Para Edison e Isabela
Pocos temas recorren de manera tan transversal y profunda nuestra identidad nacional como lo ha hecho el beisbol durante los últimos ciento treinta años, hito tras hito, emoción tras emoción en altas y bajas.
Todo esto hasta llegar a la eclosión de júbilo desbordante, profusión de sentimientos y orgullo del gentilicio al calor de la espectacular victoria de la selección de Venezuela en el VII Clásico Mundial de Beisbol.
Cada venezolano, hombre o mujer, tiene en su vida un apartado para los recuerdos más gratos (y también de los ingratos, lógico, porque se gana y se pierde) que le ha deparado esta actividad que desata grandes pasiones, algo ciertamente indesligable de las competencias deportivas.
La selección nacional de beisbol, nuestros jóvenes, nos han regalado un logro que rompe con todo lo antes alcanzado para convertirse en la mayor hazaña deportiva colectiva de nuestra historia.
Concretamente en una especialidad donde figuran principalmente los Héroes del 41, aquel elenco virtuoso de peloteros venezolanos que ganó el Campeonato Mundial de Beisbol Amateur realizado en Cuba.
Después vinieron otros logros importantes, pero desde esos tiempos ya el beisbol era y será —pase lo que pase a futuro con nuestra gloriosa Vinotinto— el indestronable Deporte Rey.
Cuando uno preguntaba a los viejos conocedores que vivieron de cerca la emoción popular que se volcó en multitud sobre el puerto de La Guaira para esperar el barco donde regresaban nuestros campeones del año 41, destacaban en primer lugar cómo esa victoria avivó de manera extraordinaria el sentimiento de unidad y de integración nacional.
El beisbol tiene un peso específico en nuestra idiosincrasia y fortalece la autoestima popular. Es la mejor oportunidad para tener presente que el nuevo laurel no es fruto de las dos semanas y media que duró el certamen, ni siquiera de los años inmediatamente precedentes donde se dieron los acertados pasos organizativos.
Se estructuró una divisa capaz de derrotar a los mejores del mundo del beisbol, donde Venezuela ha sido desde hace muchos años una potencia por sus ejecutorias individuales y colectivas. Era un sueño largamente esperado ver a Venezuela en la cima de sus credenciales y merecimientos, lo que al fin ha sido una realidad.
La victoria tiene un hilo conductor de más de un siglo de historia, contada desde el primer partido celebrado el 23 de mayo de 1895, y resume, lógicamente, los esfuerzos individuales de cada jugador y de quienes los iniciaron y formaron.
Incluye las iniciativas colectivas, la participación de aquellos que fundaron las grandes escuadras del beisbol criollo, la labor divulgativa de periodistas, medios, publicistas a través de la prensa, radio y televisión y tantos y tantos otros.
Y no sería justo olvidar, por ningún respecto, a la alegre pelota sabanera, las «caimaneras», donde comenzaron a descollar tantos talentos. Y sigue pasando todavía. Una obra de todos, como debiera ser el desarrollo del país en todos los órdenes.
Pero también ha jugado rol crucial el respaldo a través de los tiempos de una fanaticada consecuente y fervorosa, que esta vez estuvo representada en la magna fecha con el masivo y ensordecedor apoyo —inesperado prodigio de la diáspora— desde las tribunas del IoanDepot Park de Miami, algo hoy que se admite fue desconcertante para el rival, el equipo norteamericano, que jugaba en su propio patio.
Y, hay que decirlo sin ambages, incluso los propios EEUU tienen muchísimo que ver en el exitoso desarrollo del beisbol venezolano. Ha sido allá, en la Meca de ese deporte, el escenario privilegiado para el rutilante desempeño de las estrellas criollas desde el 23 de abril de 1939 cuando debutó el gran Alejandro «Patón» Carrasquel en esa formidable organización centenaria que son las Grandes Ligas.
No se puede olvidar en esta hora de gran regocijo nacional a lo que durante un tiempo fue nuestra vigorosa pelota amateur, verdadero escenario de legendarias rivalidades entre los estados, y cantera inagotable desde la categoría infantil hasta la Doble A.
Tampoco el esfuerzo de la sociedad civil del interior del país para darle el impulso al beisbol desde las más pequeñas categorías. Vale recordar, como un ejemplo, el campeonato de beisbol Clase A «Martiniano Zavala», que llegó a ser el certamen más antiguo del país, jugado en Paraguaná, Punto Fijo.
Dicho torneo tuvo uno de sus hijos presentes, como técnico, en la nueva escuadra campeonil: Robinson Chirinos. (Por cierto, la vez más reciente que vimos el estadio de la localidad, el Eduardo «Tata» Amaya, una leyenda amateur, las torres llevaban años sin las pantallas eléctricas).
Inevitable evocar el recuerdo de las más fulgurantes estrellas del periodismo, la narración y el comentario deportivo —cada quien recordará al de su época— que prestaron sus letras, sus voces, su ingenio y su agudeza para llevar las emociones y la riqueza del juego a tantas generaciones de venezolanos. ¡Cuánto se hubieran esmerado y disfrutado!
Y como un hecho que también vino a resaltar la expansión internacional de nuestro beisbol la presencia del joven Francisco Cervelli (40), mánager del equipo de Italia, cuarto lugar del campeonato.
*Lea también: ¡Grande, Venezuela!, por Rafael A. Sanabria M.
Una hazaña que ha sido ponderada en su justa medida y que para los venezolanos en estos tiempos de éxodo multitudinario tiene un mensaje especial: el padre de Cervelli fue un inmigrante en nuestra tierra, aquí levantó humildemente a su familia. Ahora su hijo cierra un ciclo virtuoso abriéndole a los niños y jóvenes de su segunda patria el mundo maravilloso del beisbol.
Como en esta victoria del beisbol nacional, el futuro exitoso del país debe ser obra de todos, con oportunidad para todos, sin exclusiones, con amplitud y con el mayor sentido patriótico de unidad nacional, hoy tan vapuleado por los poderosos de turno.
Nadie lo duda: el beisbol se hunde en lo más profundo del ser nacional. Está presente en nuestra música popular, se ocupa de él nuestra literatura, ha enriquecido nuestra habla coloquial sin que podamos desprendernos de ello hasta en las más sencillas experiencias domésticas y cotidianas e infaltable en los giros humorísticos.
Por significar tanto para uno y para todos, por unirnos alrededor de esas jornadas gloriosas, el grito que hoy brota de nuestros corazones es: ¡Gracias, Muchachos!
Gregorio Salazar es periodista. Exsecretario general del SNTP.
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