El racionamiento en Venezuela hace décadas dejó de ser una medida temporal para convertirse en una constante cotidiana. No están solo el racionamiento eléctrico.
También este régimen criminal aplica el racionamiento alimentario. El que desayuna no almuerza, el que almuerza no cena y a veces ni lo uno ni lo otro. Esto no es más que una economía de supervivencia donde el ciudadano se ve obligado a racionar su hambre, sacrificando tiempos de comida para estirar recursos insuficientes.
Asimismo la crisis del gas doméstico ha forzado otro fenómeno de racionamiento. El desplazamiento del gas por la leña no es solo una incomodidad logística; es una involución que afecta la salud respiratoria y el medio ambiente, devolviendo a las familias a prácticas de siglos pasados en pleno siglo XXI.
Quizás el aspecto más crítico es la precariedad del sistema de salud. La falta de medicamentos y de atención médica mínima traduce el racionamiento de bienes materiales al racionamiento de la vida misma. La salud se convierte en un lujo inaccesible, donde la falta de insumos dicta quién tiene la posibilidad de recuperarse y quién no.
Estamos ante un escenario de “esperanza racionada”. El régimen no solo administra la escasez de recursos físicos, sino que ha impuesto un techo a las expectativas de futuro de la población. Cuando el Estado raciona la salud y el alimento, lo que realmente está fragmentando es la capacidad de la ciudadanía para proyectar una vida digna y estable.
El cambio de gobierno y de modelo económico es urgente y necesario. Los venezolanos no pueden seguir viviendo sobre el subsuelo más rico del planeta.
Economista
EMISORA COSTA DEL SOL






