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Judas sindicales y diablos de corbata:Por: Juan Linares

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Memorando 2792, ONAPRE y la farsa de la Constituyente Sindical.

En las profundidades del Averno venezolano, donde el petróleo brota no como oro negro sino como sangre coagulada de trabajadores de las empresas básicas de Guayana, nace una central sindical llamada CBST —Central Bolivariana Socialista de Traidores—. Sus líderes, Oswaldo Vera, Domingo Piñate, Francisco Torrealba, José Ramón Rivero, Wills Rangel (el eterno presidente inmortal, que renace cada convención colectiva como un vampiro bonachón), Pedro Perales, Carlos López, Orlando Pérez y Braulio Álvarez, no son hombres comunes. Son judas con credenciales rojas, que besan con 30 monedas de plata digitalizadas y venden el sudor obrero en mercados negros del más allá.Imagina la escena mágica: en las convenciones colectivas de SIDOR o las acerías infernales, donde metalúrgicos funden acero bajo hornos que escupen demonios de calor (40 grados reales, no cuentos), estos judas se transforman. Su piel se vuelve escamosa, y de sus bocas salen cláusulas económicas que flotan como globos dorados hacia los patronos —Estado o privados—. ¡Pum! Los globos estallan en banquetes cinco estrellas: langostas voladoras aterrizan en mesas de cristal en Margarita, vinos franceses se materializan en tascas parisinas, y hospedajes en suites que desafían la gravedad, con vistas al abismo petrolero. Pero el cinismo mágico brilla en su dulce vicio: también adoran escoceses añejos de 18-25 años, single malts ahumados como hornos siderúrgicos —Macallan, Glenfiddich o Lagavulin 16, con turba marina y vainilla de barricas escocesas—. En penthouses etéreos sobre Caracas, brindan: “¡Salud por bonos sin incidencia!”, mientras pensionados chupan limones secos.
Cobran “costas sindicales” —bolsas de dólares que se multiplican como panes y peces, pero solo para ellos—. ¿Y los trabajadores? Reciben migajas: 0,31 dólares mensuales, que se evaporan antes de tocar la mano curtida por el yunque. Pero el realismo mágico se torna cínico cuando llegan los jubilados. Estos judas, adoradores del dios Baco con barrigas de ron subsidiado, nunca los incluyen en las cláusulas. “¡Los viejos no votan en asambleas!”, ríen, mientras firman el Memorando 2792, creación del sindicalista y ministro Eduardo Piñate, y el Instructivo ONAPRE, decretos embrujados que convierten prestaciones de 25 años de servicio en 25 dólares fantasmas. Una vida de sacrificios —turnos eternos en hornos que derriten almas— termina en pensiones IVSS de 130 bolívares, insuficientes para un pan que se deshace como ilusiones chavistas. Los pensionados vagan por las calles como zombies, vendiendo chucherías para sumar a la limosna estatal, mientras los judas ascienden a ministros del Trabajo, viceministros, aliados del patrón Estado.
Traidores, distraidores y esquiroles de la “revolución del siglo XXI”, que niegan aumentos salariales y piden bonos sin incidencia en prestaciones sociales, perpetuando el salario mínimo en 30 dólares de miseria.
Como si todo este aquelarre no bastara, los Judas bolivarianos ahora agitan otro conjuro: la llamada “Constituyente Sindical”. No es un instrumento de emancipación obrera, sino un parapeto ritual donde los fariseos de la CBST se disfrazan de refundadores del movimiento sindical mientras afilan el cuchillo contra la LOTTT. No han creado jamás un solo mecanismo real para proteger salario, prestaciones o pensiones; pero con esta mascarada pretenden abrir la puerta a una “reforma” laboral hecha a la medida del patrón Estado y los empresarios de corbata, recortando derechos, licuando prestaciones y domesticando la huelga bajo el discurso de la “modernización”. Al frente de esta liturgia traidora aparece su gran vocero y propagandista, Eduardo Piñate, sindicalista devenido ministro, uno de los arquitectos del Memorando 2792 en 2018, que convirtió las conquistas laborales en papel mojado y sentó las bases para esta ofensiva contra los trabajadores.
Ahora, entra el dúo demoníaco de corbata: Luis Vicente León y Jorge Roig, empresarios-analistas que no son judas baratos, sino Mefistófeles sofisticados. León, el camaleón político que cambia de gobierno como serpiente muda piel, y Roig, integrante de la OIT con aura de experto global, coinciden mágicamente con los judas en su odio a la LOTTT. ¡Odian sus artículos sobre prestaciones, estabilidad, huelga, retroactividad! Les repugnan los decretos de aumento salarial, como vampiros al ajo demoníaco. “¡No suban salarios a públicos ni pensionados!”, claman desde sus torres de cristal, disfrutando “dolce vita” con vinos importados que el pueblo no huele. Venden la idea de abolir convenciones colectivas y la LOTTT entera, como brujos que invocan pobreza para sus arcas.Pero aquí radica la sátira cínica: ¿qué pintan estos diablos privados en el calvario público? En épocas de bonanza petrolera democrática, cuando PDVSA era reina transnacional y empresas privadas pagaban sueldos de oro (mejores que los públicos, sin duda), nadie pedía opinión al Estado. Boom petrolero significaba libertades económicas, salarios reales, no esta farsa. Hoy, con el Estado patrono escuálido, estos Roig y León se alían en una danza diabólica —o sagrada, quién sabe— para negar aumentos al sector público. “¿Perjudica a privados subir pensiones públicas?”, preguntan con sonrisas mefistofélicas. ¡Mentira mágica! Debería incentivar la producción privada, como lluvia que riega campos ajenos.El diálogo real debe ser: sector público negocia con su patrono Estado (aumentos de 300 dólares ya en marzo, 600 en mayo con petróleo revivido); privados dan lo suyo sin entrometerse. No sean comparsas del régimen, señores. Los trabajadores públicos, pensionados y jubilados —hambrientos en umbral de pobreza tras cuatro años sin aumento— merecen respeto, no críticas de quienes viven en otro plano astral. Estos judas sindicales y diablos empresariales, unidos en cinismo, han tejido un hechizo: bonos de guerra sin incidencia, salarios de guerra fría. Pero el realismo mágico termina en realidad cruda: una vida de esfuerzo siderúrgico por limosnas. ¿Hasta cuándo? Rompan el pacto, o el pueblo invocará su propia revolución —no bolivariana, sino obrera de verdad.

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