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*La política, un concepto tan amplio y odiado por muchos* Jesús Alberto Castillo

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La mayoría de la gente detesta la política porque desconocen lo que ella significa y su gran importancia en la vida cotidiana. Por lo general, la asocian con partidocracia, acción gobiernera y juego sucio entre actores sin credibilidad. No obstante, la política es más que eso. Tiene tantas connotaciones que es pertinente dilucidarlas.

Cuando a Max Weber, célebre pensador alemán, le preguntaban qué era la política respondía que representaba un concepto muy amplio, basado en toda actividad de dirección autónoma. Por ejemplo, la «política» de divisas de una entidad bancaria, la «política» por la que se rige el sindicato durante una huelga, la «política» de descuento de un establecimiento comercial, la «política» escolar e incluso, la «política» de una esposa astuta frente a su marido.

Sin embargo, a pesar de esa amplitud, el autor prefirió abordar la política en referencia al funcionamiento del Estado. Para él lo esencial de la política radica en ese poder coercitivo que ejerce el monopolio de la fuerza sobre un determinado territorio que no es otra cosa que el Estado. De esa manera la circunscribe a la mera acción del gobierno y en concordancia con la esfera pública.

Hasta aquí todo luce bien. Pero, la política adquiere características nuevas en la medida en que los autores tratan de interpretar sus alcances en la realidad que viven. Así, para Aristóteles representa la actividad de la _polis_, la comunidad de los ciudadanos, y cree en el _zoon politikon_. Ese animal político por naturaleza que es el hombre, proclive a asociarse con los demás para alcanzar la _eudaimonía_ (felicidad o vida buena).

En cambio, para Hannah Arendt la política no es algo natural en el hombre, como pensaba Aristóteles, porque no todos los hombres tienen disposición a vivir juntos. Por ende, la política es un espacio artificial y frágil que debemos construir y proteger activamente. Si no actuamos, la política desaparece, aunque sigamos siendo humanos. Por eso, prefiere hablar de condición humana y no de naturaleza humana al referirse a la política.

También Arendt difería de Aristóteles sobre el sustento de la política. Para el filósofo griego la política encierra un vínculo fuerte con la sabiduría y la búsqueda de la verdad, mientras que la pensadora alemana separa la política de la verdad. Para ella la verdad es coactiva, no admite discusión y la política se basa en la _doxa_ (opinión). Por tanto, obligar a una «verdad única» en política es el inicio del autoritarismo. Eso explica por qué el fin de la política en Arendt es la búsqueda de la libertad.

Otros autores más pragmáticos, como el prusiano Otto von Bismarck, prefieren hablar de la política como el arte de lo posible, la ciencia de lo relativo. Significa que en ella pueden darse situaciones inesperadas, gracias a la voluntad de los actores por llegar a acuerdos, aunque tengan severas diferencias. Por eso, muchas personas se sorprenden cuando figuras rivales, que se «odian a muerte», pueden llegar a sentarse juntos para producir resultados favorables. Vista así, la política es el _tecnos_, lo que hace posible lo insólito.

Lo clave es que la política encierra poder, vive entre nosotros y determina todos los ámbitos de nuestra existencia. Donde termina la política comienza la guerra, como diría Clausewitz, y es vital que sigamos construyendo los espacios de la política para evitar el caos. Es cierto que el desencanto a la política se ha agudizado, pero no es culpa de ella, sino de algunos de sus actores. Es tiempo de elevar esa sagrada actividad con presencia, lenguaje y acción. En la medida que tengamos rechazo a la política, nos volvemos apáticos y dejamos que otros decidan por nosotros. Allí radica el germen del totalitarismo.

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