Hay una clara conexión entre el pensamiento y la acción. Allí radica la consistencia del individuo. Se requiere, primeramente, pensar, visualizar la realidad en todas sus dimensiones y optar por la alternativa que ofrezca menor costo posible.
Lo lamentable resultaría la inacción, solo quedarnos en el pensamiento y echarnos de brazo, esperando que se produzca el milagro o que aparezca un salvador para librarnos de nuestras penurias. Eso es lo peor que nos puede pasar. Estaríamos anulando nuestra capacidad creativa y accionar en la vida.
Por ejemplo, si leemos detenidamente a Séneca, ese elocuente pensador y político romano, nacido en Córdoba (España), descubriríamos una aleccionadora frase: «El poder de nuestras acciones es mucho mayor de lo que pensamos». Se trata de darle concreción a nuestras ideas con la acción manifiesta, aunque resulte riesgosa.
Hay personas que no se atreven y prefieren quedarse en meros análisis por muy fascinantes que parezcan. Las acciones determinan el éxito o fracaso de cualquier proyecto que nos formulemos. Así que no tengamos temor de actuar, ni mucho menos arrepentimos de nuestras acciones.
El andar en la vida es un permanente riesgo que debemos aprender a zigzaguear con inteligencia. Significa no dormirnos en los laureles, ni tener miedo al qué dirán de nuestras acciones. Si en verdad, estamos convencidos de lo que hacemos, debemos dar los pasos firmes y tomar posturas por muy aventuradas que resulten.
El mensaje es claro. Más allá de las meditaciones y el deseo que tengamos, lo relevante es nuestra voluntad firme de hacer que las cosas ocurran. Eso lo pueden afirmar quienes se han atrevido a actuar y han resultado triunfantes. Así que seamos fieles al pensamiento de Séneca.






