llegó sin mayores aspavientos un representante de comunicaciones de la Embajada de EEUU.

*Lea también: EDITORIAL | Mantengan abiertas las puertas de Miraflores a la prensa independiente

Unos minutos más de espera y las instrucciones cambiaron. La misma periodista que anteriormente pidió desalojar por seguridad, revisaba nuevamente las identidades de cada uno de los periodistas. Apenas se cruzó el portón del Palacio Blanco, un oficial de la Guardia de Honor atajó a la misma representante de Prensa Presidencial. Revisión de su carné, radiar la información porque “ya los periodistas estaban en Miraflores” y esperar. Un “disculpen lo malo” cuando se acercó una funcionaria con rango.

La verificación se repitió con mayor rapidez y ya con brazaletes rojos en la muñeca izquierda vino el paso a Miraflores, con proceso de seguridad e instrucciones precisas. Todo bajo supervisión «gringa».

«Deben mantenerse en los espacios designados, pueden preguntar y consultar todo. Incluso puede consultar un título si lo necesitan. Estamos aquí para que nos consulten”, decía la mujer mientras trataba de resolver dónde ubicaría a los periodistas de medios internacionales que llegaron con Doug Burgum.

Ya en la Sala de Prensa Simón Bolívar el ambiente fue de sorpresa para algunos colegas. “El nuevo momento político”, deslizó uno. Esperar mientras solo se daba acceso al salón de reuniones para los camarógrafos y fotógrafos, una amplia ventaja frente a periodistas multimedia cuya herramienta es un teléfono celular. Esperar hasta que llegaron las declaraciones que ocuparon 10 minutos entre Doug Burgum y Delcy Rodríguez, con algunas risas de los funcionarios y una disculpa en inglés por no esperar la traducción para los empresarios acompañantes.

Una declaración sin respuestas a las preguntas voceadas por algunos periodistas a Rodríguez: “¿Visitará Colombia el próximo 14 de marzo?”, “¿Cuándo entrará en discusión esa Ley de Minas?”, “¿Qué pueden decir de los acuerdos?”. La foto oficial y una retirada sonriente de ambos funcionarios. Un nuevo día de pauta cumplido.

El misterio de la Rampa 4

Ese primer día cumplido de cobertura en el Palacio de Miraflores se había convertido involuntariamente en noticia, algo que para cualquier periodista de otro país hubiese sido una rutina tediosa.

Pero por segundo día consecutivo otra convocatoria había llegado: cubrir las declaraciones de cierre de la agenda de trabajo del funcionario estadounidense Doug Burgum en la Rampa 4, el terminal presidencial de uso oficial del Aeropuerto Internacional de Maiquetía «Simón Bolívar», el lugar destinado a la llegada y salida del Presidente de la República, altos funcionarios del gobierno y delegaciones diplomáticas internacionales.

La indicación también fue escueta: Rampa 4. Un pin de ubicación en un mapa. Aeropuerto, Maiquetía. Solo dos equipos periodísticos llegaron de manera directa. Los demás terminaron intuitivamente en alguna taquilla de información del aeropuerto comercial, el único con el que estaban familiarizados.

«¿Dónde es Rampa 4? ¿Y cómo llega uno allí? ¿Por cuál parte del aeropuerto se llega?”, se repetían los mensajes entre colegas.

“La última vez que estuve en Rampa 4 fue para una actividad con (Hugo) Chávez”, recordó un reportero en un repentino ejercicio de memoria que se remontaba a más de tres lustros atrás.

La llegada de carros, equipos fotográficos, micrófonos y cámaras también tomó desprevenido al grupo de funcionarios de seguridad que custodia las instalaciones de Rampa 4. Comenzaron a recibir a más de una docena de periodistas de medios nacionales, internacionales, digitales, radio y televisión. No conocían las indicaciones del lugar que iban a ocupar los reporteros o dónde serían las declaraciones. Solo atinaron a invitarlos a esperar en los muebles de los amplios recibidores del área recién remodelada. Y allí, la conversación de espera giró en torno al día anterior: la novedad del ingreso a Miraflores. 

Los equipos habituales también llegaron: Venezolana de Televisión y Telesur. Se saludaron entre ellos, observaron y esperaron en un mueble distante al resto. Algunos reporteros y corresponsales recorrían el lobby. Observaban por primera vez de cerca, un espacio del que reconocían solamente la pista, justo desde el encuadre que han mostrado las cámaras de televisión durante décadas a través de las transmisiones de los medios oficiales. Esta vez, el primer plano no lo llenaba un presidente, solo un avión preparado para un pronto despegue, con una única inscripción a lo largo del fuselaje: Estados Unidos de América. 

En un despliegue preciso de instrucciones por parte del equipo de prensa de la administración estadounidense, puntual y con el tiempo contado, el secretario Burgum llegó en la caravana de camionetas de seguridad, tomó su lugar en el punto marcado por su equipo y saludó a la prensa.

Desenvuelto y rodeado de micrófonos de un variado ecosistema de medios nacionales e internacionales, advirtió que respondería «a few questions» que finalmente recayeron solo en los medios estadounidenses a quienes la asistente de prensa de la Casa Blanca les señalaba su turno con familiaridad, que en el fragor de las respuestas también se convirtió en un calentamiento tímido para los medios nacionales listos para entrenar de nuevo el músculo. Al despedirse, Burgum agradeció el interés por asistir a esta convocatoria, un interés que sabe plenamente, tuvo que compartir con la noticia en sí misma que significó el reencuentro de la prensa independiente con las sedes del poder.

*Lea también: El miedo de Luis Olavarrieta

*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.

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